Salvador Dalí, el genio que pintó los sueños del siglo XX

De los acantilados de Cadaqués al delirio neoyorquino, Dalí transformó el inconsciente en un museo de relojes blandos y elefantes de patas de araña. Gala fue su musa y su sostén en una carrera que desafió todas las convenciones.

El reloj blandengue empezó a derretirse sobre la ramita de un árbol. A su alrededor, un paisaje desolado, el mar de Port Lligat al fondo, y una figura blanda con pestañas de camello. Olía a óleo y a queso Camembert en aquel pequeño estudio de pescadores, donde las chispas de luz del Mediterráneo se filtraban por las ventanas.

Salvador Dalí pintaba aquella mañana de 1931 como quien desnuda una obsesión. Contaría después que la imagen de los relojes blandos le vino al ver un queso fundido al sol: «Le pregunté a Gala qué creía que pasaría con el cuadro. Ella me dijo: ‘Todo el mundo que lo vea se acordará’». Y no se equivocó.

Capítulo I: El niño que ya era Dalí

Nació en Figueras el 11 de mayo de 1904, en una familia de clase media que ya cargaba con la sombra de otro Salvador: un hermano muerto nueve meses antes, al que le dieron el mismo nombre. Su padre, notario de la ciudad, y su madre, que falleció cuando el pintor apenas tenía dieciséis años, tejieron alrededor del pequeño un universo de indulgencia y de esperpento.

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El niño ya se mostraba excéntrico. En la escuela, donde los compañeros le apodaban «el pintor», solía dibujar ángeles con alas de mosca y paisajes de Cadaqués, el pueblo que su familia veraneaba y que él acabaría convirtiendo en el centro de su mundo. La luz del Empordà y los acantilados de roca calcárea moldearon su mirada mucho antes de que pisase la Academia de Bellas Artes de San Fernando.

En Madrid, entre 1922 y 1926, se formó técnicamente y conoció a Federico García Lorca y a Luis Buñuel. Fueron años de experimentación que acabaron con una expulsión. Cuentan que, ante un tribunal que le pidió que pintase a la Virgen, respondió: «¿Cómo quieren que pinte a Nuestra Señora si no sé pintar gran cosa?». Provocador nato, salió de la academia y viajó a París: la ciudad donde el sueño le explotó en la cara.

Capítulo II: París y la rendición del sueño

Llegó a París en 1929, protegido por Joan Miró y con la cabeza llena de imágenes de Picasso. Pero fue el encuentro con André Breton y el grupo surrealista lo que le dio las llaves del reino que él ya habitaba sin saberlo. El surrealismo, aquella revolución que pretendía liberar el inconsciente, encontró en Dalí a su más fiel traidor. Porque si algo demostró el catalán es que podía llevar el método paranoico-crítico a sus últimas consecuencias sin dejarse devorar por el grupo.

En ese mismo año filmó Un perro andaluz junto a Luis Buñuel, una cinta de diecisiete minutos que todavía hoy revuelve el estómago. La imagen de la navaja cortando un ojo —un montaje que los dos amigos concibieron a partir de sus sueños— convirtió el cine en un campo de batalla de la vanguardia.

Pero Dalí no solo quería escandalizar al burgués; quería insertarse en él. Su primera exposición individual en París, en la galería Goemans, ya mostró esos paisajes oníricos poblados de hormigas, muletas y objetos imposibles que pronto se convertirían en su seña de identidad. Allí, en aquella muestra, conoció a Elena Ivanovna Diakonova, Gala, la mujer que sería desde entonces su musa, su gestora y su ancla.

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Capítulo III: Gala, la gracia que todo lo ordena

Gala llegó con Paul Éluard, su marido, pero se quedó con Dalí. La historia es casi un guion del propio pintor: el poeta prestigioso presenta al provinciano de Figueras a su esposa, y esta decide que el provinciano es el genio al que hay que dedicarse en cuerpo y alma. Dalí contaba que al verla entrar en el hotel donde se alojaban supo que estaba «ante la mujer de su vida».

Desde aquel momento, Gala asumió el control de la carrera de Salvador: negociaba los contratos, administraba los lienzos, decidía a quién veía y cuándo. Él, mientras, se encerraba a pintar, en una entrega casi monacal rota por los arrebatos que tanto le caracterizaban. La pareja se instaló en una cabaña de pescadores en Port Lligat, cerca de Cadaqués, donde Dalí montó un taller hecho con varias barracas unidas. Allí, con el rumor del mar y el olor del aceite de linaza, pintó sus obras más conocidas.

«La persistencia de la memoria», esos relojes de 1931, fue la primera gran obra de aquella simbiosis. El cuadro, de apenas 24 por 33 centímetros, se ha convertido en uno de los iconos del arte del siglo XX. Pero Dalí no se detuvo: quemó jirafas, pintó teléfonos-langosta y modeló la imagen de un Venus de Milo con cajones. El método paranoico-crítico —«un sistema espontáneo de conocimiento irracional», como él mismo lo definió— le permitía leer el mundo como un gran texto de asociaciones libres.

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Capítulo IV: El exilio y la conquista de América

La Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial empujaron a Dalí y a Gala a Estados Unidos en 1940, tras una breve estancia en Francia. El pintor abandonó Europa con algunas de sus amistades rotas —Buñuel y Breton lo habían expulsado del surrealismo oficial— pero con una ambición intacta.

En Nueva York, el excéntrico bigote, ya perfilado en la punta, se convirtió en un imán para la prensa. Dalí no pintaba solo cuadros: se pintaba a sí mismo. Se paseaba por la Quinta Avenida con un pan de diez metros, diseñaba escaparates para Bonwit Teller y aparecía en los noticiarios con una capa roja. «El surrealismo soy yo», llegó a afirmar —y el público le creyó—.

En aquella década americana pintó el «Cristo de San Juan de la Cruz» (1951), una de sus obras más elogiadas, en la que mezcla la técnica del claroscuro con una geometría casi fotográfica. Colaboró con Walt Disney en el cortometraje Destino, con Alfred Hitchcock en la película Cuéntame tu vida y hasta dibujó portadas para la revista Vogue. Del escándalo a la alta cultura, Dalí fue el primer artista pop antes de que existiera el pop.

Capítulo V: El regreso a España y el Teatro-Museo

En 1948, el matrimonio volvió a España. Mientras la mayoría de los exiliados republicanos seguían fuera, Dalí se instaló en su Port Lligat y retomó el contacto con el régimen franquista. No fue un gesto inocente: él —el provocador que había coqueteado con el fascismo— se acomodó a la España oficial con la misma naturalidad con la que antes había escandalizado a los bienpensantes de París. Su relación con el poder generó profundas divisiones entre los intelectuales, pero a su arte le importó poco.

Fruto de aquella etapa fue el Teatro-Museo Dalí de Figueras, inaugurado en 1974 sobre las ruinas del antiguo teatro municipal. El edificio, concebido como una obra total, está coronado por una cúpula geodésica y rebosa de instalaciones que mezclan humor, erotismo y delirio. El propio artista supervisó cada rincón y quiso que su tumba estuviera allí, bajo la cúpula, entre sus criaturas.

Ya octogenario, con la salud muy deteriorada y la mano temblorosa, seguía pintando como quien cumple un ritual. La muerte de Gala en 1982 lo hundió en una tristeza que apenas disimuló. Se retiró al castillo de Púbol, que le había regalado a ella, y apenas salió. El 23 de enero de 1989, una insuficiencia cardíaca se lo llevó mientras escuchaba sus discos de Wagner. Tenía ochenta y cuatro años.

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Capítulo VI: Los relojes no se han parado

Hoy, los relojes blandos de Dalí cuelgan en el MoMA de Nueva York, y su silueta con bigote sigue viva en mil camisetas. Pero el pintor es mucho más que un icono pop. Representa la demostración de que el siglo XX fue, también, el siglo de los sueños, de las paranoias y de las imágenes que no necesitan traducción.

La Fundación Gala-Salvador Dalí conserva hoy el grueso de su legado, administra los derechos de imagen y mantiene abiertos los tres espacios que tanto amó: el Teatro-Museo de Figueras, la casa de Port Lligat y el castillo de Púbol. Todavía cada año miles de visitantes cruzan sus puertas buscando la misma chispa que aquel niño de Figueras encendió en los acantilados.

Quizá la última palabra la tenga uno de esos cuadros que cuelgan en la sala de los tesoros. Al salir, uno se gira y ve el gran óleo «La apoteosis del dólar», donde un Dalí transformado en barómetro señala hacia arriba. Porque él, al final, siempre supo que la historia estaba de su parte.