Amenaza Al-Shabaab: la calma en Mogadiscio esconde divisiones y un enfoque errático de EE.UU.

El grupo terrorista no ha ejecutado un gran atentado en la capital somalí desde diciembre de 2025, pero la inteligencia occidental teme que la aparente victoria sea la antesala de una nueva ofensiva. La política contradictoria de Washington añade una capa de incertidumbre.

Al-Shabaab no ha perpetrado un atentado de envergadura en Mogadiscio desde diciembre de 2025. El gobierno somalí lo presenta como el principio del fin de la insurgencia; los analistas de inteligencia más prudentes, como Tricia Bacon en un análisis para Lawfare, lo interpretan como una disciplina táctica que oculta las mismas fracturas políticas de hace dos décadas.

He seguido de cerca la evolución de los grupos afiliados a Al Qaeda. En El quinto elemento, allá por 2015, ya advertía de que la ciberguerra y el terrorismo descentralizado se retroalimentaban. Al-Shabaab nunca ha necesitado una gran infraestructura de mando y control para operar: su fuerza reside en la paciencia y en la capacidad de infiltrarse en las grietas del Estado.

El Mogadiscio del gobierno: la narrativa de la victoria

Según el relato que trasladan fuentes oficiales somalíes, la capital ha virado hacia una seguridad casi irreversible. Se han instalado cámaras que cubren gran parte de la ciudad y sus accesos, conectadas a un sistema electrónico que obliga a registrar cada vehículo con una identificación nacional. Si un coche robado no se denuncia en 48 horas, el propietario es tratado como cómplice. Los perros detectores de explosivos se han vuelto habituales en los puestos de control exteriores.

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Las autoridades describen con orgullo cómo se han roto las redes de “impuestos” que Al-Shabaab mantenía en la capital —la principal fuente de financiación HUMINT del grupo— y sostienen que los bombardeos de Estados Unidos mantienen a los insurgentes acorralados e incapaces de planificar. La vida social, añaden, ha florecido: cafés abarrotados, playas llenas y jóvenes que suben sus salidas a TikTok sin miedo son las pruebas de que el miedo ha retrocedido.

El optimismo se extiende al plano político. El presidente Hassan Sheikh Mohamud ha anunciado una “ofensiva final” contra Al-Shabaab y mantiene su plan de elecciones por sufragio directo —el uno persona, un voto— pese a que su mandato expiró el 15 de mayo de 2026 y gobierna con una prórroga que la oposición no reconoce. La lectura oficial es que cualquier intento de violencia, ya sea de los insurgentes o de la oposición, chocaría con una ciudadanía harta del conflicto.

Al-Shabaab ha sobrevivido a todas las ofensivas porque nunca se ha enfrentado a un oponente unificado. La fragmentación política vuelve a regalarle oxígeno.

El Mogadiscio de la oposición: la calma como trampa

Frente a ese relato, otra lectura —compartida por la oposición, analistas y sectores de la comunidad internacional— no discute los avances en seguridad, sino su significado. Al-Shabaab no está derrotado; está jugando un partido más largo y paciente. La reducción de atentados, en esta clave, es una decisión consciente: el grupo prefiere golpes selectivos contra el gobierno que la violencia indiscriminada que en el pasado le granjeó el rechazo popular.

Quienes critican la euforia oficial subrayan que Al-Shabaab sigue cobrando discretamente algunos impuestos en la ciudad y registrando a los morosos. El país, fuera de la capital, se descompone en en un polvorín de intereses contrapuestos: Puntlandia y Jubalandia ya operan con independencia del gobierno federal, Somalilandia ha logrado el reconocimiento de Israel y amplias zonas rurales siguen bajo control insurgente. Las demoliciones para construir nuevas torres han desplazado a los más pobres, que no podrán pagar los alquileres de los nuevos edificios y que alimentan un resentimiento creciente.

La deriva autoritaria del presidente Hassan Sheikh —que ahora gobierna con un círculo reducido, lejos del estilo consultivo de su primer mandato— y los opacos acuerdos con Turquía añaden incertidumbre. La misión de la Unión Africana (AUSSOM), cuyo apoyo logístico Washington ha bloqueado desde julio de 2026, sigue desempeñando un papel irremplazable, sobre todo las tropas ugandesas que protegen el aeropuerto. El gobierno insiste en que no las necesita, pero los datos sobre el terreno dicen lo contrario.

Dossier Moncloa: Ojos en la Sombra

Le adelanto, lector, que esta historia leída desde los pasillos de la inteligencia occidental resulta inquietante. El vector de amenaza que representa Al-Shabaab no es solo militar: es una guerra de desgaste apoyada en redes HUMINT de extorsión y en una paciencia estratégica que Occidente rara vez iguala. La calma actual en Mogadiscio, si atendemos al patrón histórico, se parece más a la que precedió al atentado del centro comercial Westgate en Nairobi (2013) que a una derrota definitiva. Como escribí en El quinto elemento, “el próximo 11S empezará con un clic”, y aquí el clic lo está dando la propia fragmentación política de Somalia.

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Las agencias implicadas en este tablero dibujan una contradicción que desconcierta hasta a los analistas del CNI. Por un lado, la CIA ha intensificado la campaña de bombardeos con drones —la más intensa de su historia en Somalia—; por otro, el Departamento de Estado ha bloqueado la renovación del apoyo logístico de la ONU a AUSSOM, la fuerza que sostiene al Estado somalí. Esa esquizofrenia, que Lawfare califica de “contradictoria”, debilita la posición de los aliados sobre el terreno justo cuando el gobierno somalí proclama su autosuficiencia. Para el CNI, que monitoriza la evolución del yihadismo africano por su posible proyección hacia el Sahel y el Magreb, este desajuste es una señal de alerta.

El nivel de clasificación de los informes que manejan los servicios occidentales —a juzgar por la naturaleza del material, estimo que alcanza el grado de SECRETO— refleja la sensibilidad de las fuentes humanas y de las interceptaciones SIGINT. La pregunta que flota en Langley y en la sede del CNI es la misma: ¿resistirán las fuerzas locales cuando se retire el andamiaje internacional? Si la historia sirve de guía, Al-Shabaab está esperando ese momento, como ya hizo en 2011-2012, cuando fue expulsado de Mogadiscio pero retornó en cuanto las disputas internas vaciaron la unidad del enemigo. No hay motivos para pensar que esta vez el guion será distinto.