Trump y Xi negocian en Washington la cooperación en IA y el pulso por los chips

La visita de Estado a la Casa Blanca llega tras ampliar la tregua arancelaria otros dos meses, según el Tesoro. El trueque de chips avanzados por tierras raras sigue marcando el pulso entre ambas potencias.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Trump y Xi se han reunido en la Casa Blanca en visita de Estado y han abordado la cooperación en inteligencia artificial, el control de los chips avanzados y el suministro de tierras raras.
  • ¿Quién está detrás? La Casa Blanca y Pekín, con el secretario del Tesoro, Scott Bessent, como fontanero de la tregua arancelaria.
  • ¿Qué impacto tiene? Washington y Pekín amplían dos meses la tregua de aranceles, mientras Bruselas y la industria europea siguen expuestas al trueque entre ambas potencias.

Trump y Xi han convertido la inteligencia artificial en el nuevo tablero donde se dirime quién manda en el siglo XXI. En una visita de Estado a la Casa Blanca, los dos presidentes han abordado la cooperación en IA, el control de los chips avanzados y el suministro de tierras raras, tres piezas de un mismo engranaje que ninguna de las dos potencias controla por completo.

El envite de la ‘superinteligencia’ y el trueque de chips por tierras raras

Trump ha descrito la cita como una conversación sobre seguridad, tecnología y ‘superinteligencia’, su término nuevo para referirse a la inteligencia artificial. ‘Las decisiones que tomemos hoy en estas áreas pueden promover la paz y la prosperidad durante décadas y décadas’, ha declarado durante el recibimiento en la Casa Blanca.

Xi ha respondido con un registro distinto. China y Estados Unidos, ha dicho, ‘tienen la responsabilidad histórica de promover el desarrollo y el progreso humano’. Y ha añadido que ambas naciones ‘tienen la capacidad y la responsabilidad de desarrollar y gestionar la IA para el bien, garantizando que su desarrollo esté siempre bajo control humano y al servicio del bienestar de los pueblos’.

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La competencia entre las dos potencias, ha subrayado el presidente chino, debe ser una ‘carrera’ y no una pelea ‘en la que uno gana y otro pierde’. Pekín quiere reglas compartidas justo antes de que la tecnología avance más rápido que los tratados capaces de gobernarla.

El trasfondo es un intercambio cruzado que lleva meses marcando el pulso. Washington restringió el año pasado la exportación de chips avanzados a China y después permitió reanudar parte de las ventas a cambio de un 15% de los ingresos. Pekín replicó con controles a la exportación de varias tierras raras y limitó su suministro para uso militar extranjero.

El mecanismo quedó fijado en el encuentro de octubre de 2025 en Corea del Sur, cuando China aceptó suspender algunas restricciones durante un año. Ese plazo es ahora el reloj que cronometra la negociación.

Washington y Pekín compiten por la misma tecnología, pero ninguno puede fabricarla sin el otro. Eso, y no la cortesía diplomática, es lo que les sienta a negociar.

Por qué ambas potencias necesitan sentarse ahora

chips avanzados EEUU China

La tregua arancelaria se ha ampliado otros dos meses, según ha anunciado el secretario del Tesoro, Scott Bessent, antes de la cumbre. El acuerdo mantiene los aranceles muy por debajo de los picos alcanzados en la guerra comercial de 2025, cuando los gravámenes estadounidenses a los productos chinos llegaron al 145% y los chinos a los estadounidenses, al 125%.

Esa cifra conviene recordarla. Traducida a la práctica, significa que durante meses buena parte del comercio bilateral estuvo al borde de la ruptura. Importar un componente chino en Estados Unidos dejó de ser un coste de gestión para convertirse en una apuesta política. Cosas que pasan cuando dos economías se apuntan mutuamente con el arancel.

Equilibrio de Poder

La lectura estratégica trasciende el eje Washington-Pekín, aunque ninguno de los dos parezca dispuesto a admitirlo. Bruselas asiste al trueque de chips por tierras raras con una preocupación concreta: Europa importa tierras raras chinas y depende de la tecnología estadounidense para buena parte de su cómputo avanzado. Cuando ambas potencias cierran un acuerdo bilateral, el resto de los socios descubren que negocian con quien no les representa.

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Para España el efecto viaja en dos direcciones. La industria de defensa y el programa europeo de semiconductores, articulado en torno a la Ley de Chips europea, dependen de un suministro estable de materiales críticos. En paralelo, las plantas de fabricación que Bruselas quiere atraer compiten directamente con las que Washington y Pekín blindan a golpe de subvención. El resultado es conocido: cuando los dos gigantes intercambian cromos, el resto paga la factura.

La lectura a cinco o diez años es incómoda. La inteligencia artificial no es una herramienta industrial más: es la infraestructura sobre la que se montarán la defensa, la logística, y la vigilancia de la próxima década. Quien fije los estándares de cómputo fijará, de facto, las reglas del juego geopolítico. De ahí el término ‘superinteligencia’ que Trump ha puesto encima de la mesa y de ahí la respuesta china sobre el control humano de la tecnología.

El precedente que conviene recordar es el de la propia guerra de los chips. Cuando Washington activó los controles de exportación, la industria china aceleró su sustitución interna y Pekín comprobó que el arma tecnológica puede volverse contra quien la esgrime primero. La lección de fondo es antigua: en una escalada, el que da el primer golpe rara vez controla el último.

La próxima ventana crítica no está lejos. La tregua arancelaria ampliada por Bessent caduca a mediados de noviembre y la suspensión china de los controles sobre las tierras raras expira en octubre de 2026. En ambos casos la pregunta no es si habrá prórroga, sino a cambio de qué. Observamos un patrón claro: Washington y Pekín han aprendido a negociar con el reloj en la mano, y a Europa le toca decidir si quiere ser parte del intercambio o seguir siendo la moneda que se entrega.