Pantano de San Juan: quince días después del incendio, sigue sin bañistas y sin negocios

Los negocios de la zona dan la temporada de verano por perdida, con los chiringuitos cerrados y el riesgo de despidos si no se reabre pronto. El agua del embalse es apta para el baño, pero los accesos permanecen cortados por riesgo de árboles quemados.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿A quién afecta? Hosteleros, trabajadores de temporada, socios del Real Club Náutico y vecinos de los municipios ribereños del pantano de San Juan (San Martín de Valdeiglesias, Pelayos de la Presa).
  • ¿Cuándo ocurre? Desde el 23 de julio de 2026, cuando el incendio forestal de la Sierra Oeste obligó a evacuar la zona y a cerrar los accesos. Quince días después, la situación sigue igual.
  • ¿Qué cambia hoy? El pantano permanece sin bañistas, con los chiringuitos cerrados y las instalaciones náuticas inoperativas. Aunque el agua es apta para el baño, los caminos de acceso están cortados por el riesgo de árboles quemados y cables caídos. La temporada estival se da por perdida.

El pantano de San Juan, pulmón de ocio estival para miles de madrileños, amanece estos días envuelto en un silencio espeso. Las cenizas que cubren el sotobosque y el olor a quemado que aún flota en el aire recuerdan que hace solo quince días un incendio forestal arrasó la Sierra Oeste. Pero el paisaje más desolador no está en los pinos calcinados, sino en el embalse: chiringuitos con las persianas bajadas, embarcaderos vacíos y ningún bañista en la arena.

El pantano sigue vacío y los chiringuitos cerrados

Pese a que el fuego ya está extinguido, las consecuencias se alargan. La prohibición del baño y las restricciones de acceso mantienen alejados a los visitantes. Para Esperanza, propietaria del restaurante Monasterio, en Pelayos de la Presa, el balance es demoledor: «Trabajamos cuatro meses para pasar el invierno. Si esto sigue así, no va a haber negocios ni trabajo», relata.

El día anterior a nuestra visita, apenas se ocuparon cinco mesas. En pleno agosto, una imagen impensable. «Un día como hoy, en agosto, esto estaría lleno», apunta la hostelera. El establecimiento da empleo a trece personas y, aunque por ahora no ha habido despidos, la incertidumbre atenaza. Los camareros Cati, Yudelys y David temen perder sus puestos si el turismo no regresa.

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El Real Club Náutico, ahogado por las restricciones

Al otro lado del pantano, en San Martín de Valdeiglesias, el Real Club Náutico de Madrid permanece cerrado al público. Su presidente, Cristóbal Carrasco, no oculta la frustración: «Nos hace polvo». Pese a que la Dirección General de Salud Pública de la Comunidad de Madrid califica el agua como apta para el baño, el club solo puede acceder una hora al día, de 10:00 a 11:00, un tiempo insuficiente para operar.

El camino de entrada, todavía sembrado de árboles humeantes y cables por el suelo, supone un peligro. El club, único de la región con competiciones de vela de ámbito nacional e internacional, vive de las cuotas de sus socios. «Si las familias no vienen, el pueblo se resiente», advierte Carrasco, que cifra en cerca de 200 las que frecuentan la zona los fines de semana.

El agua es segura, pero los árboles caídos mantienen el pantano como una fortaleza. Las administraciones tardan en limpiar los accesos mientras los negocios se asfixian.

Un sector que depende de cuatro meses para sobrevivir el resto del año

El caso de San Juan no es aislado en la economía de la Sierra Oeste. Los negocios del entorno basan su viabilidad en la temporada estival, que apenas abarca de junio a septiembre. «Toda esta zona vive del turismo de verano», incide Esperanza. Perder julio y agosto compromete la caja para el resto del año y obliga a tomar decisiones dolorosas, como despidos o cierres temporales.

Mientras el club náutico ultima los derribos de las estructuras calcinadas por el fuego y trata de restablecer el suministro eléctrico, en los chiringuitos miran al calendario con desánimo. «La temporada está ya perdida», sentencia la hostelera. Aunque el agua esté lista para el chapuzón, el miedo a nuevos incidentes y la lentitud de las labores de limpieza mantienen la zona en cuarentena.

Este embalse, que cada verano se convierte en la playa de Madrid por su accesibilidad (está a una hora en coche desde la capital), es un termómetro del ocio regional. Su parálisis prolongada recuerda a lo sucedido en otros grandes embalses españoles tras incendios, como el de Buendía en 2017, donde la temporada turística se resintió gravemente.

De momento, el Real Club Náutico confía en reabrir a tiempo para las regatas de septiembre. Pero el daño económico ya está hecho, y la pregunta que sobrevuela el pantano es si, cuando vuelva el bullicio, algunos negocios habrán desaparecido para siempre.

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