El Pentágono prepara al menos cuatro opciones de repliegue de las 80.000 tropas de Estados Unidos en Europa. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, recibirá los escenarios antes del 6 de noviembre, muy por delante del plazo de diciembre que fijó la revisión anunciada en junio.
Lo confirma un documento interno de Términos de Referencia visto por Reuters. El texto desvela un calendario que incluye una sesión informativa para el 18 de septiembre entre el general Chris Cavoli, jefe militar estadounidense en Europa y comandante del Mando Supremo Aliado en Europa, y Elbridge Colby, subsecretario de Política del Pentágono.
Los aliados de la OTAN temen recortes selectivos. La sospecha no es nueva: Washington lleva meses insinuando que Europa debe asumir una mayor parte del peso de su propia seguridad. Trump lo ha verbalizado sin matices.
Por qué el Pentágono acelera el calendario interno
La revisión, anunciada en junio, tiene un arco formal de seis meses. Pero el Pentágono no esperará al final. El documento fija una sesión de decisión para el 18 de septiembre entre Cavoli y Colby. Esa reunión definirá qué opciones concretas se preparan para Hegseth.
El calendario, según fuentes del Pentágono, demuestra la seriedad del proceso. «Queremos ser capaces de discutir los pros y contras de distintos niveles de fuerza», declaró a Reuters un alto funcionario. Colby tiene previsto hablar con los embajadores de la OTAN en Bruselas este jueves.
La citación no es casual. El Pentágono quiere calmar los nervios de los europeos antes de que se filtren más detalles de la revisión. No lo conseguirá del todo.
El Pentágono ya no presenta la revisión como un ajuste técnico: la define como una transición hacia un apoyo crítico, más limitado, con los aliados al mando.
Los europeos no ocultan su escepticismo. En privado, consideran que la decisión de recortar está tomada y que el proceso sirve solo para revestirla de procedimiento. La administración Trump ha sido explícita: quiere reducir los recursos militares que destina a Europa y que los aliados carguen con más peso.
La acusación de free-riding lanzada por Hegseth en junio no fue retórica vacía. Hay un expediente concreto: varios aliados no habrían facilitado bases ni derechos de sobrevuelo para los aviones estadounidenses durante la guerra contra Irán, o lo hicieron con demasiada lentitud. El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, ha mostrado cierta comprensión con la frustración de Washington, pero sostiene que la mayoría de europeos sí ayudaron.
Lo que miden los Términos de Referencia
El documento interno amplía la definición de ABO —acceso, bases y sobrevuelo— para incluir espacio, ciberespacio e infraestructuras de inteligencia que permiten la proyección de poder global de Estados Unidos. El Pentágono evaluará si los aliados tienen un camino creíble para cumplir sus promesas de gasto en defensa y para llenar los huecos que dejen las retiradas en el modelo de fuerzas de la OTAN, conocido como NATO Force Model.
Junto al trabajo interno, Washington distribuyó un cuestionario a los aliados. Las respuestas deben llegar este viernes. Las preguntas son directas: «¿Qué restricciones ha impuesto el país al acceso, bases y sobrevuelo de EE.UU.? ¿Está dispuesto a eliminarlas?». También se pide si han aprobado reglamentos que inhiban la cooperación defensiva transatlántica y si estarían dispuestos a revertirlos.
El estrés interno es visible. «Trabajamos muy duro y el calendario es muy ajustado», reconoce el alto funcionario. La administración Trump, sin embargo, ve en la prisa una virtud: cuanto antes salga la decisión, menos margen tendrá Bruselas para negociar una prórroga.
Aquí se juega algo más que soldados. Se juega la arquitectura de seguridad europea tal y como la conocemos desde 1949. Si el repliegue supera los 20.000 efectivos, el flanco este entrará en territorio desconocido.

Equilibrio de Poder
La revisión del Pentágono no es un ejercicio técnico. Es un movimiento de poder con consecuencias a diez años vista. Washington aplica su manual transaccional: quien no comparte la carga, pierde la protección. El precedente más nítido es la crisis de Suez de 1956, cuando Eisenhower retiró el paraguas financiero a los franco-británicos por su aventura militar. Hoy el paraguas es militar y la condena es un recorte presupuestario.
Para España, el tablero presenta aristas delicadas. La frontera sur no depende directamente del despliegue centroeuropeo, pero sí de la credibilidad general de la alianza. Si la OTAN se desgarra en el flanco este, Marruecos y Argelia no tardarán en recalibrar sus apuestas. Y el Sahel, ya en plena recomposición tras la retirada francesa, sentirá menos disuasión europea. La presión sobre los presupuestos de Defensa en Madrid se intensificará en paralelo: cumplir con el 2% del PIB ya es complejo; un umbral mayor es hoy materialmente imposible sin recortes en sanidad o educación.
Rusia observa. El Kremlin lleva años pidiendo este repliegue: menos tropas estadounidenses en Europa es exactamente lo que Moscú buscó en 2021 con sus exigencias de garantías de seguridad. Si Washington cumple el guion, Vladímir Putin habrá logrado sin disparar un tiro lo que no consiguió en la mesa de negociación. De hecho, el repliegue selectivo que se estudia —castigar a los aliados que no cooperaron contra Irán— fragmenta la alianza de un modo funcional a los intereses rusos.
Bruselas, mientras tanto, traga saliva. Mark Rutte ha mostrado comprensión con la frustración de Trump, pero pero defiende que la mayoría de europeos sí ayudaron durante la guerra de Irán. La realidad es más incómoda: el gasto en defensa europeo se queda corto ante las nuevas demandas y los presupuestos nacionales no tienen margen. La cumbre de la OTAN de 2027 será el siguiente termómetro. Para entonces, los planes de contingencia habrán dejado de ser hipótesis.
El hito inmediato es el 6 de noviembre. Ese día sabremos si Hegseth apuesta por un recorte quirúrgico —cerrar bases en Alemania, por ejemplo— o por un repliegue masivo que empuje a los europeos a reaccionar. Veremos.

