La ciberinteligencia ya no es un servicio técnico auxiliar en la CIA: es el centro de sus operaciones. Así lo ha defendido el subdirector Michael Ellis en la conferencia Billington, celebrada en Maryland, con un ejemplo sobre la mesa: la Operación Absolute Resolve.
Si usted ha seguido la evolución de Langley en los últimos dos años, sabrá que el término ‘misión’ ha sustituido al de simple dirección técnica. Le pongo en contexto: el Centro de Ciberinteligencia (CCI) pasó a ser un mission center, es decir, una unidad con autoridad para dirigir personal, dinero y tecnología hacia objetivos de inteligencia. Ellis lo resume sin ambages: ‘Elevar el Centro de Ciberinteligencia a mission center nos ha permitido centrar la prioridad en la misión ciber y alinear mejor los recursos en torno a ella’.
La operación en Venezuela no fue un ejercicio académico. Según Ellis, los equipos ciber construyeron una imagen de inteligencia impecable que permitió a los operadores estadounidenses localizar a Nicolás Maduro y capturarlo en los cuatro minutos posteriores al aterrizaje. No ofreció detalles sobre métodos, sistemas ni fuentes.
Operación Absolute Resolve: el ejemplo que la CIA quiere convertir en doctrina
Ellis eligió el caso con cuidado. Los reportes iniciales atribuyeron los apagones en Venezuela a un ciberataque; sin embargo, expertos consultados por CyberScoop señalan que los ataques físicos visibles por sí solos podrían explicar esas caídas. Esa ambigüedad no resta valor a la idea central: la ciberinteligencia produjo información accionable sobre un objetivo específico en un plazo operativo crítico.
‘Sin ese tipo de imagen operativa basada en el ciberespacio, no habríamos podido ayudar a las Fuerzas Especiales’, insistió Ellis. El verbo no es casual: ayudar, posibilitar, habilitar. La CIA se ve a sí misma como habilitadora de operaciones, no como ejecutora principal.
Me interesa subrayar un matiz: Ellis no ha explicado cómo confirmaron la posición de Maduro ni qué papel jugaron los HUMINT, los activos locales o la interceptación de comunicaciones. La frase ‘imagen impecable’ es lo suficientemente vaga para no desvelar tradecraft. Lo anoto porque, en este oficio, la omisión también informa.
La diferencia entre una agencia analógica y una que opera en el filo de la ciberinteligencia no está en el talento: está en la velocidad con que convierte el dato en decisión de misión.
Del plazo de dos años a la meta de seis meses: la ansiedad tecnológica de Langley
La reorganización no se limita al CCI. El director de la CIA, John Ratcliffe, reestructuró varias direcciones de adquisición y tecnología para adoptar inteligencia artificial y computación cuántica. Se creó un Directorio de Mission Systems cuyo propósito, dice Ellis, es ‘entregar tecnología a nuestra fuerza laboral para permitir la misión de forma rápida y eficiente’.
Hasta hace poco, incorporar una nueva tecnología a la agencia llevaba entre dos y tres años. Ahora el objetivo es de seis meses y ya se han completado más de cuatrocientas adquisiciones dentro de ese plazo. ‘Esperar dos o tres años es simplemente demasiado tiempo’, declaró.
La presión no procede solo de la geopolítica. Para Ellis, la IA puede reducir tareas que antes requerían cientos de horas de trabajo a unas pocas horas, ayudar a los analistas a procesar grandes conjuntos de inteligencia, identificar patrones y conectar información que sería difícil de examinar a la misma velocidad. ‘En operaciones cibernéticas aporta velocidad y escala que serían inimaginables sin estas herramientas’, apuntó.

Dossier Moncloa: Ojos en la Sombra
Visto desde Madrid, este movimiento doctrinal de Langley tiene una lectura confidencial. La ciberinteligencia ya no es un área de especialistas aislados: se integra en el ciclo completo de planificación operativa. El vector de amenaza de la Operación Absolute Resolve contiene un ciberataque presunto contra infraestructura eléctrica, una infiltración HUMINT probable para confirmar la ubicación y una interceptación SIGINT para la captura. La CIA no ha confirmado todos los elementos, y conviene mantener la cautela.
Las agencias implicadas son claras. Atacante: la CIA, a través del Centro de Ciberinteligencia y con apoyo de fuerzas especiales. Defensora: las agencias de inteligencia venezolanas, SEBIN y DGCIM, que no detectaron la operación a tiempo. Terceros observadores: Rusia y China, que han invertido en sistemas de contrainteligencia en Venezuela y que probablemente analizan ahora las brechas que permitieron la captura. El CNI y el CCN-CERT, desde España, monitorizan el caso como precedente de cómo un servicio integra lo ciber en una operación cinética.
Estimo que el material manejado en absoluta reserva alcanzó el nivel Top Secret: la planificación de una captura de un jefe de Estado extranjero, con participación de fuerzas especiales y probablemente con ciberataque a infraestructura eléctrica, no se etiqueta como mero Secreto. El engranaje de adquisición tecnológica de seis meses también apunta a una clasificación alta: mover esos recursos con rapidez exige preparación ante contingencias.
El precedente histórico es casi inevitable: la Operación Olympic Games, con el malware Stuxnet contra el programa nuclear iraní en 2010, ya marcó el camino de usar la ciberinteligencia para un objetivo estratégico sin declaración formal de guerra. La diferencia ahora es la estructura: la CIA no externaliza la capacidad ciber como si fuera un extra; la coloca en un mission center con línea operativa directa.
Mi posición editorial es moderada: el giro es real, pero su eficacia dependerá de que la cultura de la agencia realmente integre a los técnicos con los oficiales de campo, no solo que se cambien organigramas. He escrito en alguna ocasión que el próximo 11S empezará con un clic; si la CIA cumple lo que ha dicho Ellis, probablemente ese clic tendrá logo de Langley.
Lo que toca seguir ahora es la ejecución: si la CIA publica nuevas doctrinas de misión, si Ellis repite estas cifras ante el Congreso y si la compra de tecnología se mantiene en el plazo de seis meses sin atascos burocráticos. El hito concreto es el próximo testimonio de Ellis ante el Comité de Inteligencia del Senado, o el informe anual de amenazas globales que suele actualizarse en primavera.

