El Parlamento Europeo forja un consenso transversal para endurecer la política comercial con China. Pascal Canfin, ponente de la Eurocámara para las relaciones comerciales con Pekín, asegura a POLITICO que el ‘business as usual’ ha dejado de ser una opción para los Veintisiete.
Por qué la Eurocámara deja atrás el ‘business as usual’ con Pekín
La señal no es anecdótica. El déficit comercial de la UE con China alcanza los 1.000 millones de euros al día, según los datos que cita el propio Canfin. Las exportaciones chinas han presionado a los fabricantes locales y han reavivado el temor a una desindustrialización en sectores como la automoción y la química, donde se acumulan cierres de plantas. ‘El objetivo superior de la política china es asumir el liderazgo sobre la base de su propio poder, sus propios valores y la dictadura del Partido Comunista’, declaró el eurodiputado francés. No es poca cosa.
La Comisión Europea, de momento, mantiene abierta la vía del diálogo. El comisario europeo de Comercio, Maroš Šefčovič, viajará a Pekín en octubre para continuar las conversaciones y ha avisado de que Bruselas está lista para actuar si no hay avances. Sobre la mesa hay medidas para contrarrestar la dominancia industrial china: nuevas reglas para diversificar las cadenas de suministro críticas y salvaguardas que limiten la importación de bienes clave, como los híbridos enchufables. La paciencia se agota.
El giro parlamentario tiene nombre: de hecho, el Industrial Accelerator Act, la propuesta legislativa estrella en materia industrial, busca anclar una preferencia europea en las compras públicas estratégicas. Los ponentes impulsan un club ‘Made in Europe’ y un filtro más estricto para las inversiones extranjeras directas. La lectura general es que se trata de una respuesta directa a China. El comité de Asuntos Exteriores de la Eurocámara pidió el jueves frenar el exceso de dependencia europea de materias primas y semiconductores, con una mención expresa a combatir la ‘instrumentalización de la dependencia económica de la UE’. El pivote está en marcha.
Del viaje de Šefčovič a la preferencia industrial ‘Made in Europe’
Canfin admite que las grandes familias políticas siguen divididas en la cuestión china, pero sostiene que se está consolidando un consenso más duro, con apoyos que van desde la izquierda radical hasta la extrema derecha. ‘No digo que el asunto esté ya cerrado, pero creo que podemos ganar esta batalla en el Parlamento’, señaló. El riesgo no está en la Eurocámara, sino en los gobiernos nacionales, que suelen preferir la prudencia: varios intentan suavizar la preferencia ‘Made in Europe’ abriéndola producto a producto a países con acuerdos comerciales o de contratación pública con la UE.
Alemania, la mayor economía de la Unión, se mueve de forma más matizada. Berlín se inclina hacia una línea más dura, alentado por el Mittelstand, el tejido de pequeñas y medianas empresas, mientras las grandes corporaciones siguen invirtiendo en China. El Gobierno alemán siempre ha considerado que lo que es bueno para BMW, BASF y Mercedes es bueno para todos los demás. Hoy eso podría ponerse en cuestión’, dijo Canfin. La victoria arrolladora de la extrema derecha de AfD la semana pasada en Sajonia-Anhalt debilita al canciller Friedrich Merz, que en julio ya declaró junto a Macron que no estaba ‘dispuesto a aceptar el statu quo’. Berlín ya no predica el libre comercio sin matices.

La Eurocámara ha convertido el comercio con China en la prueba de estrés de la política industrial europea.
El Eje del Poder Europeo
El pulso de fondo no es entre Pekín y Bruselas, sino entre la Eurocámara y los gobiernos nacionales. París ha encontrado un aliado en la retórica industrial, Berlín se mueve entre la protección y el miedo a las represalias contra sus multinacionales, y los frugales del norte recelan de una política industrial que huela a subvenciones. Entre los Estados del sur, Madrid observa la escalada con cautela: la automoción española sufre la competencia china, pero una guerra comercial abierta puede golpear al mismo tiempo a los proveedores que ya trabajan con grupos chinos. Los países del este, con Hungría a la cabeza, van a priorizar la inversión china en infraestructuras; su influencia no llega al veto en comercio, pero puede retrasar la posición común.
Para España, el endurecimiento tiene dos caras. La industria del motor, la química, y los fabricantes de componentes se beneficiarían de un freno a las importaciones chinas más agresivas. Sin embargo, el sector agroalimentario y el turismo miran de reojo a Pekín, porque China es un mercado relevante y cualquier represalia empujaría los precios a la baja. El Gobierno español no ha desvelado una posición cerrada, pero en Bruselas se le presupone pragmático: apoyará la línea dura mientras no cierre la puerta a la inversión china en plantas de baterías. La decisión no será fácil.
La lectura a cinco o diez años va más allá de los aranceles. Si el consenso parlamentario se traduce en legislación, la UE pasará de un modelo basado en el libre comercio a una doctrina de seguridad económica con filtros a la inversión y preferencias locales. El precedente más claro es el arancel europeo a los vehículos eléctricos chinos, que ya abrió la puerta a esta lógica. Durante la crisis del euro, Berlín impuso la austeridad; ahora, la seguridad económica se convierte en el nuevo mantra. El riesgo es la fragmentación interna: los países con economías más expuestas a China negociarán exenciones y acabarán por aguar el bloque común.
La próxima ventana crítica será el viaje de Šefčovič a Pekín en octubre y la posición que fije el Parlamento Europeo sobre el Industrial Accelerator Act durante la sesión plenaria de otoño. Dejémoslo en un ‘ya veremos’. La batalla parlamentaria no está cerrada, pero China ya no es un asunto bipartidista: es el campo donde se decide qué tipo de potencia económica quiere ser Europa.
