Los Pueblos Negros de Guadalajara: la escapada otoñal que los madrileños descubren tarde y repiten siempre

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Valverde de los Arroyos: la postal que todo el mundo busca y cómo se gestiona su masificación

Valverde de los Arroyos es, dentro de la ruta de los Pueblos Negros, la estampa que casi todo el mundo tiene en la cabeza antes de llegar. Su casco, declarado Conjunto Histórico-Artístico y reducido a una decena de calles, se levanta a unos 1.280 metros de altitud a los pies del pico Ocejón, con muros de pizarra y cuarcita que, al mezclarse con el gneis de la zona, aportan ese brillo dorado que lo distingue de Majaelrayo o Campillo de Ranas. El corazón de la postal es la plaza de María Cristina, con la iglesia de San Ildefonso —la única del pueblo cubierta con teja en lugar de losas—, una fuente redonda de piedra y el ayuntamiento. A esa imagen urbana se suma la segunda estampa obligada: las Chorreras de Despeñalagua, un salto escalonado de casi 80 metros que se alcanza tras un paseo de unos tres kilómetros. En 2013 fue el primer municipio de Castilla-La Mancha en entrar en Los Pueblos Más Bonitos de España.

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Buena parte de su tirón se explica por esa imagen, pero también por cómo se ha decidido protegerla. Los coches no entran al casco: los visitantes dejan el vehículo en un aparcamiento habilitado a la entrada, asfaltado pero con una pendiente marcada, y acceden a pie. Ese estacionamiento pasó a ser de pago —alrededor de 10 euros al día, gestionado por aplicación móvil o en establecimientos asociados del pueblo—, una fórmula para ordenar una afluencia que se concentra en otoño y en fines de semana y puentes, cuando suele llenarse a media mañana. A ello se suma la normativa urbanística municipal, que obliga a que las construcciones nuevas mantengan fachadas de pizarra y tejados a dos aguas. El resultado: un pueblo de poco más de 85 habitantes censados, con apenas tres viviendas de uso turístico (unas 14 plazas), que conserva la Danza del Hijo en la Octava del Corpus sin convertirse en un decorado.