Santiago Abascal eligió la Zona Franca de Barcelona para cerrar la gira de Vox en Cataluña. Unas 200 personas se concentraron en los aledaños de la plaza de la Marina sin que se registraran enfrentamientos directos entre los asistentes y los manifestantes antifascistas.
El acto, celebrado este viernes, reunió a la dirección del partido al completo alrededor de su líder. El despliegue policial fue notable y la tensión se mantuvo durante toda la tarde. Nadie cruzó la línea.
El discurso: de la lengua a la ‘islamización’
La intervención de Abascal tuvo un eje único: la inmigración. La definió como el ‘principal problema’ de la ciudadanía en todo el Estado y planteó los próximos comicios generales como una elección ‘entre civilización o barbarie’. La ‘marea verde’ de su partido, dijo, no se detiene.
En clave catalana, el líder de Vox enterró el viejo eje catalanes-castellanos. Lo llamó ‘polémica estéril, ficticia, interesada y antihistórica’. La ‘principal batalla’, sostuvo, ya no es lingüística, sino contra la ‘islamización’ de Catalunya y del resto de España. Y ahí metió en el mismo saco a votantes del PP, del PSC, del independentismo, y a los abstencionistas.
Hubo también espacio para el cuestionamiento del sistema electoral. Sin aportar ninguna prueba, acusó a Pedro Sánchez de estar dispuesto a ‘robar las próximas elecciones’ o incluso a no convocarlas, advirtió de que es ‘más peligroso que nunca’ y lo llamó ‘candidato marroquí’. A renglón seguido, pidió a los suyos que no se fíen de las encuestas que otorgan una mayoría conjunta a PP y Vox.
Ignacio Garriga, secretario general de la formación, subió un escalón más el tono. Prometió ‘reconquistar’ todos los rincones de España y expulsar de los gobiernos autonómicos y del Ejecutivo central a los ‘políticos de mierda’. ‘A los que nos dicen fascistas, decirles que su tiempo está acabándose, que los tiraremos a la papelera de la historia’, proclamó. Y dejó una advertencia para los partidos que, a su juicio, ‘han mandado durante 40 años’: una parte de la ciudadanía ‘no aguantará más’.
Vox ha movido el eje del conflicto: ya no le interesa la lengua, sino el miedo. Ese marco no entiende de fronteras autonómicas ni de identidades históricas.
Piedras contra un piso y Els Segadors como banda sonora
El momento de mayor tensión llegó desde una ventana. Unos vecinos exhibieron la bandera del pueblo gitano y hicieron sonar el himno de Cataluña, Els Segadors, desde un piso cercano a la plaza. Algunos asistentes al acto respondieron lanzando piedras contra el inmueble. No hubo heridos que las fuentes consultadas hayan confirmado. La bandera, la música y las piedras.
Abascal se refirió al episodio en su intervención. ‘Harán hasta lo más insoportable para detenernos, pero no tienen absolutamente nada que hacer para detener la marea verde de Vox en toda España’, proclamó. La frase resume el marco de la jornada: el ruido de la calle como argumento, no como problema.
Lo que Vox busca en Cataluña, donde el relato ya tiene dueño
La lectura política del acto admite varias capas. La primera es de geometría interna. Vox llega tarde a ese relato en Cataluña: la bandera contra la inmigración tiene aquí otro inquilino, Aliança Catalana, que combina el mismo diagnóstico con un discurso independentista y ha convertido la cuestión en su marca de fábrica. Abascal compite por ese votante, pero lo hace a escala estatal, con una ‘marea verde’ de ámbito español que diluye la especificidad catalana.
Distinta es la capa que afecta al PP. Cuando el líder de Vox pide a sus simpatizantes que desconfíen de los sondeos que dan mayoría a PP y Vox juntos, no está discutiendo con La Moncloa: está discutiendo con Génova. Es un mensaje de concentración del voto en clave de derecha, exactamente lo contrario de lo que necesita Alberto Núñez Feijóo para rentabilizar el desgaste del Gobierno. Pura aritmética interna.
Y la tercera capa mira a Moncloa. Un discurso que eleva la inmigración a ‘batalla principal’ y que cuestiona la limpieza de las próximas elecciones generales —que como muy tarde deben celebrarse en 2027— encaja mal en el electorado moderado, pero encaja muy bien en el marco que el Gobierno quiere instalar: el de una derecha radicalizada frente a una mayoría que se define como serena. Para Sánchez, el acto de la Zona Franca es material de campaña. Y no lo va a desaprovechar.
Queda el terreno catalán, el más complejo. Vox mantiene un grupo reducido en el Parlament y una presencia municipal escasa, y su discurso sobre la ‘islamización’ no ha logrado hasta ahora traducirse en poder territorial. El cierre de la gira de este viernes confirma la apuesta: menos batalla identitaria clásica, más cruzada cultural. La próxima cita en el calendario, la convocatoria general que como muy tarde debe llegar en 2027, dirá si ese marco moviliza o solo hace ruido.
