El DOJ desclasifica esta semana los cargos contra cinco colaboradores del SVR por operaciones rusas exteriores que incluyen un intento de asesinato en territorio estadounidense.
Los hermanos Yuri y Kirill Khrameev y el supuesto agente Yaidel Delgado Suarez aparecen nominados en una imputación que combina conspiración para financiar terrorismo con conspiración para cometer asesinato, según la nota difundida por la Oficina de Asuntos Públicos del Departamento de Justicia. La acusación sostiene que los cinco, vinculados al SVR ruso, reclutaron a ciudadanos estadounidenses para vigilar y, llegado el caso, matar a disidentes rusos críticos con la guerra de Ucrania, tanto en Estados Unidos como en Europa.
Lo más elocuente del escrito son las cifras. Los Khrameev pagaron 200 dólares por vigilar a un disidente en Lituania y después ofrecieron 25.000 por matarlo. El ciudadano estadounidense que recibió ambas propuestas las rechazó. La siguiente petición fue mucho más modesta: incendiar un almacén.
La trama que incomoda de verdad en Washington es la de suelo propio. Delgado Suarez ofreció 40.000 dólares para eliminar a un disidente, después de pagar entre mil y mil quinientos por su vigilancia. La persona a la que se lo propuso, identificada en el expediente solo como ‘U.S. Resident-1’, también dijo no.
He seguido durante años las operaciones del SVR en Europa y en este expediente hay un elemento que no había visto antes: la contratación de mano de obra local para un homicidio, no para una pintada.
El reclutamiento por doscientos dólares no es una anécdota: es el modelo con el que Moscú ha aprendido a matar sin mancharse las manos.
El oficio del agente desechable: un umbral que se mueve solo
El método no es nuevo para quien siga el oficio. Rusia lleva años utilizando lo que la inteligencia occidental bautizó como agentes desechables, disposable agents: jóvenes, delincuentes comunes o gente con deudas, captados por internet por oficiales de inteligencia rusos que les ofrecen cantidades modestas por actos de vandalismo o sabotaje. Cuando el encargo sube de categoría, la cifra sube con él.
Lo llamativo es la desvergüenza. Moscú apenas se molesta en mantener la coartada: el objetivo declarado de estas operaciones es probar hasta dónde aguanta el adversario y recordarle su vulnerabilidad.
En Europa ese umbral se ha ido moviendo durante una década sin que nadie haya sabido fijarlo. En Estados Unidos, en cambio, el Kremlin había jugado hasta ahora con otro manual: influencia, desinformación, campañas digitales y negación plausible. La conclusión de la comunidad de inteligencia estadounidense en 2017 sobre los intentos de favorecer a Donald Trump encaja en ese esquema, y las campañas continuaron después.
Fíjese usted en el detalle: contratar agentes desechables para un plan de asesinato en suelo estadounidense rompe ese reparto de papeles. Y llega con la relación entre Moscú y Washington en su punto más frío en años. La misma semana en que se desclasificaron los cargos, la Cámara de Representantes aprobó la ley de sanciones Lindsey O. Graham contra Rusia e Irán y la envió al despacho del presidente. El paquete permite aranceles de hasta el 100 por ciento a los cinco mayores compradores de crudo o gas ruso.
El portavoz del Kremlin, Dmitry Peskov, calificó las sanciones de ‘infernales’ y de ‘acto poco amistoso que complicará los esfuerzos de paz en Ucrania’. La semana dejó además imágenes que nadie quiere repetir: el general retirado David Petraeus, exdirector de la CIA, fue evacuado de un tren que salía de Ucrania cuando un dron ruso golpeó el convoy contiguo en la estación de Yahodyn, junto a la frontera polaca. Un tren diplomático con Boris Johnson y Carl Bildt había partido antes de esa misma estación, y el operador ferroviario ucraniano admitió que era ‘enteramente posible’ que el objetivo fuera ese convoy.
A eso se suma una investigación de CNN según la cual catorce satélites espía rusos sobrevolaron la base aérea Príncipe Sultán, en Arabia Saudí, dos días antes de que Irán la golpeara el 27 de marzo. El conjunto de los movimientos de las últimas semanas apuntan a una coordinación que ya no es una hipótesis de trabajo.
Dossier Moncloa: Ojos en la Sombra
Vector de amenaza: infiltración HUMINT con asesinato encubierto por delegación. El SVR no envía a sus oficiales a matar; terceriza el homicidio en residentes locales a los que convierte en agentes desechables, sin entrenamiento previo y sin compartimentos estancos. Es la lógica que alumbró el envenenamiento con polonio-210 de Alexander Litvinenko en Londres en 2006 y el ataque con Novichok contra Sergei Skripal en Salisbury en 2018, con una diferencia de grado: allí pusieron la cara oficiales del servicio; aquí, mano de obra contratada por doscientos dólares.
Quién ataca, quién defiende y quién mira en esta operación. Ataca el SVR, y conviene decirlo con la cautela debida: la atribución se sostiene sobre la imputación del DOJ, no sobre una atribución técnica independiente como la que exigen los incidentes de ciberguerra. Defienden el FBI y la División de Seguridad Nacional del Departamento de Justicia en Estados Unidos, y los servicios bálticos y británicos en Europa, donde residían los objetivos. Miran el CNI y el CCN-CERT un modelo que no entiende de fronteras: el reclutamiento por mensajería cifrada de jóvenes y delincuentes comunes para sabotajes de bajo coste es hoy amenaza de catálogo en toda la OTAN, y España no es una excepción geográfica.
Nivel de clasificación estimado: Secreto. La imputación se apoya en material de contrainteligencia, seguimiento financiero y colaboración de testigos. Lo desclasificado es la punta del iceberg: los nombres de los oficiales que dirigían la red, sus canales de comunicación y sus coberturas siguen en compartimentos cerrados. Ahí es donde el oficio se juega de verdad la partida.
Mi lectura es que estamos ante un cambio de doctrina ruso y no ante una operación táctica. Durante años, Moscú calculó que le salía más barato desestabilizar Europa con sabotajes y reservar para Estados Unidos la guerra de la información. Ese cálculo se ha roto. No se equivoque conmigo: no sé si la ruptura responde al acercamiento entre Trump y Zelenski o a la ley de sanciones; probablemente a las dos cosas y a ninguna.
El riesgo del análisis es el de siempre: dar por probado lo que solo está imputado. El caso está en fase de imputación y ninguna prueba ha sido contrastada todavía en un juicio. Lo que no admite discusión es el patrón, porque se repite desde Lisboa hasta Tallin.
Cosas que pasan en 2026.
El próximo hito tiene fecha y nombre: la firma o el veto de la ley de sanciones en el despacho oval, y los primeros escritos de defensa de los cinco imputados. Mientras tanto, quien quiera medir la temperatura real del pulso entre Moscú y Washington hará bien en mirar menos los titulares y más las acusaciones que se desclasan los viernes.

