El error de cálculo de la CIA en Afganistán que terminó financiando el nacimiento de Al Qaeda

La desclasificación de archivos y el análisis histórico de la guerra de Afganistán destapan el mayor error de cálculo de la diplomacia occidental durante la Guerra Fría. A través de la Operación Ciclón y el masivo flujo de armas canalizado por la CIA y los servicios secretos de Pakistán para desgastar a la Unión Soviética, Estados Unidos y sus aliados entrenaron, financiaron y legitimaron las redes logísticas de combatientes extranjeros que terminaron engendrando la estructura original de Al Qaeda.

La maquinaria encubierta de la Operación Ciclón y el laboratorio de Peshawar

En los pasillos de la sede central de la CIA en Langley y en el Despacho Oval de Washington a finales de la década de 1970, la obsesión geoestratégica tenía un único nombre en clave, contener la expansión militar de la Unión Soviética hacia las aguas cálidas del océano Índico. La invasión de Afganistán en diciembre de 1979 activó el mayor programa encubierto de ayuda militar de la historia de los servicios secretos estadounidenses, bautizado como Operación Ciclón. Lo que comenzó como una partida presupuestaria modesta de quinientos mil dólares autorizada bajo la presidencia de Jimmy Carter terminó convirtiéndose, durante los dos mandatos de Ronald Reagan, en un caudal continuo que superó los tres mil millones de dólares en transferencias directas, armamento y entrenamiento táctico.

Aquella inyección descomunal de dinero occidental no se entregaba en mano a los campesinos afganos, sino que se canalizaba a través de una compleja arquitectura gestionada por el servicio de inteligencia militar de Pakistán, el temido ISI. En la ciudad fronteriza de Peshawar, convertida en el epicentro de la conspiración regional, los servicios occidentales y los fondos procedentes de las monarquías del Golfo Pérsico crearon un ecosistema de adiestramiento masivo. Se levantaron campos de instrucción donde instructores británicos del SAS y especialistas estadounidenses en demolición y guerra asimétrica perfeccionaron las técnicas de combate de decenas de miles de guerrilleros, suministrando fusiles de asalto, explosivos plásticos C-4 y los célebres misiles antiaéreos portátiles Stinger, que inclinaron definitivamente la balanza militar frente a los helicópteros de combate soviéticos.

La fascinación de Washington por desangrar a Moscú en su particular lodazal vietnamita provocó una ceguera deliberada respecto a la ideología de los beneficiarios. Pakistán priorizó el desvío sistemático de recursos hacia las facciones más integristas de los siete partidos de la resistencia suní, especialmente a los cuadros fundamentalistas de Gulbuddin Hekmatyar. En paralelo a los muyahidines locales, la llamada a la yihad global atrajo a miles de voluntarios árabes procedentes de Egipto, Argelia, Siria y la península arábiga, quienes llegaron a Peshawar con pasaportes sellados y visados facilitados por embajadas que preferían ver a sus radicales domésticos combatiendo a los comunistas a miles de kilómetros de casa.

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La infraestructura logística financiada por Washington y sus aliados sentó las bases operativas de la llamada Oficina de Servicios de Makhtab al Khidamat, el embrión burocrático donde se registraron los combatientes extranjeros que años después integrarían las filas fundacionales de Al Qaeda. En aquellos campamentos fronterizos, un joven millonario saudí de familia constructora y un médico cirujano egipcio radicalizado en las prisiones de El Cairo aprendieron a coordinar cadenas de suministro transnacionales, a falsificar identidades y a levantar redes de financiación paralela con el beneplácito de las potencias occidentales que aplaudían a los autoproclamados combatientes por la libertad.

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La Al Qaeda de Usama bin Laden y Ayman al Zawahiri. Fuente: Agencias

El efecto bumerán de la victoria y la metamorfosis del enemigo global

Cuando el último blindado del Ejército Rojo cruzó de regreso el puente sobre el río Amu Daria en febrero de 1989, la euforia diplomática en Occidente dio paso a un abandono fulminante del escenario afgano. Estados Unidos cortó los fondos, cerró las agregadurías de enlace y desatendió las consecuencias del vacío institucional en un territorio arrasado por una década de combates y poblado por cientos de miles de combatientes armados hasta los dientes. Los miles de voluntarios extranjeros, curtidos en el combate frontal contra una superpotencia nuclear, se encontraron de pronto sin un enemigo al que disparar pero en posesión de una doctrina mesiánica, arsenales incalculables y manuales de combate de última generación proporcionados por sus antiguos patronos.

Ese contingente desmovilizado se negó a entregar los fusiles y regresar a la irrelevancia en sus países de origen. La base de datos original de voluntarios gestionada en Peshawar mutó formalmente en una red operativa clandestina conocida como la base, el significado literal en árabe del término Al Qaeda. Quienes habían sido entrenados para dinamitar convoyes ferroviarios soviéticos y derribar transportes militares con tecnología de la OTAN redirigieron sus armas hacia los regímenes de Oriente Medio y, de manera primordial, hacia la potencia que ahora ocupaba militarmente la península arábiga tras el estallido de la guerra del Golfo en 1990.

La mutación del aliado clandestino en verdugo global representó el episodio de efecto bumerán o blowback más demoledor en los anales del espionaje moderno. Los cuadros formados en la guerra de guerrillas afgana dispersaron sus células por cuatro continentes, aprovechando las mismas rutas clandestinas de tráfico de armas y las cuentas bancarias en paraísos fiscales que la CIA había tolerado para burlar el control soviético. Las tácticas asimétricas perfeccionadas en el Hindu Kush se exportaron de inmediato a los atentados contra las embajadas de Nairobi y Dar es Salaam, al ataque contra el destructor naval en el puerto de Adén y a la secuencia de magnicidios y sabotajes que culminó con el colapso del World Trade Center en septiembre de 2001.

El monstruo terrorista que desfiguró la seguridad internacional durante el siglo XXI no nació de la nada ni brotó de cuevas aisladas, sino que fue moldeado en los campos de tiro y en los despachos donde Occidente decidió que cualquier precio valía la pena para derrotar al bloque comunista. Las armas, la logística y la mística de victoria que consolidaron a Al Qaeda como una hidra transnacional fueron las consecuencias directas de una estrategia cortoplacista que convirtió la guerra encubierta en la incubadora del yihadismo contemporáneo.