Siete de cada diez británicos quieren que el Reino Unido reconstruya su relación con Bruselas, y el dato, por sí solo, ya no sorprende a nadie en Westminster. Lo que cambia el tablero es otro: la mayoría de los votantes de Reform UK, el partido que convirtió el Brexit en su bandera, también lo respalda.
La encuesta, elaborada por la consultora Public First para POLITICO entre el 13 y el 15 de septiembre sobre una muestra de 2.028 adultos británicos, dibuja un país más cansado del divorcio de lo que su clase política admite. El 70% de los encuestados reclama un vínculo más estrecho con la UE. Es un respaldo transversal, que atraviesa generaciones, regiones y, sobre todo, antiguos feudos del voto euroescéptico.
La letra pequeña del sondeo revela la fractura real. Un 31% quiere un acercamiento ‘más cercano’ pero sin aceptar el reglamento comunitario; un 39% pide una cooperación ‘mucho más estrecha’ aunque eso implique volver a aplicar parte de las normas europeas. No es lo mismo acercarse que deshacer el Brexit, y esa distinción sostiene todo el equilibrio político de la isla.
Lo que revela el sondeo: el Brexit ya no moviliza
Por bloques, los votantes verdes son los más entusiastas: el 64% apoyaría una relación mucho más intensa con Bruselas, incluso asumiendo reglas comunes. En el otro extremo, los mayores de 65 años se muestran más reticentes. Entre los seguidores de Reform UK, el 51% pide más cercanía, el doble que el 25% que reclama distancia. Nigel Farage tiene un problema nuevo: su propia base le empuja hacia donde él nunca quiso mirar.
En Liverpool, donde el Partido Laborista celebra su conferencia anual, el primer ministro Andy Burnham escucha ese murmullo con incomodidad. Varios de sus ministros le reclaman ya pasos concretos hacia la UE: desde la unión aduanera hasta el mercado único y, algunos, directamente, la reincorporación. El líder laborista camina sobre una cuerda tensa: contentar a su ala europeísta sin reabrir la herida que el referéndum del Brexit de 2016 dejó cicatrizando.
La paradoja es británica y también europea: el partido que convirtió el Brexit en religión tiene ahora a media militancia pidiendo volver a misa.
El coro no es unánime, pero es ruidoso. El ex primer ministro Tony Blair publicó un informe en el que pide colocar la vuelta a una UE reformada en la agenda de la próxima década. El alcalde de Londres, Sadiq Khan, fue más lejos en un acto celebrado el lunes: calificó el Brexit de ‘desastre’ y de ‘el mayor acto de autolesión económica que un país se ha infligido’, y lanzó una pregunta incómoda para Downing Street: ‘¿Para qué esperar?’.
El laberinto de Burnham: acercarse sin reabrir 2016
El problema de Andy Burnham no es la opinión pública, sino su propio partido. La formación laborista lleva una década evitando pronunciar la palabra maldita y ahora convive con dos velocidades internas: quienes quieren un acuerdo de asociación ambicioso con Bruselas y quienes temen que cualquier paso se lea en el norte de Inglaterra como una traición al resultado del referéndum. El primer ministro ha evitado comprometerse con un calendario y se ha limitado a defender una mejora progresiva del acuerdo de salida, sin fijar plazos ni objetivos verificables.
El terreno técnico, además, es un campo de minas. El Acuerdo de Comercio y Cooperación firmado a finales de 2020 -el tratado que rige hoy la relación entre Londres y Bruselas- incluye revisiones periódicas que obligarán a ambas partes a sentarse de nuevo. Cada cita es una oportunidad para profundizar, pero también para reabrir frentes: cuotas pesqueras, reglas de origen, homologación de productos farmacéuticos y reconocimiento de cualificaciones profesionales. La UE, por ahora, mantiene la puerta entreabierta y la silla vacía.

El Eje del Poder Europeo
En Bruselas nadie se atreve a decirlo en voz alta, pero el regreso táctico del Reino Unido es una carta que interesa a más de un gobierno. Alemania, con su industria automovilística sufriendo los costes burocráticos del divorcio, vería con buenos ojos un acuerdo más profundo. Francia mantiene su pulso histórico con Londres y prefiere hablar de cooperación sectorial antes que de un nuevo marco institucional. Irlanda, el Estado miembro más expuesto al Brexit, es la voz más clara a favor de un acercamiento estructurado. Los frugales del norte, Países Bajos, y Dinamarca a la cabeza, temen que cualquier concesión a Londres abra la puerta a un club de dos velocidades.
Para España, el movimiento británico importa en tres frentes. Primero, el comercial: el Reino Unido sigue siendo uno de los principales destinos de la exportación española y un socio clave fuera de la UE, con el agroalimentario, la automoción y la química especialmente sensibles a los controles aduaneros. Segundo, el turístico: millones de británicos visitan España cada año -la colonia extranjera más numerosa del país-, y cualquier fricción en movilidad o sanidad pesa directamente sobre la temporada. Tercero, el diplomático: la negociación sobre Gibraltar sigue abierta, y un contexto de distensión con Londres facilitaría el encaje del Peñón sin reabrir el debate de la soberanía.
La lectura a cinco o diez años es doble. Por un lado, el sondeo sugiere que la generación que votó el Brexit en 2016 pierde peso demográfico frente a una cohorte más europeísta, lo que empujará a los partidos británicos a revisar sus posiciones. Por otro, la UE tiene sus propios problemas: si Bruselas abre un marco de asociación ambicioso para Londres, tendrá que explicar por qué no lo hace con los candidatos que llevan años esperando en la antesala. La próxima revisión del acuerdo comercial y la evolución del debate laborista marcarán si el giro de opinión se traduce en política real o se queda en la encuesta.

