Crisis política en Francia: disturbios, antisemitismo y deuda descarrilan la campaña presidencial

Los disturbios en los institutos, el expediente antisemita de Jordan Bardella y un diferencial de 150 puntos básicos contra el bono alemán colocan a Lecornu sin margen y a Le Pen sin heredero. Bruselas ya vigila la deuda gala bajo procedimiento de déficit excesivo.

La crisis política en Francia descarrila la campaña presidencial a seis meses de las urnas. Los institutos incendiados, las acusaciones de antisemitismo contra el delfín de Marine Le Pen y una prima de riesgo por encima de los 150 puntos básicos han convertido la semana en una sucesión de frentes abiertos que nadie en el Gobierno controla.

La semana en que París perdió el control del relato

En el Elíseo circula una expresión que resume el ambiente: ‘la maxi merde‘. Un asesor gubernamental la dejó caer estos días a propósito de los altercados ante los institutos de secundaria, pero el diagnóstico se extiende sin esfuerzo al resto del tablero. El primer ministro, Sébastien Lecornu, convocó una reunión de crisis el jueves y recibió el viernes a representantes juveniles. No sirvió para recuperar la iniciativa. ‘Lecornu siempre va por detrás de las crisis’, resume un asesor centrista.

El frente más incómodo para la extrema derecha no está en la calle, sino en un archivo de Facebook. El presidente del Rassemblement National y heredero político de Le Pen, Jordan Bardella, fue acusado el lunes por el medio de investigación Mediapart de enviar mensajes antisemitas por Messenger cuando tenía 17 años. Lo niega y ha anunciado acciones legales. El jueves, Mediapart detalló cómo verificó las capturas descargadas directamente de Meta con ayuda de sus fuentes.

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Lo que inquieta a Le Pen no es el episodio, sino el calendario. Bardella estaba llamado a ser su primer ministro si ella alcanzaba el Elíseo, y su salida de escena arrastraría el argumento central de la campaña: la normalización de un partido que se vende como fuerza de Gobierno. ‘¿Hay que desenchufarlo? Es decisión de Marine’, admite un cargo electo del RN.

La líder de la extrema derecha ha respondido con el manual de siempre. Culpó a ‘agitadores’ de la violencia y acusó a Francia Insumisa de ‘echar una mano’ a los ‘agentes del caos’. En su partido ven en los disturbios una oportunidad para vender seguridad. ‘Tenemos un Gobierno incapaz de mantener el orden público y una izquierda que aviva el fuego’, sostiene el diputado Laurent Jacobelli.

Cuando los dos extremos encabezan las encuestas, el desorden deja de ser un accidente y se convierte en el activo electoral más rentable de la campaña.

Tampoco la izquierda radical sale bien parada. Jean-Luc Mélenchon ha llamado a sus cuadros a sumarse a las protestas convocadas para el próximo martes. El movimiento puede devolverle al centro del escenario o volverse en su contra si la opinión pública lo identifica con los altercados. Una encuesta del instituto Odoxa conocida esta semana refleja esa trampa: los franceses desaprueban la gestión gubernamental de las protestas, pero también la implicación de Francia Insumisa.

El agujero fiscal ya se paga en los mercados y amenaza con salpicar a España

campaña presidencial Francia

El tercer frente no admite relato: es contable. El Gobierno en minoría de Lecornu presentó esta semana un presupuesto para 2027 con 43.000 millones de euros de ahorro, diseñado para tranquilizar a unos mercados que llevan meses mirando de reojo la deuda francesa y un déficit que no cede. Sin mayoría parlamentaria, arrancar esos recortes será una pelea a cara de perro. Con el mandato de Emmanuel Macron en su tramo final, nadie parece dispuesto a pagar el coste político del ajuste.

Los números del mercado son elocuentes. El coste de financiación del Tesoro francés ha alcanzado sus niveles más altos desde 2008. Y el diferencial entre el bono francés a diez años y el alemán —el termómetro de la confianza en la deuda gala frente a la alemana— superó el viernes los 150 puntos básicos. Es el mismo indicador que entre 2010 y 2012 sirvió para medir la agonía del euro.

Para España, el canal de transmisión es doble. Primero, el comercial: Francia es el primer socio comercial de la economía española, como cliente y proveedor, y cualquier enfriamiento del consumo francés se nota en el automóvil, la agroalimentación y el turismo. Segundo, el financiero: cuando los inversores reordenan carteras en la eurozona, no siempre distinguen entre París y Madrid. Un diferencial francés descontrolado encarece la financiación de toda la periferia.

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A eso se suma la exposición empresarial. Banca, energía infraestructuras y distribución españolas tienen filiales y contratos en Francia que dependen de un marco fiscal estable. Y en Bruselas, el socio con el que Moncloa ha construido sus alianzas de la última década —de los fondos de recuperación a la deuda común para defensa— llega a las negociaciones con un Gobierno en minoría y una campaña en ebullición.

El Eje del Poder Europeo

La lectura estratégica es incómoda para todos. Un presidente francés sin capacidad de arbitrar en su propio país deja a Berlín como único motor del eje franco-alemán. Suena bien en teoría y es un problema en la práctica: los frugales del norte —Países Bajos, Austria, Dinamarca, Suecia y Finlandia— llevan años frenando cualquier mutualización de deuda, y sin una Francia con autoridad política el contrapeso del sur se queda huérfano. España e Italia lo saben.

Bruselas se mueve en un equilibrio delicado. La Comisión ya abrió en 2024 un procedimiento de déficit excesivo a Francia, un expediente que obliga a París a presentar un plan fiscal creíble y que ahora se convierte en una prueba política de primer orden: aplicar la disciplina a un socio fundador es mucho más caro que aplicarla a un Estado pequeño. Lo que observamos estos días es una prudencia incómoda. Nadie quiere ser el primero en decir en voz alta que el problema francés ya no es solo francés.

En el flanco este, Varsovia y Budapest observan con interés. Una Francia que se pliega sobre sí misma resta peso al núcleo occidental. El precedente más útil no es el Brexit, sino la crisis griega de 2010 a 2012: la falta de un Gobierno capaz de sostener un ajuste convirtió un problema de deuda en una crisis existencial para la moneda única. La diferencia es de escala. Grecia pesaba en torno al 2% del PIB de la eurozona. Francia, cerca del 20%.

Nadie en Bruselas cree que Francia vaya a salir del euro ni a abandonar la UE. El escenario realista es otro: una potencia fundadora que durante meses o años no puede decidir, no puede pagar y no puede liderar. Los dos candidatos mejor situados, Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon, quieren reordenar por completo la relación de Francia con Europa. El calendario manda: presupuesto en la Asamblea Nacional en las próximas semanas, presidenciales en la primavera de 2027 y, entre medias, todas las decisiones europeas que exigen a Francia algo más que un voto.