Más de 420.000 correos internos de la AfD exponen el giro de Alice Weidel sobre Björn Höcke. La dirigente que en 2017 firmó una moción para expulsarlo hoy lo avala para una cartera del Gobierno federal alemán.
La filtración, difundida esta semana por piratas informáticos e investigada por WELT dentro de la red de reporteros de Axel Springer, suma unos 48.000 documentos a los correos. La AfD confirmó el ataque contra un proveedor de alojamiento a finales de septiembre y lo llamó ‘ataque contra el sistema de partidos y, por tanto, contra la propia democracia’. Los autores dijeron a Die Zeit que buscaban ‘transparencia y rendición de cuentas’, no favorecer a otro partido.
No es una filtración cualquiera. Berlín afronta la cita federal de 2029 con un partido que lleva dos años normalizando su ala más dura.
Los correos de 2015: ‘El razonamiento es racial y es fundamentalmente erróneo’
En octubre de 2015, Weidel era una figura junior de la ejecutiva federal. Escribió a sus colegas para avisar de que la cercanía a Pegida, el movimiento islamófobo de calle, y, al NPD neonazi, espantaba al electorado conservador que el partido necesitaba. ‘En el oeste estamos perdiendo por completo al electorado conservador de centro’, advertía.
El detonante fue un discurso de Höcke, líder de la AfD en Turingia, que oponía un ‘tipo expansionista africano afirmador de la vida’ a un ‘tipo europeo autonegador y de relleno’. Weidel respondió a la ejecutiva: ‘Esto es profundamente problemático, porque el razonamiento es racial. Es fundamentalmente erróneo. Y ahórrenme el consabido no-era-eso-lo-que-quería-decir’.
El correo más incómodo no es el que la retrata dura en 2015: es el que demuestra que sabía exactamente qué estaba mirando cuando decidió mirar hacia otro lado.
En otro mensaje avisó de que términos como Volksgemeinschaft, la comunidad nacional étnica del vocabulario nacionalsocialista, bastaban para meter a la AfD en el informe anual del servicio de protección de la Constitución. ‘Algunos parecen tener prisa por empujar al partido al olvido’, escribió.
Del ‘despierten de una vez’ al ‘sí’ a una cartera federal

En enero de 2017, Höcke llamó al memorial del Holocausto de Berlín ‘monumento de la vergüenza’ y reclamó un ‘giro de 180 grados en la política de la memoria’. Weidel presentó una moción de expulsión que le acusaba de usar ‘vocabulario de Adolf Hitler’ y de respaldar el Führerprinzip, la doctrina nazi del poder absoluto del líder.
La intrahistoria es más incómoda que la dureza. Weidel bloqueó que su propia moción quedara en el acta de la dirección, alegando que más polémica dañaría al partido. Höcke admitió el error y pidió retirar la ofensiva; ella lo saludó como ‘señal positiva’. Semanas después era candidata principal: ‘Somos dos partes de un mismo partido’.
En 2025, el servicio de protección de la Constitución clasificó a la AfD como ‘organización extremista de derechas confirmada’; un tribunal de Colonia suspendió la etiqueta de forma provisional en febrero de 2026. Preguntada por la idoneidad de Höcke para un ministerio federal, Weidel contestó con una palabra: ‘Sí’. Él despachó la vieja moción como ‘noticias viejas’.
El grueso de los mensajes internos apuntan en la misma dirección: una dirigente que en privado diagnosticaba el problema con precisión clínica y en público lo gestionaba como un coste asumible.
La memoria es selectiva. También en la política alemana.
El Eje del Poder Europeo
La lectura que hacemos no es la de un escándalo de moral privada. Es la de un manual del doble discurso que la derecha radical europea lleva años perfeccionando: el ala presentable gestiona la respetabilidad institucional y el ala dura ensancha el suelo electoral. El patrón se repite en Viena, en París y en Madrid.
Para España no es un asunto ajeno. La AfD y Vox comparten grupo en el Parlamento Europeo, Patriots for Europe, y comparten la estrategia de convertir la crítica a Bruselas en eje del relato. Cada normalización en Berlín rebaja el coste reputacional de la misma operación en Madrid. Y a la inversa: cada sondeo que consolida a la AfD se vuelve en Moncloa argumento contra el PP.
El eje franco-alemán llega a este episodio en su momento más frágil en dos décadas. París lo mira desde su experiencia con Marine Le Pen; Roma, desde un Ejecutivo que ya gobierna con la derecha radical; los frugales del norte, con la incomodidad de quien necesita a Berlín para frenar el gasto común. Varsovia y Budapest leen la filtración como una advertencia sobre la concentración de poder interno.
El precedente útil no es el de los años treinta, aunque el vocabulario citado lo invite. Es el de la FPÖ austriaca: la derecha radical entra en el Gobierno cuando el centro-derecha calcula que la alternativa es perder el poder, no cuando la sociedad ha cambiado de opinión. El cortafuegos alemán aguantó dos décadas porque levantarlo tenía coste electoral visible.
A diez años vista, la pregunta no es si Weidel creía lo que escribía en 2015. Casi con certeza lo creía. La pregunta es qué significa que un partido decidiera no expulsar a su figura más radical cuando tenía los papeles y la ocasión en la mano.
El próximo hito será la resolución definitiva del tribunal de Colonia, que condiciona la vigilancia sobre las estructuras del partido y su presentación como fuerza homologable. Mientras se dirime, la AfD seguirá confiando en que el calendario electoral tape sus contradicciones.

