Kremlin y UE chocan por el negociador para Ucrania: Peskov exige pasos reales hacia la paz

Peskov condiciona el avance a gestos concretos y deja entreabierta la puerta a un enviado europeo, aunque sin aclarar qué hará Moscú si el elegido es Stubb. La cita trilateral podría llegar a mediados de noviembre en Abu Dabi.

El Kremlin tacha de ‘no constructiva’ la postura de la UE sobre el negociador para Ucrania y acusa a Bruselas de solo hablar. Dmitri Peskov, portavoz de la Presidencia rusa, respondió así a la información que sitúa al presidente finlandés Alexander Stubb como principal candidato europeo a la mesa de paz.

Por qué Moscú acepta el cargo pero discute el nombre

La formulación de Peskov, difundida por la agencia TASS, tiene dos capas. La primera es un reproche: ‘la UE lleva muchísimo tiempo queriendo nombrar un negociador, pero o no puede o no tiene la determinación de hacerlo’, dijo. La segunda es una puerta entreabierta: ‘si hubiera un negociador, sería bueno. Y si ese negociador fuera alguien genuinamente comprometido con facilitar un arreglo pacífico, sería aún mejor’. El portavoz no aclaró qué haría Moscú si el designado es finalmente Stubb.

El calendario explica la prisa. Tras la reunión celebrada esta semana en San Petersburgo entre Vladímir Putin y el enviado especial estadounidense Steve Witkoff, el Kremlin anunció su disposición a reactivar las conversaciones trilaterales con Washington y Kiev. La siguiente cita podría celebrarse en Abu Dabi a mediados de noviembre, según la versión rusa. Y Putin ya ha fijado la doctrina: Moscú no busca una tregua, sino acuerdos definitivos y de largo plazo que aborden además ‘la arquitectura de seguridad de toda Europa.

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Ahí está el problema para Bruselas. Un formato tripartito deja a la UE fuera de la sala donde se dibuja esa arquitectura. De ahí la lista de nombres que maneja la prensa europea y que The Telegraph situó esta semana sobre la mesa: Stubb, la primera ministra italiana Giorgia Meloni, el presidente checo Petr Pavel, la primera ministra danesa Mette Frederiksen, y el jefe del Gobierno noruego, Jonas Gahr Støre. Todos tienen peso. Ninguno tiene, por ahora, mandato.

El perfil de Stubb es el que mejor encaja en Washington y el que peor suena en Moscú. Finlandia comparte con Rusia una frontera de 1.340 kilómetros y entró en la OTAN en 2023; su presidente es uno de los apoyos más firmes de Kiev dentro de la UE y defendió en agosto, en una entrevista con Bild, que Ucrania es ‘la mejor garantía de seguridad’ del bloque frente a Rusia: ‘Si Ucrania pierde, perdemos’. Su relación con Donald Trump es, a la vez, su mayor activo en Bruselas y su mayor lastre ante el Kremlin.

Stubb encaja en Washington y despierta recelos en Moscú

Kremlin

Peskov no apunta a Stubb, apunta al formato. Moscú acepta de buen grado un enviado europeo siempre que llegue con un mandato acotado y sin capacidad de tocar las sanciones ni el diseño de las garantías de seguridad. Un negociador con peso real complicaría una partida que Rusia quiere bilateral. La UE lo sabe y por eso lleva meses hablando de ‘estar presente’ sin concretar el cómo. La diferencia entre un asiento en la mesa y una silla en el pasillo es, al final, toda la política exterior europea de la última década.

El nombre del negociador importa menos que su mandato: sin competencias sobre sanciones y reconstrucción, Bruselas envía a la mesa un cargo decorativo.

La Comisión Europea lo ha formulado con la prudencia habitual. Su portavoz adjunta, Arianna Podesta, señaló el viernes que ‘hay una expectativa de que habrá una discusión a nivel multilateral con representantes de alto nivel, y la UE estará presente en esas conversaciones’. Traducido: Bruselas quiere estar, pero todavía no ha decidido quién ni con qué papel. Ni siquiera está claro que la elección del negociador de la UE para Ucrania corresponda a la Comisión y no al Consejo, donde cada capital tiene su propia lista.

Equilibrio de Poder

El eje Washington-Moscú-Bruselas se ha reordenado en tres movimientos. Washington negocia por su cuenta, con un enviado personal del presidente y sin pasar por los aliados. Moscú acepta ese canal porque le permite tratar a Europa como parte del problema y no de la solución. Y Bruselas, que durante años se negó a hablar con el Kremlin y apostó por la vía militar, corre ahora a colocarse en la foto. Putin lo resumió a su manera el jueves: los líderes europeos hablan de una ‘amenaza rusa’ y hasta de preparativos de guerra, algo que calificó de ‘esquizofrenia política’. Es propaganda, pero describe una incomodidad real.

Para España, el coste es doble. En lo inmediato, un arreglo cocinado entre Washington y Moscú deja a Madrid fuera de las decisiones que afectan a su flanco este, donde mantiene contingentes desplegados en el marco de la enhanced Forward Presence de la OTAN, con presencia relevante en Letonia y Eslovaquia.

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Y afecta también a su flanco sur, donde la expansión del África Corps ruso en el Sahel avanza sin que la UE haya articulado una respuesta a la altura. En lo económico, una paz sin garantías creíbles no abarata la energía ni desbloquea la reconstrucción: mantiene la prima de riesgo y obliga a revisar el gasto comprometido en La Haya en junio de 2025, el 5% del PIB en 2035, con un 3,5% de gasto militar puro y un 1,5% en infraestructura y resiliencia. España, que apenas roza el 2% del PIB según las estimaciones de la propia OTAN, es uno de los socios con más recorrido por delante.

A cinco o diez años, la lectura depende de un precedente que Bruselas prefiere no recordar. El formato de Normandía, que entre 2014 y 2015 sentó a Francia, Alemania, Rusia y Ucrania sin instituciones comunitarias en la mesa, produjo los acuerdos de Minsk: un texto que nadie cumplió y que Moscú utilizó para ganar tiempo antes de la invasión a gran escala. Repetir ese diseño con un negociador de perfil alto pero sin competencias sobre sanciones, activos inmovilizados o reconstrucción conduciría al mismo sitio. La diferencia, esta vez, es que Washington no actúa como garante del orden europeo, sino como intermediario con intereses propios en el Indo-Pacífico.

Queda un riesgo que conviene nombrar: el nombramiento de Alexander Stubb puede ser un regalo envenenado. Tranquiliza a Kiev y a los halcones del Báltico, irrita a Moscú y expone a la UE a una negociación en la que cualquier bloqueo se atribuirá a su enviado. La próxima cita está fijada, según el Kremlin, en Abu Dabi a mediados de noviembre. Antes de esa fecha, Bruselas tendrá que decidir si manda un nombre con mandato o un nombre con fotografía.