Gabriel Rufián quiere ser president de la Generalitat. Lo dijo sin rodeos, en la presentación de su libro en la Universitat Pompeu Fabra (UPF), cuando la periodista Àngels Barceló le preguntó por su ambición profesional: ‘Me gustaría ser president de la Generalitat después de Junqueras’.
La respuesta tiene truco de calendario. Rufián no compite por el Palau en estos comicios: encabeza la candidatura conjunta de ERC y Podem al Congreso para el 29-N. Es decir, un dirigente que se presenta en Madrid y que, en plena precampaña, coloca su siguiente objetivo en Barcelona. Nadie le pidió que aclarara plazos. Él tampoco lo hizo.
Qué significa exactamente ‘después de Junqueras’
La fórmula es ambigua, y probablemente lo sea a propósito. Puede leerse como una sucesión temporal —primero Oriol Junqueras, después él— o como un escalón dentro de la propia ERC, con la dirección republicana actual como etapa previa inevitable. Rufián no concretó ni calendario ni cargo.
Lo interesante no es la fecha, sino el marco. El candidato sitúa su carrera en clave estrictamente catalana después de meses construyendo un perfil de líder de la izquierda estatal. El gesto ordena su biografía política: primero Madrid, luego Barcelona. Y deja a Junqueras en una posición delicada, porque lo convierte en un umbral que hay que cruzar, no en un rival al que desplazar.
Una campaña para el Congreso con la mirada puesta en el Palau

El acto de la UPF tuvo dos capas. La primera era previsible para cualquiera que haya seguido su trayectoria parlamentaria: Rufián reivindicó la unidad de la izquierda del PSOE, insistió en la crisis de la vivienda como eje del discurso y recuperó su repertorio de origen —’Yo vengo de la mierda’, repitió— ante un auditorio universitario que conocía la frase. El guion se cumplió sin sorpresas hasta la última pregunta.
Un candidato que aspira a Madrid mientras anuncia que quiere gobernar Barcelona no improvisa: está montando la próxima campaña antes de que arranque la actual.
El Front Ampli, Junts y la unidad que se exige a los demás
La segunda capa del acto fue la de la disputa por el espacio. Rufián criticó al Front Ampli y a Junts en el mismo movimiento retórico, y lo hizo desde una posición que conviene subrayar: quien reclama unidad a las fuerzas situadas a la izquierda del PSOE no tiene problema en confrontar con todo lo que queda a su derecha. La asimetría no es un descuido. Es el dibujo de la estrategia.
Le sirve, además, para algo muy concreto: trazar un perímetro nítido —ellos, los del ruido; nosotros, los de la unidad útil— y presentarse como el dirigente capaz de coser una mayoría por la izquierda. La segunda parte de la frase la decide el electorado, y los votos se cuentan el 29-N. De momento, encuestas aparte, lo que hay es relato.
La candidatura conjunta con Podem, presentada este fin de semana, es la traducción práctica de esa lógica. También su mayor riesgo. En una papeleta compartida el candidato deja de ser solo de ERC y pasa a administrar dos culturas políticas, dos militancias, y un único resultado. Si el resultado es bueno, Rufián consolida su posición; si es mediocre, la pregunta sobre el Palau se le vuelve en contra. La dirección de ERC conoce bien ese mecanismo.
El precedente de 2024 que el independentismo no puede ignorar
Hay un espejo incómodo. En las catalanas de mayo de 2024, ERC pasó de 33 a 20 diputados, el PSC ganó con 42 y Salvador Illa se convirtió en presidente de la Generalitat. El partido no perdió por falta de candidato ni por falta de discurso sobre la vivienda: perdió por no haber resuelto qué hacer con el poder que había gestionado. Dos años después, la lección sigue sin traducirse en un relato reconocible para su electorado.
La comparación con el PSC resulta reveladora. Illa separó desde el primer día su papel al frente del Govern de la interlocución con Moncloa y con el resto del Estado; ERC, en cambio, acumula las dos funciones en la misma figura sin reparto de papeles. Esa acumulación tiene ventajas de mando y un coste evidente de credibilidad: cuando un candidato al Congreso dice que quiere ser president de la Generalitat, el elector no sabe si está votando un escaño en Madrid o una candidatura futura en Barcelona.
La fórmula ‘después de Junqueras’ resuelve el problema inmediato y abre uno de fondo. Sobre el papel, ordena la sucesión y evita una guerra abierta por el liderazgo. En la práctica, deja en el aire quién fija el calendario, si la dirección actual o el candidato que acaba de ganar visibilidad con una campaña estatal. Y traslada al electorado una pregunta que ninguna dirección resuelve bien en público: cuándo.
Queda margen para la precisión. La campaña del 29-N arrancará previsiblemente a mediados de noviembre, con Rufián en los platós de Madrid y el Palau de la Generalitat en el retrovisor. Entre medias, el partido deberá decidir si esa ambición se canaliza por un procedimiento interno o si se instala en el terreno de las declaraciones, que es donde mejor se mueve su candidato y donde peor se aterrizan los proyectos. Su ficha biográfica, disponible en su entrada enciclopédica, resume una carrera parlamentaria construida a golpe de titular.
Lo que observamos es un movimiento de doble filo. Rufián gana perfil de futuro candidato sin pasar por un proceso de primarias y sin haber ganado nada todavía; ERC gana un titular que la sitúa en el mapa cuando la conversación pública giraba hacia otros partidos. Pero el precio es alto: la campaña de las generales deja de ser una campaña sobre Madrid. Cosas que pasan en precampaña.

