En los tercios de infantería española del siglo XVII no había tenientes coroneles. No figuran en las ordenanzas, no aparecen en las listas de revista, no constan en los memoriales de méritos que los oficiales enviaban al Consejo de Guerra cuando aspiraban a medrar. El mando de un tercio lo ejercía un maestre de campo; por debajo corrían el sargento mayor, los capitanes de compañía, los alféreces, los sargentos y los cabos de escuadra. A un veterano de Flandes, en 1640, la palabra «teniente coronel» le habría sonado a invención de escribiente.
Y sin embargo, el nombre existe. María Moreno Martínez. Llegó hasta aquí anotado en un repertorio, con un empleo y una centuria pegados al apellido como una etiqueta de maleta. Ese es todo el equipaje documental del que disponemos: tres palabras y un rango que, en la España de los Austrias, no tenía hueco en el escalafón. Lo honesto es empezar por ese desajuste y no por la biografía, porque el desajuste es, de momento, lo único que se puede tocar.
Capítulo I: El empleo que no estaba en el escalafón
La infantería de la Monarquía se contaba por tercios, no por regimientos. Cada tercio reunía diez o doce compañías y, sobre el papel, rondaba los tres mil hombres; en la práctica, las revistas cantaban bastante menos, y no siempre por culpa de la guerra. Los veedores y comisarios de muestras pasaban lista, y el fraude de las plazas vacías, los soldados muertos que seguían cobrando y los oficiales ausentes era un deporte nacional con siglos de antelación.
En esa arquitectura, el segundo jefe no era un teniente coronel: era un sargento mayor, el oficial que llevaba la instrucción, el orden de batalla y la disciplina, y que en campaña podía pesar más que muchos capitanes con más sangre. La palabra «coronel» circulaba, sí, pero pegada a otros ejércitos: la Monarquía alistaba regimientos de alemanes y valones en Flandes, mandados por coroneles que respondían ante el gobernador de los Países Bajos. Para la infantería española se seguía hablando de tercios y de maestres de campo. El teniente coronel como segundo jefe de regimiento se asentó con la reorganización borbónica de comienzos del siglo XVIII, cuando los tercios mudaron en regimientos y el vocabulario castrense cambió de arriba abajo.
Conviene decirlo sin rodeos: un teniente coronel español en 1640 es, casi con toda seguridad, un anacronismo. Casi. Porque el mismo disparate contiene una pista. Si el nombre procede de un documento del XVII, el empleo no. Y si el empleo está bien, la fecha cojea.
Capítulo II: Mujeres en el tren de campaña
Los papeles de la guerra están llenos de mujeres, aunque casi nunca en el escalafón. Seguían a las compañías en el tren de campaña: esposas de soldados, lavanderas, vendedoras de aguardiente y de pan, costureras que remendaban calzas y camisas, manos que cargaban heridos cuando la jornada se torcía. El historiador Geoffrey Parker, que ha reconstruido las cuentas del ejército de Flandes, describe un séquito desproporcionado de mujeres, criados y mercaderes que las ordenanzas intentaron recortar una y otra vez, sin éxito.

Ninguna de ellas juraba bandera ni cobraba sueldo de la Corona. Aparecen en la documentación como apéndice del soldado o como parte del negocio de avituallar a un ejército que se movía despacio y comía mucho. La mujer con patente de oficial es otra cosa, y esa figura es tan rara que, cuando asoma, asoma por la puerta del asombro: la del pleito, la de la información de limpieza de sangre, la de la carta que un virrey escribe a Madrid porque no sabe qué hacer con el caso.
Hubo también mujeres que empuñaron las armas sin disfraz y sin sueldo. En 1589, durante el asalto inglés a A Coruña, María Mayor Fernández de Cámara y Pita —María Pita en la memoria de la ciudad— se hizo con la defensa de una de las puertas cuando la resistencia parecía rota. Los papeles municipales y la tradición coruñesa la recuerdan matando al abanderado enemigo. No fue alférez, ni cobró, ni mandó un tercio: defendió su casa, que es otra manera de hacer la guerra.
En los memoriales de méritos y en las listas de revista, en cambio, el hueco de la mujer que manda sencillamente no existe. Y aun así, existió. La excepción más famosa tiene nombre, apellidos y un empleo que sí estaba en el escalafón.
Capítulo III: El caso que sí está documentado
Catalina de Erauso nació en San Sebastián a finales del siglo XVI y creció en un convento de dominicas, el de San Sebastián el Antiguo, donde su tía era priora. Antes de tomar los votos se escapó, se vistió de hombre y cruzó el Atlántico. Sirvió como soldado en Chile y en el Perú, y llegó a alférez: mandó una bandera, dio órdenes con voz de hombre y sostuvo el papel durante años, con la espada tan a mano como cualquier otro. Su propio relato, la Historia de la Monja Alférez, escrito hacia 1625 y no impreso hasta comienzos del siglo XIX, cuenta una vida de riñas, fugas y tabernas que ella misma se encargó de engordar.

El detalle importa: Erauso fue alférez, no teniente coronel. Y cuando quiso arreglar su situación, no acudió a un Consejo de Guerra, sino al papa. Según el relato que ella misma difundió, Urbano VIII le permitió seguir vistiendo como hombre, y la Corona le asignó una pensión. Murió en Nueva España hacia 1650.
Un caso así demuestra dos cosas a la vez. La primera, que una mujer podía vivir y combatir como soldado en la España del XVII siempre que el disfraz aguantara. La segunda, que el sistema lo toleraba como excepción individual y nunca como categoría: no había escalafón para ella, ni hoja de servicios, ni ascenso, ni sueldo de oficial con nombre de mujer. La historia de Erauso es célebre precisamente porque la regla era otra.
Capítulo IV: Dónde se busca un nombre
¿Y María Moreno Martínez? Aquí empieza el rastreo, y conviene contarlo con sus herramientas y sus muros. El primer lugar donde se busca a un militar español de los Austrias es el Archivo General de Simancas, en la sección de Guerra Antigua: legajos con listas de revista, memoriales, consultas del Consejo de Guerra y relaciones de méritos y servicios. El segundo, el Archivo General de Indias, en Sevilla, donde se guardan las informaciones y licencias de pasajeros, el trámite que todo el que embarcaba hacia América debía cumplir, mujeres incluidas. El tercero, las chancillerías, con sus pleitos y ejecutorias, porque la vida de la gente corriente suele aparecer en los papeles cuando alguien lleva a alguien a juicio.

Buena parte de eso está hoy al alcance de un aficionado con paciencia: el Portal de Archivos Españoles permite buscar por series y por fechas sin salir de casa. Lo que no permite es adivinar.
El problema es el nombre. María fue durante siglos el nombre de bautismo más repetido en Castilla. Moreno y Martínez figuran entre los apellidos más comunes de medio país. Una búsqueda por «María Moreno Martínez» devuelve un ejército de homónimas: viudas que pleitean por una dote, madres que piden licencia para pasar a Indias con sus hijos, mujeres que declaran como testigos en un pleito por lindes. Sin una segunda ancla —un lugar, un año, un tercio, un pleito concreto— el nombre no es una pista: es una aguja en un pajar de agujas.
Y luego está la fecha. Los empleos con «coronel» dentro encajan mejor en el siglo XVIII y en el XIX que en el XVII. En la Guerra de la Independencia, sin ir más lejos, hubo mujeres que mandaron partidas y a las que la memoria popular subió de grado; en el XVIII, una mujer llegó a servir en la infantería de marina con nombre de hombre. Es posible, por tanto, que la etiqueta «teniente coronel» venga de una lectura posterior, de una ficha mal cumplimentada o de una tradición familiar que fue creciendo con los años.
Capítulo V: Lo que el archivo no dice
Los archivos guardan silencios elocuentes. En los repertorios y descripciones de series que he podido recorrer no aparece hoy un expediente de servicio, una patente ni una hoja de filiación a nombre de María Moreno Martínez como teniente coronel del siglo XVII. [PENDIENTE: revisión editorial — no consta expediente de servicio ni filiación documental de María Moreno Martínez como teniente coronel en el siglo XVII] Es un dato negativo, que no es lo mismo que una prueba de que no existiera: significa que la búsqueda no ha encontrado todavía su papel.
La microhistoria enseña a desconfiar de las biografías sin documento. Un nombre en una lista puede ser el arranque de una investigación y también su final. Lo que no se puede hacer —aunque el formato lo pida a gritos— es rellenar el hueco con un asedio imaginario, una condecoración inventada o una arenga que nadie oyó. La tentación es enorme: basta con tomar el molde del XVII, meter dentro a una mujer con espada y servir el plato caliente. Sería mentira, y además sería una mentira aburrida, porque la verdad documentada es más rara y más interesante.
Queda el nombre, una fila en un repertorio y un empleo que no encaja. Es poco. También es el punto exacto donde arranca cualquier investigación: alguien que no se cree del todo la etiqueta y va a buscar el papel que la sostenga o la desmienta. Si algún día aparece, en un legajo de Simancas o en un protocolo notarial, una firma con ese nombre y una unidad a la que juró servir, la historia se escribirá de otra manera y este texto quedará viejo. Hasta entonces, lo que hay es esto: un rastro, y la obligación de decir en voz alta que todavía no lleva a ninguna parte.

