Crisis de gobierno en Bélgica: De Wever dimite tras fracasar el presupuesto con 10.000 millones de agujero

El rey Felipe aplaza su decisión y abre consultas con los líderes de la coalición este martes. Bélgica, con un déficit del 5,2% del PIB, se juega el procedimiento de déficit excesivo y De Wever se niega a gobernar con prórroga.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Bart De Wever ha ofrecido su dimisión al rey Felipe después de que los cinco partidos de su coalición no cerraran el presupuesto de 2027, lastrado por un desfase de 10.000 millones de euros.
  • ¿Quién está detrás? La coalición Arizona (N-VA, MR, Les Engagés, Vooruit y CD&V), dividida entre los socialistas flamencos, que exigen más impuestos a las rentas altas, y los liberales francófonos, que lo rechazan de plano.
  • ¿Qué impacto tiene? Bélgica debe aprobar las cuentas antes del 31 de diciembre y demostrar a Bruselas que corrige un déficit del 5,2% del PIB; Madrid pierde a un socio habitual en el Consejo en plena negociación del dinero europeo posterior a 2028.

La crisis de gobierno en Bélgica ya tiene destinatario: el rey Felipe. Bart De Wever le ha ofrecido este lunes su dimisión como primer ministro después de que la coalición de cinco partidos no cerrara el presupuesto de 2027, lastrado por un desfase de 10.000 millones de euros.

El comunicado del Palacio Real, difundido a primera hora, se limita a constatar que el monarca ‘aplaza su decisión’ y que este martes comenzará las consultas con los líderes de los partidos de la coalición. El texto añade una apelación al ‘sentido de responsabilidad’ de todos los actores y les pide que antepongan ‘el interés general y el espíritu de compromiso’.

De Wever volverá a ver al rey el viernes 6 de noviembre. Entre medias, Bélgica vive una de esas semanas en las que el país funciona por inercia: sin presupuesto para el próximo ejercicio, con un Ejecutivo que aún no ha formalizado su renuncia y con el calendario parlamentario como única brújula.

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Diez mil millones, cinco partidos y una prórroga que De Wever no quiere

La negociación se ha estirado durante semanas y se ha roto de madrugada. Los responsables de la coalición Arizona —N-VA, MR, Les Engagés, Vooruit y CD&V— estuvieron reunidos todo el fin de semana sin resultado. Este martes se considera la fecha límite no escrita: las cuentas tienen que pasar por el Parlamento federal antes del 31 de diciembre y cada día perdido estrecha el margen.

El problema no es solo político, es de credibilidad. Bélgica cerró 2025 con un déficit del 5,2% del PIB, muy por encima del 3% que fija el Pacto de Estabilidad, y la previsión es que empeore este año. El país está sometido al procedimiento de déficit excesivo, el mecanismo por el que Bruselas impone a un Estado miembro una senda de gasto —la llamada regla de gasto, un techo anual al aumento del gasto público neto— y le vigila trimestre a trimestre. La deuda ronda el 105% del PIB, según los datos de Eurostat, y el Tesoro belga coloca cada mes papel en los mercados con esa cifra en el folleto. Todo ello bajo la disciplina de la reforma del Pacto de Estabilidad aprobada en 2024, cuyos reglamentos pueden consultarse en el DOUE.

Con más del 100% de deuda, Bélgica no se juega un presupuesto: se juega la prueba de que la nueva regla fiscal europea es aplicable.

El choque interno es nítido y atraviesa la frontera lingüística. Vooruit, los socialistas flamencos, exige que las rentas más altas contribuyan más vía impuestos. El MR, el partido liberal francófono del viceprimer ministro David Clarinval, lo rechaza de plano y frena cualquier reforma amplia del IVA. ‘Había demasiados impuestos sobre la mesa’, resumió Clarinval al término de la reunión, sin descartar que las conversaciones se retomaran esa misma jornada.

No es la primera vez que Bélgica llega a este punto. En noviembre de 2025, las mismas negociaciones se fueron a la prórroga: entonces De Wever no dimitió, pidió al rey una extensión y el monarca le concedió 50 días más. Aquella vez el cálculo salió. Ahora el primer ministro ha descartado explícitamente arrancar el año con un presupuesto provisional —el sistema de los doceavos provisionales, que permite prorrogar las cuentas del ejercicio anterior— y ha puesto su cargo sobre la mesa.

Qué se juega España cuando Bélgica no cierra sus cuentas

Bart De Wever

A primera vista es un asunto interno. No lo es. Bélgica es una de las capitales que, por tamaño y por volumen de deuda, ha alineado históricamente su posición en el Consejo con el eje del sur —Francia, España, Italia, Portugal y Grecia— en el debate sobre cuánta flexibilidad admiten las reglas fiscales. Un Gobierno belga en funciones, sin capacidad de comprometer cifras y con la mirada puesta en unas elecciones anticipadas, resta un voto y, sobre todo, una voz a ese bloque.

El cálculo que hace Bruselas es otro. Cada crisis presupuestaria nacional se convierte en argumento para los frugales —Países Bajos, Austria, Dinamarca, Suecia y Finlandia— cuando reclaman rigor en la aplicación del Pacto de Estabilidad. La lectura que hacemos en esta redacción es que Bélgica no altera por sí sola el equilibrio de poder comunitario, pero refuerza el relato de que los Estados con deuda alta no cumplen, y ese relato acabará pesando en las cuentas públicas, el empleo, y la credibilidad exterior de cualquier capital que llegue tarde a la cita.

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Para las empresas españolas la exposición es indirecta, pero real. Bélgica alberga el corazón institucional de la UE —más de 30.000 funcionarios y agentes comunitarios trabajan en la burbuja de Bruselas— y es sede de contratos públicos comunitarios, además de mercado de referencia para filiales españolas en servicios, ingeniería y distribución. Un país que funcione meses con presupuestos prorrogados retrasa licitaciones, pagos y decisiones regulatorias. Y España, que negocia con Bruselas su propia senda de gasto y afronta sus Presupuestos de 2027 con una mayoría parlamentaria frágil, asiste a un espejo incómodo.

El Eje del Poder Europeo

El pulso admite tres lecturas. La primera es de geometría interna: París y Berlín observan sin intervenir. Alemania, con su paquete fiscal recién aprobado y una economía que sigue renqueando, no tiene incentivo para dar oxígeno a un Gobierno belga que reclama más impuestos; Francia, con un Ejecutivo sin mayoría clara, tampoco está en condiciones de dar lecciones. Los frugales, en cambio, han encontrado en Bélgica su ejemplo perfecto: un país con más del 100% de deuda, déficit del 5,2% y una coalición rota precisamente por la fiscalidad.

La segunda lectura es el precedente. Bélgica aguantó 541 días sin Gobierno federal entre 2010 y 2011, récord mundial, y el país siguió funcionando. Aquel episodio enseñó dos cosas: que la Administración belga resiste sin dirección política y que la parálisis se paga después, con ajustes más duros. España vivió su propio bloqueo entre 2015 y 2016, diez meses sin un Ejecutivo capaz de aprobar Presupuestos, y salió con un retraso en la consolidación fiscal que todavía aparece en los papeles de Bruselas. La tolerancia actual es menor: el marco fiscal reformado, con sendas de gasto pactadas país a país, no digiere bien los paréntesis.

La tercera lectura es española. En La Moncloa se mira con incomodidad porque el espejo devuelve una imagen conocida: presupuesto que no sale, socios que exigen impuestos a los de arriba y la necesidad de aprobar las cuentas antes de que acabe el año para no arrancar 2027 con prórroga. Lo que observamos es un patrón europeo: coaliciones frágiles que llegan al cierre del ejercicio sin acuerdo y que transforman la negociación presupuestaria en una moción de confianza de facto.

El hito inmediato es el 6 de noviembre, cuando De Wever vuelva a ver al rey. Si las consultas no producen una mayoría alternativa, Bélgica caminará hacia elecciones anticipadas, y los sondeos no son tranquilizadores para el establishment: el Vlaams Belang en Flandes y el PTB en Valonia y Bruselas, los dos extremos, suben. Un país fundador de la UE y sede de sus instituciones entraría en campaña con la Comisión pendiente de actualizar sus previsiones económicas y con la vigilancia fiscal de Bruselas sobre la mesa. Nada de esto rompe Europa. Pero cada crisis así deja una marca en el debate sobre si las reglas fiscales se escriben para cumplirse o para negociarse.