El rearme de munición de la OTAN ya no se decide en los polígonos de tiro, sino en las plantas químicas. El grupo checo Czechoslovak Group (CSG) ha comenzado a reabrir instalaciones de explosivos cerradas desde la Guerra Fría y a reconvertir fábricas civiles en Alemania y Grecia, según la información publicada por Rapporteur a partir de declaraciones del propio conglomerado.
La primera pieza del puzzle está en Lavrio, en el Ática griega. CSG prevé reanudar allí la producción de TNT junto a la estatal Hellenic Defence Systems (EAS) a comienzos de 2027. La instalación llevaba años inactiva. No es un detalle menor: el trinitrotolueno es la carga explosiva de referencia de la artillería convencional y su fabricación en suelo europeo se había convertido en una rareza industrial.
En Alemania el movimiento es distinto, pero complementario. La planta civil de nitrocelulosa de Walsrode, en la Baja Sajonia, se está convirtiendo para uso militar, mientras que la instalación de Gnaschwitz se desarrolla para producir nitroglicerina y explosivos asociados. La nitrocelulosa es el propelente; sin ella no hay disparo, por mucha vaina y mucha espoleta que haya.
El objetivo declarado por el conglomerado centroeuropeo es controlar el suministro de componentes críticos para el proyectil estándar aliado, el 155 mm, y reducir la dependencia de proveedores externos. ‘Una vez completado, esto proporcionará una capacidad de producción significativa en Europa: aproximadamente un tercio del consumo europeo’, ha señalado Jan Hamacek, director de relaciones exteriores de la compañía checa.
El cuello de botella que Bruselas tardó veinte años en ver
La escasez no es una hipótesis de trabajo. El pasado julio, el Wall Street Journal documentó que Europa afrontaba una carencia severa de TNT y nitrocelulosa, los dos insumos indispensables de la munición de artillería. Polonia operaba entonces la única fábrica activa de TNT del continente. El resto de fabricantes europeos seguían atados a materias primas de origen chino.
Europa ya vivió algo parecido. En 1914, el bloqueo aliado del salitre chileno obligó a Alemania a sintetizar nitrógeno por la vía Haber-Bosch para seguir fabricando pólvora. La lección de entonces sigue vigente: la artillería se gana o se pierde en la química, no en el campo de batalla.
Los números de la alianza confirman la urgencia. Los aliados han lanzado al menos 24 proyectos para ampliar la producción de explosivos y desatascar los cuellos de botella de la cadena de suministro. La tensión, además, desborda el ámbito de los obuses: Países Bajos reconoció en julio que había agotado su capacidad de entregar más interceptores Patriot a Ucrania desde sus propias existencias, después de haber cedido ya baterías completas.
Europa no tiene un problema de fábricas de armas, sino de química básica: sin TNT y sin nitrocelulosa, el acero y la electrónica no sirven de nada.
Moscú observa el proceso con un discurso de doble filo. El Kremlin ha advertido de que el rearme europeo eleva el riesgo de confrontación y sostiene que la expansión de infraestructura aliada cerca de sus fronteras provocará medidas adicionales. Vladimir Putin ha calificado de ‘cuentos de terror’ las advertencias sobre una agresión rusa y defiende que no existe motivo geopolítico, económico ni militar para atacar el bloque atlántico. Conviene tratar esa afirmación como lo que es: una posición oficial, no una garantía verificable.
Equilibrio de Poder
El eje Washington-Bruselas-Moscú se mueve aquí en tres tiempos distintos. Washington empuja a los europeos a fabricar más y a comprar más, con la vista puesta en el Indo-Pacífico y la exigencia de que el contribuyente europeo asuma el coste del arsenal convencional. Bruselas ha convertido la munición en política industrial de emergencia, con compras conjuntas y financiación directa a la capacidad productiva. Y Moscú rentabiliza políticamente cada anuncio: cada fábrica que reabre es, en su relato, una prueba de que la OTAN se prepara para algo.
La lectura que hacemos en esta redacción es menos complaciente. Europa sustituye una dependencia por otra: cambia la nitrocelulosa china por un puñado de grupos privados que controlarán componentes sin los cuales ningún obús dispara. Un tercio del consumo continental en manos de una sola empresa es capacidad industrial y también poder de negociación sobre precios, plazos y prioridades de entrega. Quien decide a quién se le sirve primero no necesita un escaño en el Consejo.
Para España el asunto tiene dos lecturas. La industrial, primero: CSG no ha incluido ninguna planta española en su mapa, y la aportación nacional al 155 mm se concentra en el cargamento y ensamblaje final —Rheinmetall Expal en El Gordo, Cáceres—, no en la química de base. Dicho de otro modo, España sigue comprando fuera lo que luego llena en casa. La presupuestaria, después: con el compromiso de La Haya de 2025 de elevar el gasto hacia el 5% del PIB en 2035, el Ministerio de Defensa tendrá que explicar ante el Congreso por qué no hay una apuesta equivalente por la cadena química nacional.
En la frontera sur la lógica es la misma con otro acento. Marruecos mantiene su ritmo de compras militares con proveedores estadounidenses e israelíes, y el Sahel sigue consumiendo recursos de inteligencia y vigilancia que España despliega con cuentagotas. La diferencia entre un ejército que sostiene fuego artillero durante semanas y otro que no se mide en discursos: se mide en toneladas de propelente.
A cinco años vista, el mapa que dibuja CSG tiene una virtud y un riesgo. La virtud es que acorta la cadena: producir TNT en el Ática reduce el tiempo entre pedido y obús entregado, algo que en 2023 lastró todas las entregas a Kiev. El riesgo es de concentración y de coste fijo. Las plantas químicas con licencia ambiental, seguridad industrial y personal especializado no se apagan y se encienden según el ciclo político. Si la demanda se enfría tras un alto el fuego en Ucrania, esas instalaciones tendrán que sostenerse con contratos marco o con dinero público. La reconversión industrial europea de los noventa es un manual de lo que ocurre cuando el Estado se marcha antes que la fábrica.
El primer examen llegará con la puesta en marcha de Lavrio a comienzos de 2027. Si el TNT griego sale a tiempo y a precio competitivo, el modelo se replicará en otros países. Si no, Europa habrá gastado dos años y varios miles de millones en descubrir que la química no admite decretos. El próximo dato relevante será la letra pequeña de los contratos marco que negocie la Agencia Europea de Defensa con CSG y con el resto de fabricantes: ahí se verá si el rearme de munición de la OTAN construye soberanía o solo cambia de proveedor.

