EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? La Comisión Europea ha activado este 1 de noviembre la tasa de manipulación de dos euros por paquete extracomunitario adquirido por comercio electrónico, un gravamen permanente que se cobra en la frontera de los Veintisiete.
- ¿Quién está detrás? El Ejecutivo comunitario, con el comisario de Comercio, Maros Šefčovič, al frente, ante unas aduanas que asumieron casi 6.000 millones de paquetes en 2025 y que no daban abasto con los controles.
- ¿Qué impacto tiene? Shein, Temu y AliExpress encarecen cada pedido y ya reconfiguran su logística hacia almacenes dentro de la UE; en España lo gestiona la Agencia Tributaria y lo sufren los operadores postales y el pequeño comercio que competía contra un régimen más laxo.
La tasa aduanera de dos euros por paquete entra en vigor en toda la UE y Shein, Temu y AliExpress ya la pagan. Bruselas la vende como una medida técnica de financiación; en realidad es la primera factura seria al modelo logístico que ha desbordado las fronteras del mercado único.
El mecanismo es sencillo: todo envío extracomunitario comprado por internet y entregado de forma directa al consumidor final paga dos euros al cruzar la aduana. Da igual el valor declarado del producto. El gravamen nace con vocación de permanencia, a diferencia del recargo de tres euros que grava desde julio los envíos de bajo coste y que sí es temporal. Ambos se acumulan sobre el mismo paquete.
Los números explican la prisa. Según los datos que maneja el Ejecutivo comunitario, en 2025 entraron en la UE unos 5.900 millones de paquetes, de los cuales alrededor de 4.500 millones declaraban un valor inferior a 150 euros. Ese umbral era, hasta este año, la frontera mágica: por debajo de esa cifra el envío quedaba exento de aranceles. Un agujero que las plataformas aprendieron a explotar fragmentando cada pedido en decenas de entregas individuales.
Las inspecciones coordinadas de los últimos meses dejan un dato incómodo: cerca del 60% de los artículos evaluados no cumplían la normativa europea. Productos sin trazabilidad, sin certificado de seguridad, con etiquetado irregular. Sobre el papel la competencia era legal; en la práctica, desigual para quien sí pasa por los controles. Y con ese volumen, buena parte de lo irregular simplemente se colaba.
Si el flujo se mantuviera en los niveles del año pasado, la tasa recaudaría alrededor de 12.000 millones de euros por ejercicio. Bruselas no da esa cifra por hecha: fuentes de la Comisión reconocen que el volumen caerá y que el objetivo real es precisamente que caiga. Entre julio y septiembre, con el recargo de tres euros ya operativo, los envíos declarados se desplomaron de media más del 60%.
Los 12.000 millones de recaudación potencial no son un objetivo presupuestario: son el precio que Bruselas pone a un modelo que creció sin tasas.
El paquete llegó gratis. La factura, no.
Qué se grava, qué sigue exento y por qué el recargo de tres euros no desaparece
Conviene separar los dos cobros porque la confusión es la norma. El de tres euros, vigente desde julio, alcanza solo a los envíos low cost y tiene fecha de caducidad: caerá cuando la Autoridad Europea de Aduanas eche a andar, algo que la Comisión sitúa en 2028. El de dos euros recién activado no distingue precios, no es temporal y su destino es financiar plantillas, escáneres y sistemas de la aduana común.
La exención arancelaria de los 150 euros sigue formalmente en pie. Su desaparición llegará con la reforma de la unión aduanera, prevista para esa misma fecha, cuando todos los paquetes pasen por el procedimiento ordinario y abonen el arancel que les corresponda. Hasta entonces el sistema funciona con parches: tasas planas para costear unos controles que el volumen hacía imposibles. La Dirección General de Fiscalidad y Unión Aduanera lo resume con la lógica de siempre en Bruselas: primero el dinero, después la norma.
El 91% de los paquetes baratos viene de China: quién paga de verdad la tasa

La Comisión insiste en que no hay ninguna compañía en el punto de mira. Los datos dicen otra cosa: el 91% de los envíos de menor valor que llevaron a las aduanas al límite procedía de China, y en ese porcentaje están, presumiblemente, Shein, Temu y AliExpress. Šefčovič lo justificó así: ‘Con la rápida expansión del comercio electrónico, el mundo cambia a un ritmo acelerado, y necesitamos las herramientas adecuadas para mantener el ritmo’.
Las plataformas ya han movido ficha. Varias están reconfigurando su logística para importar grandes volúmenes a almacenes situados dentro de la UE y repartir desde allí al comprador final. El efecto es doble: reduce la capacidad recaudatoria de la tasa —Bruselas lo asume— y alivia la presión sobre unas fronteras que llevaban dos años desbordadas. Del envío individual y barato al stock europeo. Cambia el modelo; el precio final, probablemente también.
En España el aterrizaje es directo. La Agencia Tributaria es la autoridad aduanera en los grandes nodos de entrada del país y es quien debe liquidar el nuevo gravamen sobre cada declaración. Los operadores postales y de paquetería exprés suman otra tarea: cobrar y repercutir el cargo en destino. Y el pequeño comercio, sobre todo textil y electrónica de consumo, mira la medida con la desconfianza de quien lleva años escuchando promesas, porque dos euros por paquete son un paso, pero el diferencial de costes que abrió la exención de los 150 euros seguirá abierto hasta 2028.
El Eje del Poder Europeo
La geometría política de esta medida no es la habitual. Alemania y Países Bajos, dueños de los dos grandes puertos de entrada del continente, llevaban años advirtiendo de que sus aduanas no podían inspeccionar lo que no alcanzaban a gestionar. Francia la respalda por protección al consumidor. Y los frugales del norte, que desconfían por reflejo de cualquier nueva capacidad fiscal europea, aceptan aquí la paradoja: este gravamen no nace de un impulso regulador, nace de una necesidad operativa que ellos mismos vienen sufriendo en primera línea.
Para España el movimiento tiene dos caras. La primera es de alivio: Bruselas ha convertido en norma europea lo que el comercio español reclamaba a título individual, sin que ningún Estado tuviera herramientas para imponerlo por su cuenta. La segunda es de cautela. Lo recaudado no engorda el presupuesto nacional, sino el control fronterizo común, y el diferencial con las plataformas no se cierra hasta que la unión aduanera se reforme. Quien compita con un producto chino de bajo valor seguirá compitiendo con ventaja ajena. El precedente está en el IVA: en julio de 2021 la UE cerró la exención de 22 euros para los envíos pequeños y el comercio respiró; cinco años después, el fraude por paquete no había desaparecido, solo se había encarecido.
Lo que observamos es que Bruselas ha tardado casi una década en pasar de la advertencia a la tasa. La unión aduanera europea nació sin autoridad propia, sin sistema central y sin capacidad de mirar dentro de una caja que cruza medio mundo por menos de lo que cuesta un café. Esa anomalía es la que ahora se intenta corregir con dos euros y un calendario que, sobre el papel, termina en 2028.
Cabe una duda razonable sobre ese calendario. La Autoridad Europea de Aduanas sigue siendo un proyecto administrativo, y su entrada en funcionamiento ya se ha deslizado más de una vez en los papeles de la Comisión. Si vuelve a retrasarse, el andamiaje de tasas planas dejará de ser transitorio y se quedará como solución definitiva, y el consumidor europeo pagará dos veces: en el precio del producto y en el coste de vigilarlo. El próximo dato relevante será el volumen de paquetes declarados en el cuarto trimestre, que Eurostat publicará a lo largo de 2027. Ahí se verá si las plataformas han cambiado de modelo o solo de ruta.
