La ampliación de la Unión Europea coge ritmo: Montenegro apunta a 2028, Armenia se lo plantea y Georgia queda bloqueada

Montenegro aspira a entrar en 2028 y Armenia estudia solicitar la adhesión un año después, mientras Bruselas diseña un periodo de prueba de quince años para los nuevos socios. Georgia queda bloqueada por sus leyes de injerencia extranjera.

La ampliación de la Unión Europea ha dejado de ser un horizonte retórico. Montenegro se ha fijado 2028 como fecha de entrada, Armenia ve ‘realista’ presentar su solicitud formal en 2027 o 2028 y Georgia sigue fuera del tablero.

La cumbre de ampliación organizada por Euronews en Bruselas ha mostrado el mayor impulso al proceso en una década, pero también ha dejado a la vista los obstáculos que pueden descarrilarlo. El presidente del Consejo Europeo, António Costa, lo resumió así: ‘La ambición de ingresar en la Unión Europea debe contribuir a superar agravios históricos, rechazando la retórica nacionalista’. Sobre el papel, la ampliación se juega en expedientes técnicos; en la práctica, se dirime en la política interior de cada capital.

Montenegro pone fecha y Bruselas responde con un periodo de prueba de quince años

Podgorica quiere ser el Estado miembro número 28 en 2028. Su ministra de Asuntos Europeos, Maida Gorčević, avisó de que el país no aceptará una pertenencia de segunda: ‘No queremos una condición de miembro de segunda dentro de la Unión Europea, porque eso no sería justo y tampoco sería una pertenencia plena’. El detonante es la salvaguardia que la Comisión propuso el mes pasado: un periodo de prueba de quince años que, en los casos más graves, podría llegar a suspender el derecho de voto del recién llegado.

Publicidad

El marco no es nuevo. El artículo 49 del Tratado de la Unión Europea exige unanimidad en el Consejo y ratificación posterior por los parlamentos nacionales, y el proceso se ordena por capítulos, los bloques temáticos que se abren y se cierran uno a uno. Lo que cambia es el clima: por primera vez desde 2013, año de la entrada de Croacia, Bruselas habla de fechas sin bajar la voz. La salvaguardia de quince años reabre además un debate viejo, el de los periodos transitorios que ya acompañaron a las ampliaciones de 2004 y 2007.

Albania, el segundo candidato más avanzado, es también el segundo más rápido. Edi Rama reiteró su compromiso de cerrar las negociaciones antes de finales de 2027 y reclamó un ‘momento Helmut Kohl’ para la Unión. Macedonia del Norte sigue bloqueada por Bulgaria, que exige cambios constitucionales para reconocer a la minoría búlgara; su presidenta, Gordana Siljanovska-Davkova, sostiene que la aspiración de Skopie está ‘secuestrada’. Rama advirtió además de que la nueva dirección de Serbia difícilmente suavizará el rechazo de Belgrado a reconocer Kosovo.

Ucrania llega con otro pulso. Su primer ministro, Sergii Koretskyi, rechazó la propuesta de excluir el trigo y los cereales del mercado comunitario incluso después de la adhesión, una medida que la Comisión planteó el mes pasado por la presión de varios Estados miembros. ‘No pueden convertirse en una restricción permanente’, dijo. Kiev quiere empezar a cerrar capítulos en el primer semestre de 2027 y niega que esté pidiendo atajos.

La ampliación ya no se mide en discursos: se mide en capítulos cerrados, y cada capítulo cerrado deja un perdedor dentro de la propia Unión.

Ereván acelera y Tiflis se atrinchera: el Cáucaso se parte en dos

Georgia está bloqueada desde 2024 por sus leyes sobre influencia extranjera y valores familiares. Su primer ministro, Irakli Kobakhidze, insistió en que sigue ‘muy comprometido’ con entrar en la UE, pero no presentó ningún plan para reactivar las negociaciones, descartó derogar las normas y acusó a la Comisión de aplicar dobles raseros y de ‘chantaje’ político. ‘El Parlamento de Georgia aprobó la legislación con dignidad’, defendió, comparando la exigencia europea con métodos soviéticos. Su apuesta es que Bruselas cambie antes que Tiflis.

Armenia camina en la dirección contraria. Nikol Pashinyan calificó de ‘realista’ presentar la solicitud formal en 2027 o 2028 y situó la UE como la vía para proteger la democracia armenia desde la revolución de 2018. Asume la disyuntiva con Moscú: entrar en la Unión Europea implica salir de la Unión Económica Euroasiática, y esa elección, dijo, corresponderá al pueblo armenio.

Moldavia se ha convertido en la estrella emergente del proceso, tanto que Chisináu podría cerrar capítulos antes de que se hayan abierto todos los bloques. Su primer ministro, Vasile Tofan, no acudió en persona: supervisaba la respuesta a un ciberataque que comprometió los datos de 750.000 personas y que su Gobierno atribuye a un actor estatal. Tofan esquivó el marco de ‘carrera’ con Ucrania: ‘Cuanto más rápido avancemos, mejor para Ucrania’. Sobre la OTAN fue claro: su Ejecutivo la apoyaría, pero no hay mayoría parlamentaria para reformar una Constitución que consagra la neutralidad.

Publicidad

El Eje del Poder Europeo

El primer ministro croata, Andrej Plenković, puso sobre la mesa el factor que nadie controla: las elecciones presidenciales francesas de 2027, con candidatos euroescépticos al frente de las encuestas. ‘Los acontecimientos políticos pueden afectar a la ampliación de forma más sustancial de lo que nadie puede imaginar hoy’, avisó, y cuestionó que fijar fechas límite sea ‘muy inteligente’. Su advertencia tiene lógica histórica: la ampliación exige unanimidad, y un solo gobierno con problemas internos puede congelar un expediente durante años. El eje franco-alemán, motor tradicional del proceso, llega a esta ronda sin la sintonía de 2004; Berlín mantiene la exigencia de que la reforma interna preceda a la entrada de socios nuevos, y el grupo frugal —Países Bajos, Dinamarca, Austria, Suecia, Finlandia— usa el mismo argumento para frenar cualquier calendario.

España se sienta en esa mesa con intereses cruzados. Madrid respaldó la candidatura ucraniana desde el primer día y ha hecho de la ampliación un asunto propio, pero cada socio nuevo diluye dos cosas que importan: el peso de España en las mayorías cualificadas del Consejo y su parte en el reparto de la PAC y de los fondos de cohesión, donde sigue siendo beneficiaria neta. Con un club de 30 o 33 miembros, y una renta media a la baja, la factura española cambiaría de signo. En paralelo, el campo mira de reojo la propuesta de excluir trigo y cereales del mercado comunitario tras la adhesión ucraniana: el sector cerealista español compite de tú a tú con el ucraniano y no quiere que la protección sea temporal.

La lectura a cinco o diez años es incómoda. La ampliación se vende como estabilidad y como seguridad —frontera oriental, Balcanes, Cáucaso—, pero reabre la pregunta que Bruselas lleva una década esquivando: si la Unión puede seguir decidiendo por unanimidad en política exterior o si el nuevo perímetro obliga a reformar el voto antes de 2030. El precedente de 2004, con diez entradas simultáneas, funcionó porque había un presupuesto en expansión y un consenso político hoy inexistente. Sin ese consenso, la salvaguardia de quince años es menos una garantía que un aviso.

El calendario que nadie firma

Montenegro es hoy el único candidato con una fecha creíble a corto plazo, y su entrada arrastraría al resto en cadena o los dejaría atrás para siempre. La próxima cita es la cumbre del Consejo Europeo de diciembre, seguida del paquete anual de ampliación que la Comisión publicará previsiblemente en 2027. En medio quedan dos exámenes: la disputa fronteriza entre Podgorica y Zagreb, que podría resolverse después de la adhesión, y la resistencia de Tiflis a tocar sus leyes. Hasta que no se cierren los últimos capítulos, todo lo demás es calendario de intenciones.