EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? El Mando Europeo de Estados Unidos (EUCOM) ha lanzado la campaña See Something, Do Something para que militares, familiares y empleados civiles de las bases en Europa extremen la vigilancia y reduzcan su huella digital.
- ¿Quién está detrás? La orden la firma el general Alexus Grynkewich, comandante de EUCOM, en plena oleada de incursiones con drones, sabotajes a infraestructuras y bloqueo de señal GPS que Washington atribuye a Rusia.
- ¿Qué impacto tiene? El despliegue estadounidense en España —Rota y Morón— entra en el mismo paraguas de fuerza de protección que Ramstein o Aviano: más controles internos, más opacidad sobre movimientos y más presión sobre el personal y sus familias.
El Mando Europeo de Estados Unidos (EUCOM) ha activado la campaña See Something, Do Something contra la amenaza híbrida de la OTAN en Europa. No hay un ataque que la justifique, ni un ultimátum, ni una fecha señalada en rojo. La orden llega a militares, a sus familias y a los empleados civiles con una consigna doble: mirar el entorno y desaparecer del mapa digital.
Qué ha pedido EUCOM a sus tropas y por qué lo pide ahora
La directiva, difundida esta semana por el propio mando, pide denunciar comportamientos sospechosos dentro y fuera de las instalaciones y avisar a la policía militar o a las autoridades locales de cualquier ‘objeto desatendido’ en lugares concurridos, como estaciones de tren y aeropuertos. También recomienda revisar la configuración de privacidad en redes sociales, desactivar el geotagging de las aplicaciones de ejercicio y del teléfono móvil y no publicar ubicaciones ni itinerarios de viaje. A eso se suma una medida barata y muy eficaz: variar las rutas de casa al trabajo, los horarios y las actividades fuera de la base para reducir la predictibilidad.
El general Alexus Grynkewich, comandante de EUCOM, resume el marco: ‘Nuestro personal y sus familias son nuestro activo más precioso, y su seguridad es nuestra máxima prioridad’. ‘Al adoptar una mentalidad de seguridad proactiva y reforzar la vigilancia colectiva, construimos un entorno de protección de la fuerza más sólido que nos mantiene seguros y preparados’, añade. La traducción operativa es menos épica: la fuerza de protección deja de ser competencia exclusiva de los cuerpos de seguridad y pasa a ser responsabilidad individual del soldado, de su pareja y del contratista que trabaja en el comedor. Una campaña sin nuevas capacidades de defensa aérea, pero con impacto inmediato en la superficie de exposición de cada instalación.
EUCOM no ha identificado una amenaza concreta que explique el giro, según consta en el anuncio. El lenguaje, sin embargo, delata el diagnóstico: guerra híbrida, es decir, actividad hostil por debajo del umbral del conflicto y a menudo sin autor claro, atribuida a Rusia y dirigida contra fuerzas estadounidenses y aliados de la OTAN. Desde la invasión de Ucrania en 2022, esa actividad ha ganado agresividad. Sabotajes en gasoductos y cables submarinos, interferencias y suplantación de señal GPS más frecuentes y un goteo de incursiones con drones sobre bases aéreas y aeropuertos sensibles. El marco conceptual lo recoge cualquier manual de guerra híbrida; lo nuevo es que el Pentágono lo traslade a los hábitos diarios de una familia con destino en Europa.
De Leipzig a Fairford: el otoño que ha roto la calma en las bases

El incidente que más se cita en los círculos de defensa ocurrió en septiembre, cuando Alemania acusó a Rusia de organizar un ataque fallido con drones cargados de explosivos contra el aeropuerto de Leipzig/Halle, un nudo logístico esencial para el suministro occidental a Ucrania. No era una aeronave recreativa perdida: era una plataforma con carga letal, sobre una infraestructura civil, con una ruta de suministro militar detrás. La diferencia entre una travesura y un ensayo operativo se mide en gramos de explosivo y en la elección del objetivo.
A finales de ese mismo mes, un aviso sobre vehículos sospechosos en las inmediaciones de la base aérea de RAF Fairford, en Reino Unido, terminó con la detención de varios hombres por un presunto complot terrorista en el que, según funcionarios británicos, Irán podría haber estado implicado. Washington retiró los bombarderos B-1 estacionados en la instalación. Dos amenazas distintas —la sabotaje ruso en la penumbra y el terrorismo con Teherán de fondo— y un mismo mando recibiendo señales simultáneas en el mismo trimestre.
Cuando el enemigo no necesita declararse, la primera línea ya no es la valla de la base: es el móvil del sargento.
En octubre, el hallazgo de un dron con un bote de explosivos cerca de otra base aérea alemana llevó al Ejército germano a elevar a ‘sustancial’ —su segundo nivel más alto— la evaluación de amenaza de sabotaje ruso. La advertencia incluía un matiz que importa: la amenaza ya no se circunscribe a las instalaciones donde se entrena a militares ucranianos ni a las grandes bases. En Alemania hay más de 30.000 militares estadounidenses desplegados. Cada uno de ellos, y cada familiar, es ahora un sensor más del dispositivo.
Equilibrio de Poder
Lo que observamos es un desplazamiento silencioso del coste de la vigilancia hacia el eslabón más barato de la cadena: el individuo. Washington no envía baterías adicionales de Patriot ni refuerza los escuadrones de policía militar; emite una campaña de concienciación y deja que sean las propias comunidades militares las que reduzcan su huella. Es una decisión coherente con la doctrina de el Departamento de Defensa bajo la administración Trump, donde cada euro o dólar de defensa se mide por su rendimiento inmediato y donde la prioridad estratégica se ha desplazado hacia el Indo-Pacífico. Europa recibe doctrina y disciplina; no, de momento, capacidades.
Moscú, mientras tanto, no necesita reivindicar nada. La ambigüedad es su doctrina, y cada campaña occidental de autoprotección es también un reconocimiento implícito de que el adversario ha elegido el terreno. Bruselas lleva meses hablando de la ‘caja de herramientas híbrida’ —sanciones, atribución pública, ciberdefensa—, pero la OTAN sigue sin un mecanismo claro para responder a un dron que aparece y se va sin dejar firma. Esa asimetría es el verdadero campo de batalla: quien tiene que negar el incidente siempre llega tarde.
España no es observadora pasiva. Rota concentra cuatro destructores AEGIS del escudo antimisiles aliado y Morón alberga un destacamento de Marines con capacidad de reacción en África. Un dron mal identificado sobre la bahía de Cádiz o un apagón de GPS en el estrecho de Gibraltar no serían un problema estadounidense: serían un problema de la Armada, de Aena y de la Guardia Civil. A eso se suma el flanco sur, donde el vacío de seguridad que se instala en en el Sahel multiplica los operadores de drones de bajo coste sin cadena de mando verificable. La campaña de EUCOM nos afecta porque las bases de España comparten atmósfera electromagnética, rutas logísticas y personal local con el resto del dispositivo aliado.
El precedente que mejor encaja es el sabotaje del Nord Stream en septiembre de 2022: una acción de enorme impacto estratégico, ejecutada por debajo del umbral armado, sin autoría formalmente establecida y sin respuesta militar. Cuatro años después, la lección que han extraído las cancillerías es incómoda. La atribución llega cuando ya no sirve para disuadir. Por eso el mensaje de Grynkewich se dirige a la prevención y no a la represalia. Eso sí, conviene decirlo con claridad: pedir a un sargento que apague el geotagging de su aplicación de running no frena a un Estado que opera drones de reconocimiento con respaldo industrial.
Hay un punto débil evidente en esta campaña, y es la mezcla de categorías. Bajo la etiqueta de ‘comportamiento sospechoso’ caben el espionaje ruso, el crimen organizado, el terrorismo de inspiración yihadista y el simple vecino curioso. Cuando todo es amenaza, la alerta se degrada. La fatiga de vigilancia es un riesgo real en comunidades militares que ya viven con rotaciones constantes, y una campaña que no distingue puede terminar generando el efecto contrario al que busca.
El termómetro inmediato será doble: el nivel de amenaza de sabotaje que mantenga la Bundeswehr tras el invierno y la próxima reunión de ministros de Defensa de la OTAN, prevista en principio para febrero. Si en esa cita no aparecen capacidades concretas de contramedida —detectores pasivos, protocolos conjuntos de interceptación de drones, atribución exprés—, la campaña See Something, Do Something quedará como lo que hoy parece: una medida sensata de higiene operativa con la que Europa tapa, un otoño más, la ausencia de una respuesta aliada a la altura del desafío.

