EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? La inteligencia militar ucraniana (GUR) asegura que Rusia ya emplea su red de satélites Rassvet sobre territorio de Ucrania para comunicaciones militares y para corregir en vuelo la trayectoria de sus drones de ataque.
- ¿Quién está detrás? El proyecto estatal ruso coordinado por Bureau 1440, con al menos 32 satélites lanzados en dos tandas, en marzo y julio de 2026.
- ¿Qué impacto tiene? Reduce la dependencia rusa del Starlink de mercado gris, complica la guerra electrónica ucraniana y erosiona una de las ventajas tácticas que Kiev conservaba desde 2022.
Los satélites Rassvet de Rusia, su alternativa a Starlink, ya operan sobre Ucrania para dirigir drones de ataque, según la inteligencia militar ucraniana.
El Directorio Principal de Inteligencia del Ministerio de Defensa ucraniano (GUR) sitúa en 32 satélites los puestos en órbita por Moscú en lo que va de 2026, repartidos en dos tandas: una en marzo y otra en julio. El portavoz del organismo, Andrii Yusov, lo confirmó por escrito: ‘Rusia está utilizando el sistema de satélites Rassvet sobre el territorio de Ucrania con fines militares’. El Kremlin había admitido semanas antes que su país había lanzado más de treinta. El Ministerio de Defensa ruso no respondió a las preguntas de Reuters.
La comparación explica el tamaño del problema. Starlink, la constelación de SpaceX, supera los 10.000 satélites; su versión militar, Starshield, opera en Ucrania pero no en Rusia. Rassvet es, por ahora, poco más del 0,3% de esa red. El GUR sostiene que Moscú tiene previstos nuevos lanzamientos antes de que termine 2026 para ampliar la cobertura geográfica y acercarse a un sistema completo de comunicaciones en órbita baja. En los últimos días, el Consejo Científico y de Expertos ruso alertó de los riesgos que atribuye a Starlink y urgió a acelerar el despliegue propio.
Qué puede hacer Rassvet que no hacía el Starlink de mercado gris
Hasta este año, las unidades rusas en Ucrania dependían de terminales Starlink comprados en el mercado gris, que Kiev logró que SpaceX desactivara. Rassvet cambia la naturaleza del enlace. Según el GUR, la red permite intercambio bidireccional de datos con las aeronaves no tripuladas: los drones de reconocimiento transmiten información en tiempo real y los operadores pueden corregir la ruta de un aparato de ataque en pleno vuelo. Eso rompe el esquema anterior, en el que el dron seguía una trayectoria prefijada hasta el objetivo.
Yusov añade la segunda derivada: ‘A más largo plazo, esto puede aumentar la eficacia de los UAV de ataque y reconocimiento y dificultar su interceptación por sistemas de guerra electrónica e inteligencia electrónica’. Mykola Zientsev, analista de seguridad en Kiev, lo cuantifica en un informe reciente: Rusia dispondría ya de dos ventanas diarias de comunicación por satélite de más de una hora cada una. ‘Es suficiente para tener consecuencias operativas’, escribe.
El contexto importa. Las ganancias territoriales rusas en el frente están prácticamente congeladas este año, pero Moscú ha redoblado los ataques contra la infraestructura eléctrica y las ciudades ucranianas con una nueva generación de drones de propulsión a reacción, más difíciles de interceptar que los Shahed-136 de hélice. Un enlace satelital que permita recalcular la ruta en vuelo multiplica la letalidad de esos aparatos y estrecha el margen de la defensa antiaérea.
Una constelación incompleta, intermitente y de fabricación apresurada basta para cambiar el cálculo táctico de un frente entero.
Por qué la ventaja ucraniana en Starlink ya no es intocable
El pulso no es solo técnico. El mes pasado, los mandos ucranianos detectaron limitaciones de velocidad impuestas al Starshield que dificultaron la intercepción de drones rusos y obligaron a cancelar operaciones de ataque. No hubo explicación oficial. Las restricciones llegaron en un momento de tensión con la administración de Donald Trump por los ataques ucranianos a refinerías rusas, y ya han sido levantadas. El episodio deja una lección incómoda para Kiev: su ventaja en el cielo depende de un interruptor que no controla.
Cosas de la órbita baja.
Mientras, Moscú institucionaliza el programa. El presidente Volodímir Zelenski firmó la semana pasada sanciones contra 10 empresas implicadas en el desarrollo de Rassvet, entre ellas Bureau 1440, coordinadora del proyecto estatal. La compañía ha declarado su intención de construir una constelación de más de 900 satélites en 2035. El GUR ha publicado una lista de 49 empresas rusas y bielorrusas vinculadas al programa. El encargado de negocios ucraniano en Washington, Denys Sienik, ha pedido al Tesoro estadounidense que sancione también a esas firmas y ha advertido de que Moscú está levantando su Starlink con componentes chinos. El Tesoro no ha comentado.
Kiev no se ha limitado a la denuncia. En agosto lanzó un ataque con misiles de largo alcance contra el centro espacial Progress, en la región rusa de Samara, donde se fabrican los cohetes que ponen en órbita los Rassvet. El general de división Vadym Skibitskyi, número dos del GUR, advirtió ese mismo mes de que el despliegue avanza más rápido de lo previsto y de que Ucrania ya estudia contramedidas.
Equilibrio de Poder
En el eje Washington-Moscú-Bruselas, lo relevante no es tanto el número de satélites como la doctrina que revelan. Moscú ha entendido que una constelación de órbita baja, aunque sea incompleta, le permite desacoplar sus operaciones de la infraestructura civil occidental. Washington, en cambio, sigue tratando el acceso a Starshield como una palanca política: se cerró y se abrió, en función de la coyuntura diplomática con Kiev. Esa discrecionalidad es, para el Kremlin, el mejor argumento para acelerar Rassvet. Bruselas lo intuye. El programa europeo IRIS², la constelación segura con la que la UE quiere dejar de depender de terceros, apunta exactamente a este agujero, pero no ofrecerá servicios plenos hasta bien entrada la década.
Para España, el aviso tiene dos capas. La primera es técnica: el grueso de las comunicaciones militares españolas se apoya en el programa Spainsat NG de Hisdesat y, subsidiariamente, en enlaces aliados donde el componente estadounidense es determinante. Rota y Morón no son solo bases de proyección; son nodos de una red de mando y control que, en un escenario de interferencia, se juega parte de su fiabilidad en quién controla la constelación de turno. La segunda capa es presupuestaria: cada salto de este tipo reabre el debate del gasto en defensa y de la industrialización del sector. Y luego está la frontera sur. La proliferación de constelaciones privadas de órbita baja ya no es asunto exclusivo de estados; en el Sahel y el Magreb hay actores no estatales con capacidad de alquilar servicios que hace una década eran patrimonio de tres potencias.
El precedente más útil no es lejano. En 2023, la negativa de SpaceX a habilitar cobertura sobre Crimea en una operación ucraniana contra la flota rusa demostró que un operador privado podía reescribir el alcance de una ofensiva sin disparar un solo misil. Rassvet es la respuesta autoritaria a esa lección: si no controlas el interruptor, constrúyelo. En 1999, sobre Kosovo, la superioridad aérea de la OTAN se apoyó en GPS y comunicaciones satelitales que Moscú no podía tocar; veintisiete años después, la brecha se estrecha por abajo, con constelaciones pequeñas y baratas. El riesgo inmediato no es que Rusia iguale a Starlink, sino que le baste con no necesitarlo.
Los próximos movimientos tienen fecha. El GUR espera nuevos lanzamientos Rassvet antes del 31 de diciembre de 2026; el Tesoro estadounidense guarda silencio sobre las sanciones que reclama Kiev; y Bruselas sigue negociando el reparto industrial de IRIS². Quien mire solo el contador de satélites rusos se perderá lo importante: la guerra de Ucrania ha dejado de librarse únicamente en el suelo, y la próxima ventaja decisiva puede decidirse a unos cientos de kilómetros de altura.

