La crisis migratoria en Ceuta entra en una fase distinta: la Policía Nacional ejecuta ya las primeras expulsiones a Marruecos desde el campamento levantado en la ampliación del puerto.
Qué exige Vox y con qué argumentos
La primera exigencia de Vox es de naturaleza política: que la llegada masiva de inmigrantes irregulares se trate como una emergencia de Estado y no como una contingencia administrativa que se resuelve con plazas de acogida. El partido sostiene que el sistema lleva meses desbordado y que Ceuta es la prueba visible: la ciudad autónoma roza los 4.000 menores extranjeros no acompañados atendidos, con una sobrecarga del 12.600% en la red de recepción. Con esos números, la dirección nacional considera imposible sostener un discurso de normalidad.
Sobre esa base, el GPVOX ordena su posición en tres frentes. El primero es el cumplimiento estricto de la normativa de extranjería: si los plazos para pedir asilo se han agotado y las solicitudes han sido rechazadas, la salida debe ejecutarse sin dilación. El segundo es el cierre de los dispositivos que, a su juicio, funcionan como efecto llamada. El tercero es un plan específico para los menores no acompañados, cuya tutela recae en las comunidades autónomas y que el partido sitúa fuera de todo control.
El campamento del puerto, además, no fue una sorpresa. Ocupa una zona cuya urbanización estaba prevista para los próximos meses y el Consejo de Administración de la Autoridad Portuaria de Ceuta votó en contra de ceder el espacio; pese a ese pronunciamiento, el Ministerio de Transportes ordenó utilizarlo. Para Vox, ese detalle resume el método: una decisión administrativa tomada en Madrid convirtió un terreno portuario en alojamiento de emergencia sin capacidad posterior de control.
La operación de este domingo se ejecuta con un despliegue policial que ha acordonado la zona y aprovecha la jornada no lectiva, porque el campamento es colindante con un centro escolar. Los inmigrantes, llegados los pasados 30 y 31 de julio, pasan al Centro de Atención Temporal de Extranjeros (CATE) de El Tarajal para su filiación y posterior expulsión a Marruecos. No está confirmado que el desmontaje sea total: dependerá de las plazas disponibles en otros puntos de acogida habilitados en la ciudad, según las fuentes policiales que informan del dispositivo.
En paralelo, El Hierro ha declarado la emergencia migratoria tras recibir a 8.000 personas en cinco semanas. Vox lee ambos episodios como las dos caras de una misma política: Canarias, Ceuta y Melilla dejan de ser excepciones territoriales y pasan a formar parte de una ruta continua que ninguna norma está conteniendo, según el argumentario que la formación repite en el Congreso y en el Parlamento Europeo a través de su delegación en Patriotas por Europa.
Si el Ejecutivo ejecuta ahora las expulsiones que reclamaba la oposición, admite de paso que la solución existía antes de que el campamento fuera una fotografía insostenible.
Qué recorrido tiene la exigencia y dónde se coloca el PP
El primer límite es técnico. Una expulsión a Marruecos exige identificación previa, comprobación del expediente y, en la práctica, la conformidad del país de destino; sin esa cadena cerrada, el dispositivo se queda en un traslado al CATE. Hasta el momento no hay cifra oficial de personas afectadas ni calendario completo de la operación, y la información disponible depende de lo que trasladan los equipos desplegados sobre el terreno.
El segundo límite es político. El PP afronta el asunto con dos voces: la dirección nacional, instalada desde hace meses en el marco del control de fronteras, y el Gobierno de la Ciudad Autónoma, en manos populares, que ha venido reclamando más medios al Ministerio del Interior. Para Vox, esa dualidad deja a los populares sin margen para exigir responsabilidades y pedir recursos al mismo tiempo.

La lectura estratégica: por qué el relato migratorio sigue ordenando el tablero
El precedente más útil para leer lo que ocurre en Ceuta no es de este domingo. En julio de 2024, Vox rompió los gobiernos de coalición que mantenía con el PP en varias comunidades autónomas por el reparto de menores no acompañados. Entonces el partido sostuvo que la distribución territorial convertía el problema de todos en un problema de nadie. La secuencia actual, con el campamento desmantelado a posteriori y la emergencia declarada cuando la cifra ya es insostenible, encaja en la misma lógica que la formación denunció entonces.
El coste para el adversario es medible. Cada vez que el Ejecutivo presume de expulsiones, valida el mecanismo que la oposición exigía y desactiva el argumento de que no había alternativa legal. Y cada vez que el PP acompaña ese marco sin reclamar el cierre de los dispositivos de acogida, la distancia entre su discurso y su práctica se agranda. Vox explota esa brecha con un discurso de coherencia que no depende de coyunturas.
Queda por ver hasta dónde llega el desmontaje del puerto y qué ocurre con las plazas del CATE y del CETI cuando el dispositivo policial se retire. El asunto volverá al Congreso en la próxima sesión de control y a los parlamentos autonómicos; Ceuta y Canarias mantienen ahí un pulso abierto con el Ministerio del Interior que Vox piensa capitalizar. La formación sostiene su exigencia de una política migratoria de Estado con fronteras controladas y expulsiones efectivas, y desplaza el debate a un terreno que le resulta cómodo: el del cumplimiento de la ley.

