La amenaza de Trump de retirar tropas estadounidenses de España e Italia reabre el debate sobre el coste real del paraguas atlántico en el flanco sur. La advertencia, formulada esta semana desde la Casa Blanca, vuelve a poner a Moncloa contra las cuerdas en el pulso por el gasto en defensa que arrastra desde la cumbre de La Haya. No es un farol táctico. Es un giro de doctrina.
Lo que observamos en esta redacción es una repetición del patrón que el presidente estadounidense ya ensayó durante su primer mandato con Alemania, cuando ordenó la retirada parcial de 12.000 militares como castigo por el incumplimiento del 2% del PIB. Aquella decisión la revirtió Biden en 2021. Ahora el blanco es distinto: Madrid y Roma, los dos socios de la OTAN que más tarde han comprometido el camino hacia el 5% pactado en La Haya.
Qué ha dicho Trump y qué tropas estarían sobre la mesa
El presidente declaró que su Administración ‘estudia activamente’ reducir la presencia militar estadounidense en territorio español e italiano si ambos gobiernos no aceleran sus compromisos de gasto. La frase, recogida por medios estadounidenses, apunta directamente a las bases de Rota y Morón como activos negociables en el pulso atlántico, algo inédito desde la firma del Convenio de Defensa bilateral de 1988.
En Rota, la Marina estadounidense mantiene cuatro destructores AEGIS Arleigh Burke con capacidad antimisiles balísticos, el corazón del escudo europeo de la OTAN frente a la amenaza iraní y rusa. Morón, por su parte, alberga el destacamento aeronaval del Cuerpo de Marines para crisis en África (SP-MAGTF), pieza central del dispositivo estadounidense en el Sahel y el Magreb. Hablamos de unos 3.500 efectivos permanentes y rotatorios entre ambas instalaciones, según los datos públicos del Pentágono.
En Italia, la presencia es aún mayor: Aviano, Sigonella, Vicenza, Camp Darby y Nápoles concentran cerca de 12.000 militares estadounidenses. Sigonella es además el principal nodo de drones MQ-9 Reaper del U.S. Africa Command para el flanco mediterráneo.
Por qué Trump necesita este movimiento ahora
La aritmética política manda. La administración Trump ha vinculado de forma explícita el paraguas militar al cumplimiento del 5% del PIB en defensa, un umbral que Sánchez aceptó en La Haya en junio de 2025 con una cláusula de flexibilidad que el Pentágono nunca dio por buena. España cerró 2025 en torno al 2,1% del PIB, según las cifras que la propia Moncloa remitió a Bruselas. La distancia hasta el 5% supone unos 50.000 millones de euros adicionales anuales.
Italia anda en cifras similares, con el Gobierno Meloni atrapado entre la presión atlantista y el agujero presupuestario heredado. Roma cerró 2025 en el 1,6% del PIB, lejísimos del compromiso.

La lectura estratégica es otra. Trump no busca realmente desmontar Rota ni Sigonella —el coste para el dispositivo antimisiles europeo y para la proyección sobre África sería enorme— sino forzar una renegociación bilateral del Convenio que ate cada base a un compromiso financiero verificable. Es la doctrina transaccional aplicada al despliegue militar.
Cabe recordar que el Convenio de Defensa entre España y Estados Unidos se actualizó por última vez en 2015, durante el Gobierno Rajoy, con el aumento de destructores AEGIS en Rota. La cláusula de denuncia exige preaviso de un año, pero Washington puede modular el contingente sin denunciar formalmente el tratado. Ese matiz es el que explota Trump.
Equilibrio de Poder
El movimiento se inscribe en una reconfiguración profunda del eje Washington-Bruselas-Moscú que esta redacción viene siguiendo desde el regreso de Trump al Despacho Oval. La Casa Blanca prioriza el Indo-Pacífico, lee Europa como un aliado moroso y considera que el flanco sur de la OTAN —Mediterráneo y Magreb— debe ser financiado por sus beneficiarios directos, es decir, España, Italia, Francia y Grecia. El Kremlin observa la grieta con interés operativo: cada destructor AEGIS que se mueva de Rota es una capa menos del escudo antimisiles europeo, y eso lo sabe perfectamente el Estado Mayor ruso.
Para España el impacto es múltiple y muy concreto. Primero, económico: Rota y Morón inyectan más de 600 millones de euros anuales en la economía andaluza, según datos del Ministerio de Defensa, y sostienen unos 4.000 empleos civiles directos. Segundo, geopolítico: la presencia estadounidense ha sido durante décadas el contrapeso silencioso frente a la presión de Rabat sobre Ceuta, Melilla y el Sáhara. Una retirada parcial enviaría a Marruecos una señal de debilidad atlántica que el Real Instituto Elcano ya ha advertido como factor desestabilizador para la frontera sur. Tercero, presupuestario: si Sánchez cede al 5%, deberá explicar al electorado de izquierda por qué triplica el gasto militar mientras se discuten ajustes en Sanidad y dependencia.
El compromiso del 5% no es solo una cifra: es la prueba pública de que el paraguas estadounidense en Europa ha cambiado de precio y de condiciones, y que España pagará por mantener Rota.
La lectura a 5-10 años es inquietante. Si el modelo Trump se consolida —pago por presencia, base por base, contrato por contrato— la OTAN deja de ser una alianza colectiva con cláusula de defensa mutua para convertirse en una red de acuerdos bilaterales con Washington como árbitro. Es exactamente el escenario que el Kremlin lleva pidiendo desde 2007, cuando Putin lanzó su discurso de Múnich. La paradoja es notable.
El precedente más comparable no es Alemania 2020, sino la retirada estadounidense de Filipinas en 1992, cuando Manila exigió un nuevo tratado y Washington optó por marcharse de Subic Bay y Clark. Veinte años después, Estados Unidos ha tenido que volver con un nuevo acuerdo (EDCA) para contener a China. Las retiradas militares tienen coste estratégico diferido, y eso lo sabe el Pentágono mejor que nadie.
El próximo Consejo Atlántico de junio en Bruselas marcará la primera ventana de negociación. Hasta entonces, Moncloa juega a ganar tiempo y a buscar respaldo en París y Berlín. La Bundeswehr observa con preocupación: si Rota cae, la siguiente pieza del dominó puede ser Ramstein. El flanco sur de la OTAN entra en una fase de incertidumbre estratégica que ningún aliado europeo había previsto hace apenas un año.
Por ahora, sin confirmación oficial del Pentágono sobre cifras ni calendario. Pero la presión está sobre la mesa.

