Las vitaminas no siempre se llamaron así, y tampoco se entendían como hoy en día, pues durante siglos, la relación entre lo que comemos y cómo nos sentimos estaba clara en la práctica pero nadie sabía exactamente por qué. Las vitaminas, tal y como las conocemos ahora, llegaron mucho después, tras una historia llena de intuiciones, errores y descubrimientos que cambiaron por completo la forma de entender la salud.
Las vitaminas empezaron a tomar forma en un momento en el que la ciencia aún buscaba respuestas básicas. Durante mucho tiempo, se pensó que todo giraba en torno a la proteína, aquella “sustancia animal” que parecía explicar la nutrición humana. Sin embargo, había algo que no cuadraba, porque alimentos como la fruta o la leche curaban enfermedades concretas, aunque apenas encajaran en esa teoría dominante, y fue ahí donde empezó una historia que, vista hoy, resulta tan sorprendente como decisiva.
3El nacimiento de las vitaminas y como las conocemos
Las vitaminas recibieron su nombre gracias a Casimir Funk, que en 1912 propuso que ciertas enfermedades se debían a la falta de compuestos específicos en la dieta. A esos compuestos los llamó “vitaminas”, uniendo la idea de vida con la de aminas, aunque más tarde se descubriría que no todas tenían esa estructura. Aun así, el nombre se quedó, y con él, una nueva forma de entender la nutrición.
A partir de ahí, todo avanzó rápido, se identificaron distintas vitaminas, se clasificaron con letras y se descubrió que algunas eran liposolubles y otras hidrosolubles. Las vitaminas dejaron de ser una teoría para convertirse en una herramienta clave para prevenir enfermedades y mejorar la salud. Hoy sabemos que son esenciales, que su ausencia tiene consecuencias claras y que, aunque ya no se esperan grandes descubrimientos como los de entonces, siguen siendo una pieza fundamental en cómo entendemos el cuerpo y la alimentación.

