Las vitaminas no siempre se llamaron así, y tampoco se entendían como hoy en día, pues durante siglos, la relación entre lo que comemos y cómo nos sentimos estaba clara en la práctica pero nadie sabía exactamente por qué. Las vitaminas, tal y como las conocemos ahora, llegaron mucho después, tras una historia llena de intuiciones, errores y descubrimientos que cambiaron por completo la forma de entender la salud.
Las vitaminas empezaron a tomar forma en un momento en el que la ciencia aún buscaba respuestas básicas. Durante mucho tiempo, se pensó que todo giraba en torno a la proteína, aquella “sustancia animal” que parecía explicar la nutrición humana. Sin embargo, había algo que no cuadraba, porque alimentos como la fruta o la leche curaban enfermedades concretas, aunque apenas encajaran en esa teoría dominante, y fue ahí donde empezó una historia que, vista hoy, resulta tan sorprendente como decisiva.
2El giro inesperado que lo cambió todo
Las vitaminas empezaron a cobrar sentido gracias a un problema muy concreto: el beriberi, una enfermedad que afectaba sobre todo a marineros y poblaciones con dietas muy restrictivas. El médico Kanehiro Takaki sospechó que la alimentación tenía algo que ver, aunque en su momento lo relacionó con la falta de proteínas, siguiendo la teoría dominante.
El gran giro llegó con los experimentos de Christian Eijkman, que observó que los animales alimentados con arroz blanco enfermaban, mientras que los que consumían arroz integral se mantenían sanos. Aquello apuntaba a que el problema no era lo que faltaba en general, sino algo muy concreto que se perdía en el proceso de refinado, por lo que esta vez las vitaminas estaban más cerca de ser identificadas.

