Las vitaminas no siempre se llamaron así, y tampoco se entendían como hoy en día, pues durante siglos, la relación entre lo que comemos y cómo nos sentimos estaba clara en la práctica pero nadie sabía exactamente por qué. Las vitaminas, tal y como las conocemos ahora, llegaron mucho después, tras una historia llena de intuiciones, errores y descubrimientos que cambiaron por completo la forma de entender la salud.
Las vitaminas empezaron a tomar forma en un momento en el que la ciencia aún buscaba respuestas básicas. Durante mucho tiempo, se pensó que todo giraba en torno a la proteína, aquella “sustancia animal” que parecía explicar la nutrición humana. Sin embargo, había algo que no cuadraba, porque alimentos como la fruta o la leche curaban enfermedades concretas, aunque apenas encajaran en esa teoría dominante, y fue ahí donde empezó una historia que, vista hoy, resulta tan sorprendente como decisiva.
1De la “sustancia animal” a las primeras dudas
Las vitaminas tienen su origen en una época en la que los científicos estaban obsesionados con el nitrógeno y con la idea de que este elemento marcaba la diferencia entre estar sano o enfermo. En ese contexto, el químico Gerardus Mulder habló por primera vez de la proteína como base de la alimentación, y durante décadas esa idea lo ocupó todo. Era una explicación sencilla, demasiado quizá, pero encajaba con lo que se conocía entonces.
Aun así, la realidad se empeñaba en desmontarla poco a poco. Enfermedades como el escorbuto o el raquitismo seguían apareciendo en personas con dietas limitadas, y aunque se sabía que ciertos alimentos ayudaban a prevenirlas, muchos investigadores miraban hacia otro lado. Se hablaba de infecciones, de aire marino o de alimentos en mal estado, pero ya se veían algunas pistas.

