Alemania reforma el veto en la UE y propone una mayoría cualificada para evitar bloqueos

El ministro de Exteriores alemán, Johann Wadephul, impulsa un mecanismo de votación por mayoría para acelerar la política exterior y de defensa. La propuesta amenaza el poder de veto de países como Hungría y reabre el debate sobre la autonomía estratégica de la UE. España se enfr

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Alemania formaliza una propuesta para eliminar el veto nacional en la política exterior de la UE y adoptar la votación por mayoría cualificada (12 países) en sanciones, defensa y declaraciones comunes.
  • ¿Quién está detrás? El ministro de Exteriores alemán, Johann Wadephul, con el respaldo explícito de la CDU y el silencio cómplice de París.
  • ¿Qué impacto tiene? La reforma restaría poder a disidentes como Hungría, aceleraría la respuesta de la UE a crisis y obligaría a España a definir su margen de autonomía en un tablero donde ya no podrá esconderse detrás del veto de otros.

La propuesta lanzada por Berlín no es un globo sonda. El jefe de la diplomacia alemana, Johann Wadephul, ha puesto sobre la mesa de los Veintisiete la reforma más ambiciosa —y explosiva— de la gobernanza comunitaria en política exterior desde el Tratado de Lisboa. Su objetivo inmediato es romper el nudo que ha permitido a un solo Estado miembro, normalmente Hungría, bloquear sanciones contra Rusia, paquetes de ayuda militar a Ucrania o tomas de posición que exigen celeridad y músculo. Wadephul defiende que una mayoría cualificada —doce países que representen al menos el 65% de la población de la UE— bastaría para decidir. La lógica es contundente: sin reforma, la Unión seguirá expuesta al chantaje interno cada vez que el Kremlin encuentre un aliado con derecho a veto.

La iniciativa no llega por casualidad. El contexto es una guerra en Ucrania que ya supera los dos años, un pulso transatlántico con la administración Trump —que exige a Europa un compromiso del 5% del PIB en defensa— y la certeza de que el próximo ciclo presupuestario comunitario estará atravesado por la urgencia militar. Como apuntan fuentes de la CDU consultadas por Moncloa.com, «Wadephul quiere enterrar el veto antes de que Hungría y Eslovaquia bloqueen el décimo cuarto paquete de sanciones. La ventana se cierra en 2027, coincidiendo con la presidencia húngara del Consejo, y Berlín lo sabe».

¿Por qué impulsa ahora Alemania una reforma que lleva décadas sobre la mesa?

El debate no es nuevo. Ya en la Convención sobre el Futuro de Europa de 2002 se habló de extender la mayoría cualificada a la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC). Pero la novedad es el alineamiento de Berlín —que históricamente defendía la cultura del consenso— con la tesis francesa de una Europa que actúe como potencia. La guerra de Ucrania ha transformado el cálculo: la unanimidad se ha convertido en una rémora existencial. Un Estado miembro no solo bloquea sanciones: puede retrasar meses una misión de entrenamiento militar, una compra conjunta de munición o una declaración de condena. El coste estratégico es enorme.

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Wadephul, un atlantista pragmático dentro de la CDU, ha sabido vender la reforma con un argumento que resuena en Washington: la UE necesita velocidad y capacidad de disuasión sin pedir permiso a cada capital. De paso, se aleja del fantasma de un eje Berlín-Moscú que algunos think tanks, como el SWP, han señalado como riesgo si Alemania no marca distancias con el Kremlin.

Lo que cambiaría con una mayoría cualificada en política exterior

Hoy, la regla general para la PESC es la unanimidad. Existen excepciones: las llamadas «cláusulas pasarela» (passerelle) permiten, en teoría, pasar a la mayoría cualificada si el Consejo Europeo lo decide por unanimidad. Pero ese camino exige precisamente lo que se quiere eliminar: el consentimiento unánime. La propuesta alemana busca una reforma directa del Tratado de la Unión Europea (TUE) para consagrar la votación por mayoría como regla por defecto en decisiones de política exterior que no impliquen el uso de fuerzas militares. La letra pequeña incluye un blindaje para que medidas con implicaciones militares directas sigan requiriendo consenso, algo que tranquiliza a países como Irlanda, Austria o Malta, apegados a la neutralidad.

En la práctica, doce países que sumen el 65% de la población europea —Alemania, Francia, Italia y España juntas ya casi alcanzan ese umbral— podrían imponer sanciones, aprobar misiones civiles, adoptar posiciones comunes en Naciones Unidas o autorizar el envío de material militar a un tercer país sin que Budapest o Bratislava lo impidan. El cambio de poder es tan profundo que muchos diplomáticos dudan de que salga adelante sin una crisis que lo precipite. «Hará falta otro shock, quizá un corte de suministro de gas o un incidente en el Báltico», confía una fuente del Consejo Europeo.

El veto de un solo país ya no es un contrapeso democrático: es una herramienta de chantaje geopolítico que paraliza a la UE mientras el mundo se mueve a otra velocidad.

Equilibrio de Poder

La iniciativa alemana no se puede leer solo como un pulso contra Hungría. Es un movimiento en un tablero de tres bandas. Primero, Berlín le manda un mensaje a Moscú: la UE está dispuesta a blindar su política exterior para que ningún socio del Kremlin —por acción u omisión— pueda frenarla. Segundo, le indica a Washington que Europa está asumiendo parte del coste de la disuasión, incluso a nivel institucional, en plena tensión por el reparto de la OTAN y el 5% del PIB que exige Donald Trump. Tercero, marca el terreno frente a París: si Francia quería una Europa geopolítica, Alemania le entrega las herramientas con sello germano.

Para España, el impacto es más ambivalente de lo que parece. Moncloa siempre ha sido partidaria de una mayor integración europea y ha apoyado históricamente la abolición del veto en política fiscal o de inmigración, aunque con recaudos de soberanía. Sin embargo, en política exterior el veto ha servido de escudo para proteger intereses sensibles: desde el reconocimiento de Kosovo hasta la relación con Cuba, pasando por el Sáhara Occidental. Sin el derecho a bloquear, España se verá obligada a construir mayorías en lugar de simplemente amenazar con el veto, un ejercicio que exige más músculo diplomático y menos complacencia. Las fuentes de Exteriores consultadas por Moncloa.com reconocen que la reforma puede acortar los tiempos de decisión en sanciones a Rusia, pero advierten de que en otros foros —como la relación con Marruecos— la pérdida del veto unilateral introduce una dosis de incertidumbre.

El precedente histórico que ayuda a entender la apuesta de Wadephul es la introducción de la mayoría cualificada en la política comercial común en los años 90. Entonces, París y Berlín forzaron el cambio para agilizar las negociaciones de la Ronda Uruguay del GATT, con el argumento de que la unanimidad ralentizaba los acuerdos comerciales. Funcionó. El comercio se convirtió en una competencia exclusiva y la UE ganó influencia global. El paralelismo con la defensa es imperfecto —la seguridad sigue siendo competencia nacional—, pero la lógica es similar: si Europa quiere ser un actor estratégico, necesita un sistema de decisión que no dependa del país más lento o del más chantajeable.

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No obstante, la reforma del Tratado enfrenta obstáculos monumentales. Requiere unanimidad de los Veintisiete para iniciar el procedimiento de revisión, y luego ratificación por todos los parlamentos nacionales, lo que en algunos casos —Irlanda, Dinamarca— puede exigir referéndums. El escenario más probable es un avance por la vía de las cooperaciones reforzadas: un grupo de Estados dispuestos a integrar su política exterior y permitir que una mayoría de ellos decida, dejando la puerta abierta a que otros se sumen más tarde. Lo que Wadephul ha puesto sobre la mesa no es un proyecto con fecha de caducidad, sino un horizonte estratégico para una UE que o se reforma o se resigna a la irrelevancia.

Observamos dos riesgos. El primero, que la propuesta refuerce el eje de disidentes: Hungría y Polonia —a pesar de las diferencias entre Orbán y Tusk— podrían hacer frente común para no perder influencia. El segundo, que la negociación se eternice y acabe diluyéndose en un mínimo común denominador. La próxima cumbre informal de Granada, en octubre, será el primer test real: si Alemania logra que al menos quince Estados respalden la apertura del debate constituyente, el tabú del veto en política exterior habrá caído para siempre.