El cierre de negocios en El Cañaveral se ha convertido en una constante desde que los primeros vecinos pisaron sus calles, hace ahora una década. Con 25.000 residentes, este desarrollo del este madrileño registra una rotación comercial que evidencia una tormenta perfecta: locales en bruto que requieren una inversión inicial disparada, alquileres altos y una trama urbana que penaliza las compras a pie. Según un reportaje de ABC esta misma semana, la situación no es nueva y repite patrones vistos en Las Tablas o Valdebebas, pero aquí se agrava por la distancia a los servicios básicos y la falta de un eje de compras peatonal.
¿Por qué los negocios no duran en El Cañaveral?
Los datos no están recogidos en estadísticas oficiales, pero los testimonios de vecinos y comerciantes dibujan un panorama claro. ‘El problema de abrir un comercio en un lugar en desarrollo son los costes, ya que tienes que alquilar o comprar el local en bruto y hacer la reforma completa’, explica un joven emprendedor al citado diario. De media, poner en marcha un negocio aquí supone un 30% más de inversión que en otras zonas ya consolidadas de Madrid. A eso se suman unos alquileres que no siempre se corresponden con la clientela real: muchas familias jóvenes pasan el día fuera y apenas consumen en el barrio entre semana.
La consecuencia es un goteo constante de traspasos. En los principales portales inmobiliarios se pueden encontrar cada semana varios anuncios: ‘se traspasa cafetería-heladería lista para continuar actividad’, ‘local de hostelería con licencia de bar’, ‘local de eventos en funcionamiento’. Para algunos, el negocio no ha llegado a alcanzar los resultados positivos antes de que la inversión ahogue. ‘Si pones un desayuno con tostada y café a 6 euros, igual te estás equivocando de zona’, reflexiona un hostelero.
Un urbanismo que aleja al vecino de la tienda de la esquina
El trazado de El Cañaveral, encajonado entre la M-45, la R-3 y atravesado por avenidas de hasta cuatro carriles por sentido, dificulta cualquier paseo de acera. ‘Aquí tienes que coger el coche para prácticamente cualquier cosa’, resume una vecina. Recorrer a pie la distancia que separa la carnicería de la panadería puede suponer veinte minutos, y esa barrera invisible empuja a los residentes hacia los centros comerciales de la periferia, donde todo está concentrado. El resultado es un barrio de paso: nadie pasea, nadie se queda.
Los comerciantes consultados coinciden en que es imposible crear un eje comercial como los de San Cipriano en Vicálvaro o Boltaña en Canillejas. ‘Bien entrada la tarde no ves a casi nadie por la calle’, lamentan. El horario laboral dispersa a la población durante el día y la ausencia casi total de personas mayores —que en otros barrios sostienen el comercio de cercanía— deja las aceras vacías.
Paco Lorente, profesor de conducta del consumidor en ESIC, apunta que muchos negocios fallan al no anticipar los hábitos de consumo de un PAU. ‘Buena parte de los vecinos compran online o piden mucho delivery; conviene pensar en modelos híbridos’, señala. A pesar de que han surgido iniciativas de reparto a domicilio, la mayoría de los nuevos locales siguen confiando exclusivamente en el cliente presencial.
El diseño urbano de El Cañaveral —avenidas anchas, pocos cruces peatonales, y una vida de barrio casi inexistente— convierte el acto de comprar el pan en una expedición en coche.
La misma tormenta que en otros PAU, pero con un agravante: la falta de servicios públicos
La historia de El Cañaveral repite, casi al milímetro, la de otros desarrollos del este madrileño. En Las Tablas, Valdebebas o el Ensanche de Vallecas, el comercio de proximidad tardó años en llegar y muchos locales quedaron vacíos hasta que la zona alcanzó una masa crítica. Sin embargo, en El Cañaveral la situación se agrava por la carencia de equipamientos públicos. La comisaría de Policía Nacional más cercana está en San Blas, a diez kilómetros, y la de Policía Municipal, a cinco en Vicálvaro. Esta lejanía no solo retrasa la respuesta ante robos —algunas farmacias y el único estanco atienden ya con la puerta cerrada y solo abren al cliente que llama al timbre—, sino que desincentiva la presencia de más servicios.
El Ayuntamiento de Madrid es consciente del déficit. Esta misma semana, el alcalde José Luis Martínez-Almeida entregó las llaves de 116 viviendas en alquiler asequible, que se suman a las casi 900 ya adjudicadas por la Empresa Municipal de la Vivienda y Suelo (EMVS) en el barrio. En total, la EMVS promueve 1.212 pisos protegidos en trece promociones. Las nuevas viviendas cuentan con eficiencia energética alta y aerotermia, pero, como advierten los vecinos, sin un colegio cercano, un centro de salud o una oferta comercial que dé vida a las calles, el barrio seguirá siendo un dormitorio.
Desde esta redacción entendemos que el desarrollo urbanístico de la ciudad no puede limitarse a levantar bloques y sortear viviendas. Falta una planificación comercial y de servicios que convierta los PAU en verdaderos barrios. Mientras, la centrifugadora de traspasos y cierres seguirá girando en El Cañaveral.
