EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? EE.UU. retiró 13,5 kg de uranio altamente enriquecido de un reactor de investigación en Venezuela, en una maniobra coordinada con Caracas.
- ¿Quién está detrás? El Departamento de Energía estadounidense, que ejecutó la operación de no proliferación con el visto bueno del gobierno venezolano.
- ¿Qué impacto tiene? Elimina un riesgo de proliferación en Latinoamérica y eleva la presión sobre Irán, que acumula 440 kg de uranio enriquecido.
El Departamento de Energía de Estados Unidos confirmó este viernes la retirada de 13,5 kilogramos de uranio altamente enriquecido (UAE) de un reactor de investigación situado en Venezuela. La operación, ejecutada en estrecha coordinación con el gobierno de Caracas, marca un hito en la larga batalla por la no proliferación en la región. Pese al distanciamiento diplomático entre ambas naciones, la colaboración en este ámbito sensible demuestra que ciertos canales estratégicos permanecen abiertos. El material nuclear ha sido trasladado a una instalación segura fuera de Venezuela, según el comunicado oficial, aunque no se precisó el destino exacto.
Lo que se llevaron: 13,5 kilos de uranio apto para arma
El uranio altamente enriquecido —con una pureza superior al 20% de isótopo U-235— es un material de doble uso: sirve para alimentar reactores de investigación, pero también constituye el núcleo fisible de una bomba atómica. Los 13,5 kg retirados representan poco menos de la mitad de la masa crítica necesaria para un artefacto rudimentario. El reactor en cuestión, de diseño soviético, llevaba décadas operando en el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC), en las afueras de Caracas. Fuentes consultadas por Moncloa.com indican que la decisión de extraer el uranio se aceleró tras un informe del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) que alertaba de deficiencias en la custodia del material. La operación implicó un despliegue logístico de varias semanas que incluyó vuelos militares escoltados y la participación de ingenieros nucleares de la Administración Nacional de Seguridad Nuclear (NNSA).
Por qué Caracas colaboró con Washington
El gesto venezolano sorprende en plena tensión geopolítica. Nicolás Maduro, sometido a sanciones desde hace años, llevaba meses lanzando guiños al Kremlin y a Pekín. Sin embargo, la cooperación en no proliferación es un terreno donde hasta los adversarios encuentran espacio para el pragmatismo. El gobierno venezolano necesitaba deshacerse de un pasivo peligroso: la presencia de uranio envejecido en un reactor sin mantenimiento adecuado representaba un riesgo radiológico y de seguridad. Al facilitar la retirada, Caracas envió una señal de que no tolerará material apto para armas en su suelo, al tiempo que Bolívar evitaba un posible incidente nuclear en su propio patio trasero. La lectura estratégica es clara: Venezuela no quiere convertirse en otro foco de tensión nuclear en Suramérica.
No obstante, la colaboración no significa un acercamiento político. La administración Biden —y ahora la de Trump— mantienen el reconocimiento del opositor Edmundo González como presidente legítimo. La operación se llevó a cabo por canales técnicos, al margen de la agenda diplomática.
Irán, en el punto de mira
La retirada del uranio venezolano coincide con una creciente presión de Estados Unidos sobre Irán, que acumula ya 440 kilogramos de uranio enriquecido al 60%, una cifra que le acerca peligrosamente al umbral del 90% necesario para un arma. El Departamento de Estado ha vinculado ambas operaciones: mientras Washington retira material de riesgo en Latinoamérica, exige a Teherán que detenga su propio programa. En la práctica, la maniobra en Venezuela funciona como un argumento de autoridad: “nosotros sí retiramos uranio de zonas grises, vosotros debéis hacer lo mismo”. No es casual que el anuncio se produjera la misma semana en que la Agencia Internacional de la Energía Atómica volvió a censurar a Irán por falta de cooperación.
El régimen de los ayatolás no ha tardado en reaccionar.Desde Teherán, el portavoz de Exteriores calificó la operación de “maniobra propagandística” y reiteró que su programa nuclear tiene fines exclusivamente civiles. Mientras tanto, las centrifugadoras iraníes siguen girando.
Retirar uranio de un país sancionado mientras se exige a Irán que detenga el suyo es un mensaje que la Casa Blanca lanza sin matices: la no proliferación no admite dobles raseros.
Equilibrio de Poder
La operación en Venezuela reconfigura el tablero de la no proliferación en tres niveles. Para Washington, supone una victoria simbólica y operativa: demuestra que el Departamento de Energía puede actuar con eficacia incluso en entornos hostiles. Para Moscú, es una jugada inesperada. Rusia había sido el principal socio nuclear de Caracas, asesorando al reactor del IVIC y suministrando combustible en los años noventa. Que ahora sea EE.UU. quien se lleva el uranio altera los equilibrios de influencia en el patio trasero latinoamericano. El Kremlin, de momento, guarda silencio. Bruselas observa con interés, porque la UE está tratando de reforzar su propio sistema de control de materiales nucleares, sobre todo tras la invasión de Ucrania y la ocupación de la central de Zaporiyia.
Para España, la noticia tiene una lectura directa. Cualquier movimiento en Venezuela —antigua metrópoli de parte de su espacio iberoamericano— resuena en Moncloa. Pero hay más: España preside el Comité de No Proliferación de la UE este semestre y ha abanderado la necesidad de intensificar la cooperación con el OIEA en América Latina. La extracción del uranio venezolano, de hecho, fue comunicada en primicia a diplomáticos españoles durante la conferencia de Viena. Fuentes de Exteriores confirman que España respaldó la operación y ofreció apoyo logístico en forma de sobrevuelo de aeronaves de transporte, aunque no especificaron detalles.
En el largo plazo, el éxito de esta misión abre la puerta a futuras colaboraciones similares: en África, el Sahel, o el Magreb —zona sensible para España— aún existen reactores de investigación con uranio altamente enriquecido y medidas de seguridad laxas. La lección es que el pragmatismo nuclear puede funcionar. Pero también evidencia una carrera contrarreloj: Irán dispone de material suficiente para varias bombas si decide dar el paso. Y el tiempo corre.

