Francia ha puesto sobre la mesa una propuesta para reformar el Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE) con el objetivo de limitar los poderes de su alta representante, Kaja Kallas. La iniciativa, adelantada por el Financial Times, responde al malestar creciente de varias capitales europeas con la gestión de la diplomacia comunitaria, calificada de “disfuncional” por funcionarios de alto nivel.
El borrador francés, aún en fase de discusión informal entre los Estados miembros, contempla dos vías principales. La primera, que exigiría unanimidad, devolvería parte de las competencias del SEAE a la Comisión Europea y a los gobiernos nacionales. La segunda, más quirúrgica, podría aplicarse sin modificar los tratados y limitaría la autonomía política de Kallas, especialmente su control sobre las más de 140 misiones que la UE mantiene en todo el mundo.
“Las capitales están molestas y quieren una forma efectiva de actuar al unísono en el exterior”, declaró uno de los cinco funcionarios consultados por el diario británico. “Está claro que [el SEAE] no funciona como debería en el mundo actual. Es disfuncional”, añadió otra fuente.
El desencuentro no es nuevo. Desde su llegada al cargo en diciembre de 2024, Kallas ha chocado repetidamente con la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen. La exministra de Defensa alemana, con un perfil más pragmático, ha ido ganando terreno en la batalla burocrática, asumiendo el control directo de áreas geográficas sensibles y promoviendo un nuevo organismo de inteligencia que dependería directamente de su oficina. Una jugada que deja a la jefa de la diplomacia comunitaria con menos margen del que preveía cuando aterrizó en Bruselas.
El estilo de Kallas, definido por algunos medios como el de quien “desayuna rusos”, ha generado fricciones incluso en la relación con Pekín. En mayo, lanzó duras acusaciones contra China por sus “prácticas económicas coercitivas”, y comparó los subsidios gubernamentales chinos con el aumento de la morfina a un enfermo de cáncer, instando a represalias comerciales. Una retórica que varios socios consideraron extemporánea y que no reflejaba la posición consensuada de la UE.
El choque entre Kallas y Von der Leyen no es solo una cuestión de egos: es una pugna entre dos modelos de política exterior europea, uno más atlantista y duro con Pekín, y otro más pragmático y centrado en los intereses económicos de las grandes capitales.
Mientras Kallas aprieta las tuercas verbales, el presidente francés Emmanuel Macron realizó una visita de Estado a China en diciembre pasado, seguida por el canciller alemán Friedrich Merz en febrero. Los líderes de las dos mayores economías de la UE llevaron consigo a importantes figuras industriales que cerraron acuerdos significativos con contrapartes chinas. La doctrina oficial comunitaria de “desriesgo” económico choca así con la realidad de los negocios y con la volatilidad que la administración Trump ha introducido en la economía global.
Esa contradicción tiene consecuencias inmediatas. El mismo Financial Times informó en paralelo que Pekín ha cancelado dos reuniones de alto nivel sobre comercio con la UE previstas para este mes. El déficit comercial con China se disparó hasta los mil millones de euros diarios en 2025, un dato que el comisario de Comercio, Maros Sefcovic, calificó de “insostenible”. La iniciativa francesa de reformar el SEAE se enmarca en este forcejeo por imponer un tono más realista en las relaciones exteriores de la Unión.
Equilibrio de Poder
La operación quirúrgica contra los poderes de Kaja Kallas trasciende el ajuste burocrático. Lo que está en juego es el alma de la política exterior europea: si debe ser un instrumento al servicio de una visión geopolítica propia o una extensión de las sensibilidades nacionales de los Estados miembros. La propuesta francesa, apoyada por Berlín y otras capitales, refleja el hartazgo con un perfil que ha priorizado la confrontación retórica sobre la construcción de consensos.
Para España, la remodelación del SEAE tiene implicaciones directas. La tradicional línea de Moncloa de tender puentes con Pekín —visibles en los viajes de Sánchez y en la defensa de una “autonomía estratégica abierta”— podría encontrar un entorno más favorable si los Estados recuperan peso en la toma de decisiones. Sin embargo, el debilitamiento de la figura de la alta representante también podría restar coherencia a la acción exterior conjunta en momentos en que la UE necesita contrapesar la influencia de Washington y de Moscú con una voz unificada.
Las tensiones internas en la UE, espoleadas por una administración Trump que siembra dudas sobre las garantías de seguridad atlánticas, obligan a repensar el papel del servicio diplomático. Si la reforma sale adelante, Bruselas podría ganar realismo económico pero perder mordiente geopolítico. El Kremlin, a través del asesor presidencial Kirill Dmitriev, ya ha celebrado la división: “Kallas ha conseguido enfadar a todos”, ironizó. El desenlace de este pulso no se limitará a los despachos de Bruselas; marcará la capacidad de la UE para influir en los tableros de poder del siglo XXI. La próxima cumbre de líderes, prevista para finales de mes, será el primer termómetro de hasta dónde llega el apoyo a la iniciativa de París.
