Trump toma Kharg Island: amenaza con escalar la presión sobre Teherán

La isla maneja el 90% del crudo iraní: controlarla sería un golpe devastador para la economía de la República Islámica. La Casa Blanca insinúa opciones militares mientras el alto el fuego de abril se desmorona.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Donald Trump ha amenazado con ocupar la isla de Kharg, que gestiona el 90% de las exportaciones de crudo iraní, y tomar el control de los mercados de petróleo y gas de Irán.
  • ¿Quién está detrás? La Casa Blanca, con el presidente Trump al frente, que eleva la presión militar pese a un frágil alto el fuego vigente desde abril.
  • ¿Qué impacto tiene? La declaración dispara la tensión en el Estrecho de Ormuz, pone en jaque el suministro energético global y abre la puerta a una misión terrestre estadounidense en territorio iraní.

Donald Trump ha amenazado este jueves con tomar la isla de Kharg, el corazón de las exportaciones petroleras de Irán, y asumir el control total de sus mercados de petróleo y gas. La declaración, lanzada en Truth Social y matizada después en una entrevista, supone un salto cualitativo en la presión sobre Teherán mientras el alto el fuego firmado en abril se desmorona a golpe de nuevas hostilidades.

Kharg Island, situada en el golfo Pérsico, maneja aproximadamente el 90% del crudo que exporta Irán. Un documento desclasificado de la CIA de 1984 ya la describía como «la instalación más vital del sistema petrolífero iraní», esencial para la supervivencia económica de la República Islámica. Controlarla equivaldría a asfixiar el principal sostén financiero del régimen.

La amenaza directa y las dudas de Trump

En su mensaje, el presidente avisó de que EE.UU. golpearía Irán «MUY DURO ESTA NOCHE» y añadió que «en un futuro no muy lejano» tomaría la isla y otros puntos de infraestructura petrolera. Sin embargo, horas después, en el programa Fox & Friends, rebajó el tono al admitir dudas sobre si el país tiene «estómago» para una operación terrestre a gran escala. «No estoy seguro de que el país tenga apetito para ello, por bueno que sea —dijo—. Creo que nos gustaría vernos volver a casa».

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La Casa Blanca, en un comunicado a Military Times, dejó claro que todas las opciones militares siguen sobre la mesa, incluidos escenarios con un número significativo de tropas ocupando la isla. Pero el propio Trump descartó después los «pies sobre el terreno»: «No quiero botas en el suelo. Pero si quisiera, podríamos poner un pequeño grupo de soldados y tomar todo el lugar». Su veredicto sobre Irán fue tajante: «Están acabados».

Alto el fuego en coma y nuevos bombardeos

La retórica de Trump no surge en el vacío. La noche del miércoles, activos de la Infantería de Marina, la Fuerza Aérea y la Armada de EE.UU. llevaron a cabo ataques contra capacidades de vigilancia militar, sistemas de comunicación y emplazamientos de defensa aérea iraníes. El Mando Central estadounidense (CENTCOM) confirmó las operaciones, y Trump aseguró que «lanzamos 250 millones de dólares en bombas anoche».

Teherán, por su parte, afirmó haber respondido con ataques de represalia contra bases estadounidenses en Bahréin, Jordania y Kuwait. El Ministerio de Exteriores iraní calificó el alto el fuego de casi dos meses como «prácticamente sin sentido» y responsabilizó a los líderes de EE.UU. de las «consecuencias extremadamente graves» de lo que denominan «ataques ilegales y criminales».

La amenaza de tomar Kharg Island no es solo un gesto: es poner sobre la mesa la asfixia económica de Irán, y con ella la posibilidad de una misión terrestre que dividiría a la coalición de Trump.

La operación Epic Fury, lanzada el pasado 28 de febrero junto a Israel, estableció cuatro objetivos oficiales: destruir el arsenal de misiles balísticos de Irán, infligir daños serios a su Armada y Fuerza Aérea, impedir el desarrollo nuclear y cercenar su apoyo a grupos proxy como Hamás y Hezbolá. Tomar Kharg Island no figuraba entre ellos. De hecho, este nuevo planteamiento contradice la narrativa de intervención limitada que vendió la administración.

Esa contradicción alimenta la fractura dentro de la coalición política del presidente. Los halcones de política exterior insisten en que Irán debe ser frenado, mientras que las voces aislacionistas del ala «America First» temen una repetición de los atolladeros de Irak y Afganistán. El debate sobre el despliegue de fuerzas terrestres refleja una Casa Blanca dividida ante el alcance real de su poderío.

Equilibrio de Poder

La amenaza sobre Kharg Island reconfigura el tablero de Oriente Próximo y coloca a la administración Trump ante un dilema estratégico de primer orden. Por un lado, bloquear el crudo iraní asfixiaría a Teherán, pero a costa de abrir un frente terrestre que nadie quiere. Por otro, contentarse con bombardeos selectivos permite al régimen seguir exportando y financiando a sus milicias.

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Para Europa y España, la escalada tiene un impacto directo. Cualquier disrupción importante en el Estrecho de Ormuz elevaría los precios del petróleo de forma inmediata, golpeando a una economía nacional aún dependiente de los hidrocarburos y con una inflación pegajosa. Además, las bases de Rota y Morón, desde las que operan activos estadounidenses en la región, se sitúan en una primera línea logística que Moncloa no puede ignorar. La posición del Gobierno, hasta ahora cautelosa, se verá puesta a prueba si Washington pide más apoyo o sobrevuelos.

El Kremlin observa con atención. Un Irán debilitado es menos competidor en los mercados energéticos y menos incómodo para sus ambiciones en Siria y el Cáucaso, pero una guerra abierta que dispare el crudo beneficia temporalmente a Moscú. Pekín, por su parte, ve amenazado a su principal proveedor de petróleo barato y podría intensificar su presencia naval en el Índico. La multidimensionalidad del conflicto lo convierte en un polvorín global.

A medio plazo, lo que hoy es una amenaza puede convertirse en un precedente peligroso: la ocupación unilateral de infraestructuras críticas de un Estado soberano sin mandato internacional. La cumbre de la OTAN prevista para dentro de dos semanas en La Haya servirá como termómetro del respaldo (o la preocupación) de los aliados. Mientras, el contador de misiles y el de las declaraciones sigue corriendo.