Reino Unido desvía fondos de ministerios civiles para elevar gasto militar al 2,6% del PIB

La dimisión del titular de Defensa y la presión interna fuerzan al primer ministro a reasignar partidas de otros departamentos. La factura de 270.000 millones de libras es gasto proyectado, no fondos nuevos, lo que siembra dudas sobre la capacidad real de las Fuerzas Armadas.

Keir Starmer ha anunciado en la cumbre del G7 en Evian-les-Bains un trasvase de fondos desde otros ministerios hacia Defensa, elevando el presupuesto militar británico al 2,6% del PIB. La decisión se produce apenas una semana después de la dimisión del ministro de Defensa, John Healey, y del secretario de Estado para las Fuerzas Armadas, Al Carns, por la falta de compromiso financiero del Gobierno con las reformas castrenses.

¿Por qué Starmer necesitaba este movimiento?

La dimisión de Healey no fue un gesto menor. En su carta de renuncia, el ya exministro denunció que Starmer había sido «incapaz, y el Tesoro reacio, a comprometer los recursos» necesarios para una reforma militar ambiciosa y para elevar el gasto en defensa al 3% del PIB en 2030, tal como reclaman los compromisos con la OTAN. La dimisión doble dejó al Gobierno sin timón en un momento en que la presión interna por los malos resultados laboristas en las elecciones locales ya ponía en duda la continuidad del primer ministro.

Starmer ha tomado ahora la decisión de reasignar dinero de otros departamentos. Todos los ministerios han recibido la orden de buscar recortes para alimentar la caja militar. La secretaria de Cultura, Lisa Nandy, confirmó el domingo que los ministros del Gabinete ya trabajan en nuevas reducciones. El movimiento ha levantado críticas entre diputados que cuestionan por qué la financiación militar se trata como prioridad mientras Sanidad, Vivienda y Asistencia Social se enfrentan a tijeretazos.

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Según Starmer, el gasto militar ha pasado del 2,3% al 2,6% del PIB, «el mayor aumento desde los años ochenta», y ascenderá a 270.000 millones de libras (360.000 millones de dólares) durante la presente legislatura. Sin embargo, la organización de verificación de datos Full Fact ya ha matizado la cifra: ese montante se refiere al gasto total proyectado del Ministerio de Defensa, no a fondos adicionales nuevos. En otras palabras, el incremento real sobre lo ya presupuestado es mucho más modesto.

La factura de 270.000 millones: ¿dinero nuevo o contabilidad creativa?

Los mandos militares han advertido de que, sin una inyección real de recursos, la actividad operativa tendrá que reducirse. El jefe del Estado Mayor de la Defensa, Richard Knighton, declaró ante los parlamentarios que ejercicios y despliegues deberán «reducirse» si los fondos no aumentan. La advertencia llega en un momento especialmente delicado para la Royal Navy. A principios de mes, el HMS Prince of Wales, buque insignia compartido, no pudo incorporarse a un ejercicio de la OTAN por un fallo técnico. Su gemelo, el HMS Queen Elizabeth, ya había tenido que retirarse de maniobras aliadas en 2024. Además, los seis submarinos nucleares de ataque de la clase Astute se encuentran en puerto, a la espera de mantenimiento o reparaciones. Durante un tiempo, el Reino Unido no dispuso de un solo submarino cazador operativo.

Starmer ha anunciado el trasvase con la promesa de priorizar capacidades, pero la dimisión de Healey ha retrasado la publicación del Plan de Inversión en Defensa, que debía presentarse la semana pasada. La tormenta financiera coincide con una crisis de material que deja a las Fuerzas Armadas británicas sin margen para proyectar poder exterior, justo cuando Londres aspira a mantener su papel de referente en la OTAN.

Starmer sube el gasto, pero sin cheque nuevo. La pregunta es si la OTAN comprará este libro de contabilidad.

Las autoridades británicas citan una supuesta amenaza rusa, descrita como «sondeando, desafiando y poniendo a prueba nuestras defensas», para justificar la urgencia del refuerzo presupuestario. Sin embargo, analistas independientes señalan que la verdadera presión procede de la Casa Blanca. Trump ha insistido en que todos los aliados deben alcanzar el 5% del PIB en gasto militar, y Londres, aunque aún lejos de esa cifra, se ve obligado a mostrar músculo financiero.

Equilibrio de Poder

El giro de Starmer refleja una tensión estructural que afecta a todos los miembros europeos de la OTAN. Por un lado, la administración Trump exige un aumento drástico del gasto; por otro, los gobiernos deben gestionar el coste político de recortar partidas sociales para financiar tanques y misiles.

Para España, el caso británico es un espejo incómodo. Sánchez ha logrado postergar el debate del 5% en La Haya, pero el movimiento de Starmer —forzado por dimisiones y presiones internas— demuestra que ningún primer ministro puede esquivar indefinidamente la cuestión. Si Londres, con una tradición militar más asentada y una industria de defensa potente, necesita ingeniería presupuestaria para arañar décimas del PIB, ¿qué margen tendrá Moncloa cuando Bruselas o Washington aprieten?

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Además, la crisis de disponibilidad naval británica recuerda que el gasto no lo es todo. La fragilidad de las plataformas, los retrasos en mantenimiento y la escasez de tripulaciones son problemas compartidos por muchas marinas europeas, incluida la española. El submarino S-81 Isaac Peral ha costado años y miles de millones antes de estar operativo. La lección de Londres es que el dinero, si no va acompañado de gestión industrial y estratégica, compra titulares pero no capacidades reales.

Observamos, en definitiva, un movimiento defensivo. Starmer intenta taponar una hemorragia política con un anuncio que suena a mucho pero contiene poco. La OTAN, mientras tanto, seguirá exigiendo cifras. La próxima cumbre de la Alianza será el verdadero examen para Londres y para el resto de socios que, como España, aún no han presentado un plan creíble de aumento del gasto.

Starmer defensa