La noche del 26 de diciembre de 1541, bajo la techumbre de hojas de palma de un campamento improvisado en la confluencia del río Napo con el Aguarico, el capitan Francisco de Orellana escuchó el rugido del caudal más indómito que jamás había surcado. La expedición de Gonzalo Pizarro llevaba meses arrastrándose por la selva húmeda, buscando canela y El Dorado, y contaba ya más muertos que vivos. Aquella madrugada, Orellana tomó la decisión más controvertida de su vida: adelantarse con sesenta hombres en un bergantín construido a golpe de hacha, para encontrar víveres y regresar en doce días. No volvió jamás.
Lo que siguió fue un viaje de ocho meses y más de 6.000 kilómetros que convertiría a aquel extremeño de Trujillo en el primer europeo en navegar el río Amazonas, y que sembró la semilla de una leyenda que todavía late entre los archivos de Indias.
Capítulo I: La desobediencia que abrió un mundo
Francisco de Orellana había llegado a las Indias alrededor de 1527, y se curtía en la conquista del Perú junto a los Pizarro, con quienes compartía vínculos familiares lejanos. Combatió en la guerra civil entre almagristas y pizarristas, perdió un ojo en una refriega y ganó fama de hombre templado. Cuando Gonzalo Pizarro organizó en 1541 la desastrosa expedición hacia el este de Quito, Orellana se alistó como segundo al mando sin imaginar que aquel viaje lo marcaría para siempre.
La expedición partió con más de 200 españoles, unos 4.000 porteadores indígenas y un puñado de caballos. Al cruzar la Cordillera Oriental, el frío y los desfiladeros diezmaron a la comitiva. Alcanzaron por fin la selva densa, un infierno verde donde la canela resultó un mito y el hambre se convirtió en la única compañera. Según el fraile dominico Gaspar de Carvajal, cronista de la hazaña posterior, «no tenían otra cosa que comer sino cueros, cintas y suelas de zapatos cocidas con algunas hierbas». Los indígenas huían, los mosquitos devoraban y el único camino posible era el agua.
Pizarro ordenó construir un bergantín con la madera de la selva y envió a Orellana río abajo. La orden era tajante: buscar alimentos y volver. Pero Orellana, empujado por la corriente y por la certeza de que remontar el río era imposible con aquellos hombres exhaustos, decidió continuar. La historiografía ha debatido durante siglos si fue traición o necesidad. Lo cierto es que aquel día la geografía del mundo cambió.
Capítulo II: El descenso al infierno verde
Durante las semanas siguientes, el bergantín se adentró en un corredor de agua que se iba ensanchando de manera aterradora. El Napo desembocó en un río mucho mayor, de tal magnitud que los españoles, acostumbrados a los caudales del Tajo o del Guadalquivir, no daban crédito. Era el río Grande, el Marañón, la serpiente líquida que lo engullía todo. Carvajal anotó con asombro: «Parecía un mar de agua dulce».
La selva les ofrecía frutos desconocidos y tribus que oscilaban entre la curiosidad y la hostilidad. Los encuentros con los belicosos omaguas dejaron varios heridos por flechas envenenadas. Sin embargo, la disciplina y los arcabuces mantuvieron a raya a los atacantes en un primer momento. Orellana demostró dotes diplomáticas: aprendió a intercambiar espejos y tijeras por tortugas, yuca y pescado. El bergantín, que había bautizado como «San Pedro» según algunos manuscritos, avanzaba a un ritmo de treinta leguas al día —números que para los cronistas de la época resultaban casi sobrenaturales—.

Capítulo III: El reino de las mujeres guerreras
La crónica de Carvajal, conservada en la Real Academia de la Historia, alcanza su clímax narrativo el 24 de junio de 1542. Aquel día, cerca de la desembocadura del río Negro, los expedicionarios divisaron un poblado fortificado del que salieron a su encuentro decenas de canoas repletas de guerreros. Pero lo que desconcertó a los españoles no fue el número de adversarios, sino la figura que, según Carvajal, comandaba uno de los flancos: una mujer alta, blanca, que disparaba flechas con «gran denuedo» y golpeaba a los hombres que intentaban retroceder.
La lucha fue encarnizada. Según el dominico, llegaron a ver a otras diez o doce mujeres en la misma actitud, luchando con una fiereza que evocaba las leyendas clásicas de las amazonas. Carvajal asegura que los prisioneros indios, atemorizados, les contaron que esas mujeres vivían sin hombres, que tenían riquezas y que se apareaban periódicamente con tribus vecinas para perpetuar su estirpe. Orellana, fascinado y convencido por el relato, dio al río el nombre que lo inmortalizaría: Amazonas.
La ciencia moderna descarta la existencia de una sociedad matriarcal semejante en el corazón de la selva, pero los testimonios de otros exploradores posteriores, como el portugués Pedro Teixeira, recogieron ecos de guerreras. La verdad importa menos que el poder de la palabra, y aquella palabra quedó tatuada en los mapas para siempre.
Capítulo IV: Un océano de gloria
El 26 de agosto de 1542, el maltrecho bergantín avistó por fin el océano Atlántico por la inmensa boca del Amazonas. Habían recorrido más de 6.000 kilómetros sin velas, con el único empuje de la corriente, remos y rezos. Carvajal anotó que «todos iban muy flacos y quebrados del trabajo, y algunos casi ciegos». El propio Orellana, tuerto y demacrado, se aferraba al timón con la única certeza de que aquello cambiaría las reglas del poder colonial.
Desde la isla de Cubagua, en las costas de Venezuela, logró fletar una embarcación y poner proa a España. Llegó a Valladolid a mediados de 1543, donde su historia provocó incredulidad y entusiasmo a partes iguales. El príncipe Felipe —futuro Felipe II— le concedió audiencia, y el Consejo de Indias, tras examinar la crónica de Carvajal y las declaraciones de los testigos, le otorgó el título de gobernador de las tierras que había descubierto y le autorizó a organizar una segunda expedición de colonización.
Capítulo V: La corona y el olvido
Pero la gloria de los mapas no se traducía en rentas seguras. Orellana invirtió su fortuna en armar cuatro naves, entre ellas la nao «Santa María de la Concepción», y reclutó a unos trescientos hombres, además de decenas de artesanos y hasta a su propia esposa, Ana de Ayala. La flotilla zarpó de Sanlúcar de Barrameda en mayo de 1545 con destino a la desembocadura del Amazonas, pero desde el primer momento las tormentas, las deserciones y la falta de pilotos expertos convirtieron la expedición en un calvario.
Cuando lograron internarse en el delta, el hambre, la malaria y los ataques de los indios caribes acabaron con la mayoría de los colonos. Orellana, enfermo y desesperado, murió en algún punto del laberinto de islas y caños, probablemente en noviembre de 1546, sin poder ver cumplido su sueño. Tenía alrededor de 35 años.
Su nombre quedó sepultado durante décadas bajo el peso de expediciones más pomposas y de conquistadores más afortunados. Sin embargo, la «Relación» de Carvajal, que hoy se custodia como uno de los grandes relatos del descubrimiento, mantiene viva la narración de un extremeño tozudo que se adelantó a su tiempo y a su propia ambición. No fundó ciudades, no acumuló oro, pero bautizó el río más grande del mundo y le regaló a la lengua española un topónimo que aún susurra la selva.

