El president de la Generalitat, Salvador Illa, ha cargado con dureza contra el nuevo reglamento de retornos aprobado esta semana por el Parlamento Europeo. En un artículo publicado este domingo en El País, Illa acusa a la UE de ‘poner precio a un ser humano’ y de ‘traicionar los valores fundacionales del proyecto europeo’. La norma permite centros de deportación en terceros países, también para familias con niños, e introduce una compensación de 20.000 euros por cada solicitante de asilo no acogido. Europa no nació para esto’, sentencia el jefe del Govern.
La crítica frontal al reglamento de retornos
Illa sitúa su argumento en la memoria del continente. Recuerda que Europa surgió ‘de las ruinas de la guerra, del dolor de sus propios exiliados y deportados, con una promesa escrita sobre las cenizas: nunca más’. Para el presidente, la introducción de los centros de deportación y el pago de 20.000 euros por no acoger a un refugiado equivale a renunciar a esa herencia. ‘Una Europa que pone precio a un ser humano y levanta campos más allá de sus fronteras no se protege: renuncia a aquello que la hizo nacer’, escribe.
El reglamento, que entra en vigor en los próximos meses, ha generado un profundo malestar entre sectores progresistas y de defensa de los derechos humanos. Illa se alinea con las voces más críticas, pero lo hace desde la presidencia de la Generalitat, un gesto poco habitual hasta ahora en la política exterior catalana. ‘Ningún pueblo, y tampoco Europa, tiene futuro sin acogida, sin solidaridad y sin valores’, defiende.
Catalunya, tierra de acogida y la apuesta por la regularización
El president reivindica Catalunya como ejemplo de convivencia. ‘Somos un país de ocho millones de personas gracias a quienes vinieron, y uno de cada tres niños ya tiene un padre o una madre nacidos fuera’, recuerda. Este dato es una pieza central de su discurso: la migración no es un accidente, sino una realidad estructural que requiere políticas de inclusión. ‘El futuro no se deporta: se educa, se cuida y se integra’, añade.
Para Illa, las tensiones en vivienda y servicios públicos no deben resolverse señalando a los recién llegados. ‘A las dificultades reales se responde con más justicia, no con menos humanidad’, afirma, y alerta contra los discursos que ‘agitan el miedo’ para desviar la atención. ‘Quienes lo agitan señalan siempre al más débil —el que acaba de llegar— para que no miremos las causas verdaderas’. En un eco de lo que ya ha sucedido en Italia, pide ‘no dejarse arrastrar por discursos extremistas y propuestas que no resuelven nada’.
La regularización es buena para el conjunto del país: moral, social y económicamente. Illa la presenta como el único horizonte posible para una Catalunya que no quiere ser cómplice de una Europa sin memoria.
El Govern apoya abiertamente la regularización de migrantes impulsada por el ejecutivo de Pedro Sánchez, una decisión que Illa califica de positiva ‘desde el punto de vista moral, social y económico’. El paralelismo con las migraciones del siglo XX es deliberado: ‘Ya fuimos capaces, hace medio siglo, de integrar a quienes llegaban de toda España, y tuvimos entonces la sabiduría de decidir que no habría dos Cataluñas, ni catalanes de primera y de segunda, ni un “ellos” frente a un “nosotros”’.

Un posicionamiento que trasciende la política catalana
La intervención de Illa tiene varias lecturas en clave Moncloa. Por un lado, refuerza la sintonía con el Gobierno central en un momento en que la política migratoria se ha convertido en línea de fractura europea. Mientras Vox agita el discurso antiinmigración y el PP intenta templar su mensaje sin desmarcarse del todo, el president socialista toma la palabra como un referente del progresismo ibérico. Su artículo en El País no es solo una reflexión filosófica: es un cálculo político que sitúa a Catalunya en el bando de la acogida y lo diferencia nítidamente de la deriva restrictiva que avanza en Bruselas.
Esta operación tiene riesgos. En plena negociación de la financiación singular y con la legislatura sostenida por ERC y los Comuns, cualquier gesto que aleje a Illa del centro pragmático puede ser utilizado por Junts para acusarlo de grandilocuencia europeísta ajena a los problemas cotidianos. Sin embargo, fuentes del Govern consultadas por este medio apuntan que el artículo estaba calibrado: no incomoda al socio de investidura y permite al president proyectarse como líder de valores en un momento en que la marca PSC busca consolidar un perfil propio más allá del seguidismo de Ferraz.
La referencia a Italia no es menor. Al citar el fracaso del modelo restrictivo de Giorgia Meloni, Illa abre un canal de diálogo con los sectores moderados del electorado que pueden sentirse tentados por respuestas simplistas a la crisis migratoria. Es un movimiento de triple alcance: contiene a la extrema derecha, afianza la lealtad con Moncloa y reivindica la posición de Catalunya como laboratorio de integración.
Queda por ver si este discurso será suficiente para contrarrestar la presión de un reglamento que ya es ley europea. La Generalitat no tiene competencias para bloquear los centros de deportación, pero sí puede utilizar su altavoz para internacionalizar una postura ética que, a juicio de muchos observadores, es de las pocas que aún pueden frenar la pulverización del proyecto europeo. Como concluye Illa, ‘Europa todavía está a tiempo de ser fiel a sí misma; de recordar para qué nació’.
