Antonio Machado, el poeta que cruzó la frontera y murió en Collioure

En enero de 1939, enfermo y sin recursos, Machado recorrió a pie varios kilómetros bajo la lluvia hasta llegar a Francia. El bolsillo de su gabán guardaba el último verso: «Estos días azules y este sol de la infancia».

La lluvia repicaba sobre la capota del viejo Ford que avanzaba a trompicones por la carretera embarrada. Eran las primeras horas del 28 de enero de 1939, y en el interior del vehículo, envueltos en mantas que apenas mitigaban el frío, viajaban un anciano de perfil severo y su madre nonagenaria. El poeta Antonio Machado, que apenas diez días antes había abandonado una Barcelona cercada, apuraba los últimos kilómetros de tierra española. En el bolsillo interior del gabán guardaba un papel arrugado con un verso sin terminar: «Estos días azules y este sol de la infancia». Fuera, la riada humana de La Retirada caminaba hacia Francia bajo el aguanieve.

Capítulo I: La última pisada en suelo español

La columna de refugiados —soldados vencidos, mujeres con niños, intelectuales con la mirada extraviada— serpenteaba por los montes del Pirineo oriental. A la altura de Portbou, el gentío se apretaba contra el paso fronterizo de Cerbère. Machado, aquejado de una insuficiencia cardíaca que le robaba el aliento, había sido evacuado en ambulancia desde la Ciudad Condal por orden del gobierno de la República. A sus sesenta y tres años, el autor de Campos de Castilla era un hombre gastado, pero su lucidez resistía como una trinchera íntima. Le acompañaban su hermano José y la madre de ambos, Ana Ruiz Hernández, que apenas entendía por qué abandonaban la casa de Madrid donde tantos recuerdos guardaban.

Los testigos contaron después que Machado descendió del vehículo unos metros antes del puesto fronterizo y recorrió a pie el tramo final, apoyado en el brazo de su hermano. La lluvia le calaba hasta los huesos, pero él caminaba sin queja, como si cada pisada perteneciera a un poema que aún no había escrito. Aquella mañana, al poner el pie en suelo francés, un gendarme apuntó su nombre en un registro: «Machado, Antonio; profesor». El poeta de Soria, que años atrás había escrito «Caminante, no hay camino, / se hace camino al andar», acababa de sellar con barro y frío la metáfora más amarga de su obra.

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Generación del 98

Capítulo II: La forja de un poeta del 98

Antonio Machado Ruiz había nacido el 26 de julio de 1875 en el palacio sevillano de las Dueñas, en una familia de profundas raíces liberales. Su padre, Antonio Machado Núñez, era un reputado folklorista que introdujo a los hermanos en el amor por el saber y la palabra. De niño, el pequeño Antonio frecuentaba los patios frescos y escuchaba los romances que cantaban las criadas. Esa memoria sensorial le acompañaría toda la vida: los patios, el sol, el perfume del azahar y la cadencia del verso popular.

La educación del futuro poeta fue decisiva. Estudió en la Institución Libre de Enseñanza, el proyecto pedagógico que don Francisco Giner de los Ríos había fundado para renovar un país anclado en el analfabetismo y el dogmatismo. Allí aprendió a pensar, a dudar y a respetar a cada criatura como un universo íntimo. De aquellos pupitres salió convencido de que la poesía debía ser «palabra en el tiempo» —su definición más repetida— y no mero adorno.

Su juventud transcurrió entre Madrid, París y el incipiente modernismo. En la capital francesa trabajó como traductor y conoció a Rubén Darío, el nicaragüense que estaba revolucionando la lengua. De vuelta a España, publicó Soledades (1903) y Soledades, galerías y otros poemas (1907), versos de una hondura que rozaba el simbolismo, con una voz ya reconocible. Pero faltaba el encuentro telúrico que le cambiaría la mirada: las tierras altas de Soria.

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Capítulo III: El camino se hace al andar

En 1907 ganó una cátedra de francés en el instituto de aquella ciudad castellana. Soria, con su páramo, sus cigüeñas y su Duero joven, se le reveló como un paisaje del alma. Allí escribió buena parte de Campos de Castilla (1912), el poemario que le consagró como uno de los grandes de la Generación del 98. En sus páginas palpitan el «olmo seco», «los chopos de la ribera», el recuerdo de su amada Leonor Izquierdo, con quien se había casado en 1909 y a quien la tuberculosis se llevó en 1912, a los dieciocho años.

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Viudo a los treinta y siete, Machado salió de Soria para no volver. Le siguió Baeza, luego Segovia, siempre con la maleta llena de poetas y el corazón partido. En esos años de soledad nacieron los Proverbios y cantares, aforismos líricos que expresan como ningún otro texto la fragilidad de una España que él veía abocada al enfrentamiento fraticida. Uno de aquellos proverbios, el que empieza «Ya hay un español que quiere / vivir y a vivir empieza…», es hoy una cita tan premonitoria como estremecedora: «una de las dos Españas ha de helarte el corazón».

«Ya hay un español que quiere / vivir y a vivir empieza, / entre una España que muere / y otra España que bosteza. / Españolito que vienes / al mundo, te guarde Dios: / una de las dos Españas / ha de helarte el corazón» (Campos de Castilla, 1912).

Su compromiso republicano fue discreto pero firme. Elegido miembro de la Real Academia Española en 1927, nunca llegó a tomar posesión. Prefirió las aulas, donde creía que la cultura podía vacunar contra el fanatismo. A principios de 1936, cuando la conspiración cuartelera ya era un rumor sordo, Machado escribió desde su piso madrileño: «No me importa morir; me importa que la muerte me coja vivo». Y la muerte, vestida de guerra, empezaba a enseñar los dientes.

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Capítulo IV: Collioure: los días azules

El golpe militar del 18 de julio de 1936 le pilló en Madrid. Durante los dos años y medio que duró la contienda, el poeta fue evacuado de la capital a Valencia y después a Barcelona, siempre con la república en retirada. En enero de 1939, cuando las tropas franquistas estaban a punto de cerrar el cerco sobre Cataluña, Machado fue sacado de la ciudad condal en una comitiva de intelectuales organizada por la Junta de Cultura Española. Cruzó la frontera con lo puesto, un puñado de cuartillas y el recuerdo de su patria desangrada.

Llegó a Collioure, un pequeño pueblo pesquero de la costa mediterránea francesa, el 30 de enero. Se alojó en el modesto Hotel Bougnol-Quintana, donde su corazón, ya muy castigado, apenas le permitía subir las escaleras. Pasó tres semanas postrado en una habitación con vistas al castillo templario, asistido por su madre y su hermano. El 22 de febrero de 1939, a las tres y media de la tarde, Antonio Machado falleció en aquella cama prestada, lejos de su tierra, exactamente cuando la España republicana expiraba.

En el bolsillo de su viejo gabán, José Machado halló el papel arrugado con el verso inacabado, escrito con la letra temblorosa de los últimos días: «Estos días azules y este sol de la infancia». Ana Ruiz, su madre, que poco antes había repetido en sueños el nombre de su hijo, murió tres días más tarde, el 25 de febrero, sin haber llegado a saber que la guerra civil concluía el 1 de abril. Ambos fueron enterrados juntos, en una misma tumba, en el camposanto de Collioure.

Capítulo V: La tumba que no enmudece

El cementerio de Collioure, acariciado por el viento salino, se ha convertido en un lugar de peregrinación. Sobre la lápida blanca, rodeada de flores frescas y banderines republicanos, se lee el verso encontrado en el gabán. Muchos visitantes depositan piedras, poemas escritos en servilletas o sencillamente guardan silencio. La tumba, con su sencillez desarmante, simboliza no solo la pérdida de uno de los mayores poetas en español, sino la de toda una generación de españoles que murió en el exilio.

El legado de Machado no ha necesitado estridencias para permanecer vivo. Sus versos se enseñan en las escuelas, sus Proverbios y cantares se citan en manifestaciones y su figura de hombre bueno, honesto y trágico sobrevive al olvido. En Collioure, cada 22 de febrero, gentes de todas las edades recuerdan al poeta que cruzó la frontera sin más patria que la poesía. Al final, lo único que no se recoge en ningún archivo es la ternura con que su madre lo abrazó aquella última noche, mientras la lluvia repicaba en el tejado y el mar de invierno rugía contra el muelle.

Una pequeña errata se coló en un artículo sobre su vida: «la umanidad» por «la humanidad», como si la hache ausente nos recordara que, a veces, los poetas también se quedan sin aliento. En realidad, Machado nunca necesitó aspavientos: le bastaron un camino, un verso y un sol azul para contarnos que solo el amor detiene el reloj.