Victoria de los Ángeles, la soprano barcelonesa que conquistó el Met

El premio de Ginebra en 1947 la sacó de Barcelona y la llevó a los grandes teatros de Europa y América. Su voz ligera devolvió a los escenarios un repertorio de canción española que entonces sonaba poco.

El telón del viejo Metropolitan Opera House se levantó una noche de 1951 sobre una mujer que había aprendido a cantar en el edificio de la Universidad de Barcelona. Se llamaba Victoria de los Ángeles y estrenaba esa noche Mimì, la bordadora de La bohème. No era su primera vez lejos de casa, pero sí la primera vez que el público de Broadway —palcos de terciopelo, abonos caros, un oído educado en las voces de peso— iba a escuchar de cerca un timbre ligero, casi transparente, que parecía llegar de otra parte: de una canción popular cantada en voz baja.

Aquella función abrió una década de Metropolitan y, con ella, la carrera internacional de una de las pocas cantantes españolas del siglo XX que llenó teatros en Nueva York sin renunciar al repertorio de casa. Lo hizo en un momento en que la ópera premiaba el volumen y las carreras se medían por el número de agudos imposibles. Ella llegó con lo contrario.

Capítulo I: La casa de la Universidad

Victoria de los Ángeles López García nació en Barcelona el 1 de noviembre de 1923. Creció en el edificio histórico de la Universitat de Barcelona, donde su padre trabajaba como portero y donde la familia tenía su vivienda. No era una casa de músicos. La niña cantaba lo que oía y no dejó de hacerlo en ningún momento de su infancia.

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Que la hija de un portero llegara al Metropolitan no era imposible, pero sí excepcional. En la Barcelona de los años treinta, la carrera musical de una chica de familia modesta dependía del oído, de la constancia y de encontrar a alguien que la escuchara.

La Guerra Civil le comió la adolescencia: tenía doce años cuando estalló, en julio de 1936, y quince cuando terminó, en abril de 1939. Estudió en el Conservatori Superior de Música del Liceu, el conservatorio ligado al gran teatro de la Rambla, y terminó la carrera al comienzo de los años cuarenta, en una ciudad que salía del hambre como podía.

En 1945 se presentó en el Gran Teatre del Liceu, la plaza donde el público barcelonés medía a sus cantantes sin miramientos. Su repertorio de entonces era el de una lírica joven: Mozart, Puccini, la canción culta catalana. Cantó tambien en el Palau de la Música Catalana y en el circuito de sociedades corales de la ciudad, un mundo modesto que le enseñó algo que después le serviría más que cualquier academia: a cantar sin red, delante de gente que no había pagado una fortuna por escucharla.

Capítulo II: Ginebra, 1947

El salto llegó en Suiza. En 1947 ganó el primer premio del Concurso Internacional de Ejecución Musical de Ginebra, una de esas pruebas de posguerra que funcionaban como puerta de entrada a las carreras internacionales. Para una cantante joven de la España de entonces, un premio en Suiza valía más que cualquier recomendación de despacho. El jurado no premió una voz de potencia. Premió una afinación impecable, un fraseo de cámara y una manera de decir el texto que sonaba a conversación.

El premio tuvo consecuencias rápidas. Londres la llamó primero, y con Londres llegaron los conciertos en las principales salas de Europa. A finales de los años cuarenta se casó y tuvo dos hijos. Nunca firmó como miembro fijo de ninguna compañía: trabajó por temporadas, como invitada, escogiendo papeles y reservándose tiempo para la familia. Ese detalle, que en su momento se leyó como una renuncia, explica buena parte de su carrera. Menos títulos, mejor elegidos.

A comienzos de los cincuenta, el Covent Garden de Londres la reclamó. Su nombre empezó a aparecer en los carteles de Viena, Milán y París. Faltaba América, y América llegó de golpe.

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Capítulo III: El viejo Met de Broadway

El Metropolitan Opera de 1951 no se parecía al de hoy. Ocupaba un edificio de ladrillo en Broadway, a la altura de la calle 39, inaugurado en 1883 y demolido en 1967, un año después de que la compañía se mudara al Lincoln Center. En aquella sala, por la que habían pasado Enrico Caruso y décadas de voces ilustres, Victoria de los Ángeles cantó su primera Mimì neoyorquina, en la primera temporada de Rudolf Bing al frente de la casa.

Se quedó en el Metropolitan durante los años cincuenta y algo más. Sus papeles de aquella década fueron los de una lírica de verdad: Mimì, Marguerite en el Fausto de Gounod, Mélisande en el Pelléas et Mélisande de Debussy, Manon en la ópera de Massenet, Violetta. Una carrera americana sin estridencias: pocos escándalos, muchos aplausos y una voz que se imponía por color antes que por volumen. Nunca fue una actriz de grandes gestos; su fuerza estaba en la línea de canto y en la dicción.

Que una cantante española debutara en el Metropolitan en 1951 no era habitual. La casa había sido durante décadas un feudo de voces italianas y alemanas, y el público de abono desconfiaba de los acentos ajenos. En aquellos mismos años cantaban allí Maria Callas y Renata Tebaldi, dos voces de otra escala, capaces de llenar la sala con un solo agudo. De los Ángeles no compitió nunca en ese terreno. Trabajaba por temporadas, no hizo de la vida pública un oficio paralelo y volvía a Europa en cuanto terminaba el último contrato.

Capítulo IV: Una Bohème con Beecham

En 1956, el sello RCA Victor juntó en un estudio de Nueva York a Sir Thomas Beecham, un director inglés que frisaba los ochenta y tenía fama de ensayar poco y de arreglárselas en el último ensayo; al tenor sueco Jussi Björling, que moriría cuatro años después; al barítono Robert Merrill; y a Victoria de los Ángeles. Grabaron La bohème completa.

La versión ha quedado como una de las más apreciadas por los aficionados, y no por el lucimiento de nadie en concreto. Los cuatro cantan como si se escucharan entre ellos, y Beecham saca del conjunto una lectura de cámara, de tempi vivos y acompañamiento ligero, muy lejos del retrato monumental que otras versiones hacen de Puccini. La Mimì de De los Ángeles es una bordadora de carne y hueso, no una heroína de cartón.

Fue la grabación que la instaló definitivamente en el mercado discográfico. De aquellos años es también su vínculo con el sello EMI, para el que registró durante décadas buena parte de su repertorio francés —Gounod, Massenet, Debussy— y, sobre todo, la música de su tierra.

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Capítulo V: La voz de España

Si algo separó a Victoria de los Ángeles de las grandes divas de su tiempo fue su decisión de no tratar la música española como un adorno de bis. Grabó las Siete canciones populares españolas de Manuel de Falla y puso voz a los Cuatro madrigales amatorios de Joaquín Rodrigo. Cantó a Enrique Granados, rescató tonadillas y defendió la zarzuela en unos años en que ese repertorio tenía poco sitio en los grandes teatros de ópera. Lo mismo hizo con la canción catalana, y la llevó también a las salas de concierto de medio mundo.

Conviene recordar en qué consistía ese repertorio. Las Siete canciones de Falla son de 1914; los madrigales de Rodrigo, de los años cuarenta. Son obras escritas para la voz y el piano, sin orquesta que abrigue al cantante y sin tramoya que disimule. Cantarlas bien exige lo que no se enseña en los conservatorios: criterio para dosificar, para no subrayar, para dejar que la melodía hable sola.

Su voz encajaba con ese material como pocas. Era una voz ligera y precisa, hecha para que el patio de butacas se callara y escuchara. En un siglo dominado por las sopranos dramáticas, ella hizo carrera con lo contrario: la intimidad. Sus programas mezclaban el aria y la canción popular, y muchas noches la pieza más aplaudida no era la de Puccini, sino una nana. Por eso el público la recordaba en un recital con piano tanto como en un tercer acto.

Capítulo VI: El silencio

Hacia el final de los años sesenta dejó la ópera. No hubo portazo ni retirada aparatosa: simplemente dejó de aceptar contratos de escena y se volcó en el recital, la canción y la música de cámara. Siguió cantando durante años con un repertorio que se iba estrechando hacia lo que mejor le sentaba.

El Gran Teatre del Liceu, la sala donde había debutado en 1945, sufrió un incendio que destruyó su auditorio el 31 de enero de 1994 y no reabrió hasta 1999. Era el mismo teatro en el que una adolescente de la posguerra había cantado por primera vez delante de un patio de butacas lleno.

Pasó sus últimos años en Barcelona. Murió en su ciudad el 15 de enero de 2005, a los ochenta y un años. Su muerte se anunció en las páginas de cultura de media Europa, que la despidió como una de las últimas grandes líricas de su generación.

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De aquella carrera queda un catálogo largo: la Mimì de Beecham, las canciones de Falla, los madrigales de Rodrigo, la zarzuela, los papeles franceses. Y queda una lección que el mundo de la ópera aprendió tarde: una voz no necesita ser enorme para llegar lejos. Con ella se abrió una puerta por la que después pasarían otras cantantes españolas. Más de veinte años después de su muerte, las grabaciones de Victoria de los Ángeles siguen circulando, y siguen sonando nuevas.