Referéndum neutralidad Suiza: el voto del domingo que puede bloquear las sanciones de la UE a Rusia

El Gobierno suizo y todos los grandes partidos salvo el SVP rechazan el texto, que exigiría el aval del Consejo de Seguridad de la ONU para sancionar a Moscú. Los sondeos dan al 'no' dos tercios, pero la campaña ya ha reordenado la política de seguridad del país.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Suiza vota este domingo un referéndum para blindar en la Constitución una neutralidad estricta que impediría a Berna sancionar a Rusia sin el aval del Consejo de Seguridad de la ONU, donde Moscú tiene derecho de veto.
  • ¿Quién está detrás? La iniciativa la impulsa Pro Schweiz, plataforma nacionalconservadora ligada al SVP, con el exconsejero federal Christoph Blocher como motor. El Gobierno suizo y todos los grandes partidos salvo el SVP se oponen; Rusia la ha respaldado abiertamente.
  • ¿Qué impacto tiene? Un ‘sí’ abriría un boquete en el frente sancionador europeo, complicaría el control de los flujos que pasan por Zúrich y Ginebra y añadiría inseguridad jurídica a las empresas españolas con filial suiza.

El referéndum sobre la neutralidad de Suiza del domingo puede impedir a Berna sancionar a Rusia sin permiso de la ONU. Una victoria del ‘sí’ cerraría además la puerta a cualquier cooperación militar con la OTAN y entregaría a Moscú un veto de facto sobre la política exterior helvética.

Lo que se dirime en las urnas no es exactamente la neutralidad, sino su significado. ‘No es un voto contra la neutralidad —la neutralidad tiene un apoyo enorme—, sino sobre qué significa la neutralidad’, resume Fabio Wasserfallen, profesor de política europea en la Universidad de Berna y encuestador de LeeWas. Enfrente, la diputada liberal-verde Corina Gredig sostiene que la iniciativa ‘corre el riesgo de convertir la neutralidad en aislamiento’, y añade que ‘el aislamiento no es una gran estrategia de seguridad en este mundo’.

El texto que se vota es un candado. Si prospera, Suiza solo podrá aplicar sanciones económicas contra un tercer país si antes las avala el Consejo de Seguridad de la ONU, el órgano en el que Rusia tiene derecho de veto. Y quedará prohibida cualquier cooperación militar con una alianza tipo OTAN salvo que el país sufra un ataque o una amenaza inminente. Moscú ha respaldado la iniciativa sin disimulo.

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Un candado constitucional con la llave en Moscú

La campaña la sostiene Pro Schweiz, plataforma nacionalconservadora estrechamente vinculada al SVP, la derecha suiza, con el multimillonario y exconsejero federal Christoph Blocher como principal impulsor. El Consejo Federal, el Ejecutivo helvético, rechaza la propuesta, y todos los grandes partidos salvo el SVP también. Ni el Gobierno ni el entorno de Blocher respondieron a las peticiones de comentario.

Los sondeos publicados este mes conceden al ‘no’ alrededor de dos tercios de los votos. La distancia parece suficiente, pero el SVP ya ha rentabilizado el debate: ha convertido la neutralidad en el eje identitario de su discurso y ha obligado al resto de formaciones a definirse en el terreno que él eligió.

Suiza lleva dos siglos interpretando su neutralidad según le conviene: el referéndum no pregunta si el país es neutral, sino si renuncia a decidir cómo serlo.

La historia juega a favor de esa lectura elástica. Suiza rastrea su neutralidad hasta la derrota de Marignano en 1515, la vio reconocida por las potencias europeas en 1815 y la inscribió en su Constitución en 1848. Ni siquiera entonces fue un dogma rígido. El historiador Thomas Maissen recuerda que, tras la caída de Francia en 1940, el país quedó rodeado por las potencias del Eje y ‘no había una salida realista que no fuera ayudar al esfuerzo de guerra alemán’. ‘Era neutral en teoría, pero todo el mundo sabía que económicamente sostenía al Tercer Reich’, añade.

Los neutrales europeos ya no son lo que eran

sanciones Rusia

El modelo que defiende la iniciativa va en dirección contraria al resto del continente. Austria e Irlanda, los otros dos neutrales clásicos de la UE, elevan su gasto en defensa y buscan fórmulas de cooperación con la OTAN. Finlandia y Suecia rompieron su no alineamiento militar en 2022 y entraron en la Alianza. Berna sigue otra vía, pero no es la de la inmovilidad: desde 2025 participa en proyectos seleccionados de PESCO, el marco de defensa común de la UE, y ha intensificado su larga asociación con la OTAN —vinculada desde 1996 por el Programa de Asociación para la Paz— en poder aéreo, comunicaciones, espacio y resiliencia.

La propia estrategia de seguridad suiza, presentada este mes, describe un entorno ‘drásticamente deteriorado’ y reclama la compra de misiles de largo alcance y drones. El Ejecutivo sostiene que convertir la neutralidad en norma constitucional rígida ataría sus manos precisamente cuando el vecindario se vuelve más peligroso.

El Eje del Poder Europeo

Moscú tiene un interés evidente en el resultado y no lo esconde: cada fisura del frente sancionador europeo es oxígeno para su economía de guerra. La UE aprueba sus sanciones por unanimidad y ya conoce el precio de mantener esa unidad, porque Hungría lleva años usándola como palanca. Lo que se vote en los cantones añade una segunda vía de escape, esta vez fuera de los Tratados y fuera del alcance de la Comisión Europea. Para el eje franco-alemán, que lideró el régimen sancionador desde febrero de 2022, el problema no es retórico: Zúrich y Ginebra concentran buena parte del negocio global de materias primas, gestión de patrimonios y seguros, justo los canales que Bruselas vigila desde entonces. Los frugales del norte, con Países Bajos y Dinamarca a la cabeza, comparten la inquietud: cada agujero en la contabilidad de las sanciones encarece la credibilidad del conjunto. El precedente más claro está en 1990, cuando Berna se sumó a las sanciones económicas contra Irak sin que nadie considerase que rompía su estatus.

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España pierde poco en renta y mucho en reglas. Los grupos españoles con presencia bancaria, energética, y aseguradora en Suiza trabajan hoy con un marco previsible, alineado con Bruselas; si gana el ‘sí’, esa previsibilidad se rompe y aparecen los dobles cumplimientos. A eso se suma el interés de Madrid en la unidad sancionadora del Consejo: España ha defendido que las renovaciones se pacten rápido y con criterio técnico, y cualquier excepción ajena a la UE debilita esa posición frente a Budapest. En Madrid nadie espera un comunicado oficial sobre una consulta interna de un país tercero, pero el resultado se traducirá en más trabajo para la diplomacia económica española.

La lectura a cinco años admite dos escenarios. Si la iniciativa fracasa, la neutralidad suiza seguirá siendo elástica y el SVP volverá a la carga con una segunda pregunta: en noviembre, los mismos votantes decidirán si el país puede exportar armas a un grupo definido de 25 países, en su mayoría occidentales, aunque estén implicados en un conflicto abierto. Ahí un ‘sí’ estrecharía los lazos de Berna con Occidente y engordaría los ingresos de su industria de defensa. Si el domingo gana el ‘sí’, en cambio, Europa tendrá que aprender a convivir con una Suiza constitucionalmente incómoda, cómoda para Moscú y atada a una neutralidad que ni ella misma practicó con rigor. La neutralidad helvética ha sido un activo diplomático real; el error de la iniciativa es blindarla justo cuando su utilidad depende de la capacidad de adaptarse al vecindario.

El primer examen llega el domingo por la noche, con el recuento cantonal. El segundo, en noviembre. Entre ambos, Bruselas seguirá mirando de reojo a Zúrich: cada fisura en el frente sancionador se termina pagando en las mesas del Consejo.