Carles Puigdemont ha dejado de lado a Jordi Martí, el candidato de Junts a la Alcaldía de Barcelona, y asume que la capital catalana está perdida para los posconvergentes en las próximas elecciones municipales de 2027. Lo que no logró en las primarias —evitar que Martí sucediera a Xavier Trias— lo resolverá ahora con una estrategia de distanciamiento calculado: dejar que el heredero de Trias se estrelle solo.
Un líder que no confía en su candidato en Barcelona
Puigdemont no ha digerido bien la victoria de Martí en las primarias de Junts en la ciudad. Intentó bloquearlo por todos los medios: primero le ofreció salidas en el Congreso, el Senado, el Parlament e incluso en el sector privado a cambio de que retirase su candidatura. Luego impulsó el liderazgo de Josep Rius para disuadirlo, y finalmente presionó a las precandidaturas de Pilar Calvo y Glòria Freixa para que se unieran y restaran votos al concejal. El mismo domingo de los resultados, supo que los votos sumados de ambas rivales superaban a los de Martí y pensó que podría haber hecho más.
Desconfía de él por su amistad con Trias —con quien apenas se habla— y teme que Martí quiera diseñar una campaña a su gusto, sin las directrices de Waterloo. El expresident ve en Barcelona la plaza que puede arrastrar al resto de municipios en 2027, para bien o para mal. Las encuestas, cada vez más duras, le dan la razón.
Las encuestas que justifican el repliegue
Hace tres años, Junts logró una victoria histórica en la capital catalana con 11 regidores. Hoy los sondeos le auguran un máximo de cinco concejales, incluso con dos escaños más en juego. La irrupción de Aliança Catalana, que con el fichaje del convergente Jordi Aragonès podría superar a Junts, aleja cualquier posibilidad de gobierno municipal posconvergente. Puigdemont conoce estos números y, tras fracasar en sus intentos de reclutar a figuras como Artur Mas, Quim Forn o el empresario Tatxo Benet, decidió apostar por un perfil joven que pudiera construirse en la oposición a largo plazo. Pero la militancia blindó a Martí, validando su estilo moderado.
En la cúpula de Junts asumen ya que en el mejor escenario no pasarán de cinco regidores. Y, en privado, preparan el terreno para desvincularse del resultado: “Que se estrelle solo”, insinúan algunos dirigentes todavía dolidos porque el candidato ignoró las peticiones de la dirección. Las muestras de cariño han sido escasas: Puigdemont esperó al día siguiente para enviar un mensaje de texto discreto y evitó pronunciarse en X, ensanchando la brecha.
Puigdemont da por perdida Barcelona y prefiere que Martí asuma el coste en solitario. Es una decisión que rompe la unidad del partido en un momento en que cada voto en el Congreso cuenta para la estabilidad nacional.
Lo que perderá Junts —y lo que pierde Sánchez— si Barcelona deja de ser un feudo convergente
La erosión del poder municipal de Junts no es solo un drama local. Sus 7 escaños en el Congreso son imprescindibles para la mayoría del Gobierno de Pedro Sánchez. Si el partido sale debilitado de sus feudos urbanos, sus diputados pierden margen de presión y crece el riesgo de fracturas internas que compliquen negociaciones legislativas clave. Además, Aliança Catalana se consolida como alternativa de voto nacionalista, desdibujando la hegemonía posconvergente. Para Puigdemont, desmarcarse ahora de Martí es también blindar su propio liderazgo: si el batacazo es inevitable, mejor que el desgaste recaiga sobre el candidato que impuso la militancia y no sobre el líder de Waterloo.
La jugada tiene un coste evidente: enfría el ánimo de las bases y debilita la marca Junts en la ciudad que es escaparate para todo el ámbito metropolitano. Queda un año hasta los comicios y, en teoría, tiempo para que Puigdemont —que podría regresar a finales de 2026— haga suyo al candidato. Pero hoy, el líder posconvergente ya ha dibujado su hoja de ruta: Barcelona se da por perdida y el responsable, si llega la debacle, tendrá nombre y apellidos: Jordi Martí.
