El nuevo Libro blanco de Defensa de Japón, publicado este 10 de agosto, marca un punto de inflexión doctrinal al advertir de una ‘nueva era de crisis’ y al no descartar un conflicto armado en el Indo-Pacífico comparable a la invasión rusa de Ucrania. El documento, elaborado por el Ministerio de Defensa japonés, señala a Pekín como ‘el mayor desafío estratégico’ y vincula su creciente coordinación militar con Moscú a una amenaza directa para la seguridad regional.
Por qué Tokio habla ahora de una ‘nueva era de crisis’
La redacción del libro blanco de este año rompe con la contención habitual de los textos anteriores. Japón, una potencia pacifista constitucional desde 1947, utiliza por primera vez la expresión ‘nueva era de crisis’ para describir el entorno de seguridad y equipara explícitamente la situación en Asia Oriental con la guerra en Europa. El texto advierte de que ‘no se puede descartar que una situación grave similar a la agresión de Rusia contra Ucrania pueda ocurrir en el futuro en la región del Indo-Pacífico, especialmente en Asia Oriental’. No es una declaración retórica: es la traducción doctrinal de un rearme acelerado.
El principal señalado es China, cuyo gasto militar —que según el SIPRI se aproxima ya a los 300.000 millones de dólares anuales— y su cooperación con Rusia en ejercicios conjuntos inquietan profundamente en Tokio. Pero también se menciona a Corea del Norte como un vector inestable. El documento subraya que Pekín ‘representa el mayor desafío estratégico’ y que la profundización del eje Pekín-Moscú es una ‘tendencia alarmante’. En Moncloa.com hemos constatado que, incluso entre los aliados europeos, empieza a calar la idea de que un conflicto en el Indo-Pacífico arrastraría a la OTAN mediante el Artículo 5 si se viera implicado Estados Unidos.
La dependencia histórica de Tokio de la protección estadounidense se está agotando ante una amenaza que ya considera existencial.
El espejo ucraniano: drones, defensa litoral y producción industrial
Japón ha estudiado la guerra de Ucrania con lupa. El libro blanco de 2026 extrae lecciones claras: necesidad de sistemas de bajo coste, innovación en investigación y desarrollo, aumento de la producción y acopio de material. Para ello, Tokio está adquiriendo un gran número de vehículos no tripulados —aéreos, marítimos y submarinos— que enmarca en una nueva doctrina litoral denominada SHIELD (Defensa Litoral Sincronizada, Híbrida, Integrada y Reforzada, por sus siglas en inglés), cuyo despliegue completo está previsto para el año fiscal 2027. El objetivo es que las Fuerzas de Autodefensa puedan ‘asumir la responsabilidad principal de hacer frente a invasiones contra la nación, y perturbar y derrotar dichas amenazas con el apoyo de sus aliados’.
Eso sí, la industria de defensa nacional arrastra problemas. Empresas como Komatsu o Mitsui han reducido o abandonado su participación en el sector, lo que lastra la base industrial. Tokio espera que el aumento del gasto militar reactive ese tejido, pero al mismo tiempo necesita que esa innovación se adapte rápidamente a los cambios en el combate moderno. La cooperación internacional ofrece ya un resultado palpable: Australia ha seleccionado las fragatas de la clase Mogami mejorada como su futura plataforma de combate, un contrato que potencia la proyección exterior de la industria japonesa.
Equilibrio de Poder
El giro japonés reconfigura los tableros del Indo-Pacífico y tiene consecuencias directas para Europa y, por extensión, para España. La administración Trump, centrada en la competencia con China, verá con buenos ojos que Japón asuma más peso en su propia defensa. Pero la lectura estratégica es otra: una Japón más autónomo —con un presupuesto récord de 56.100 millones de dólares para el próximo año fiscal, ya presentado a finales de este agosto— reduce la dependencia del paraguas estadounidense y obliga a Washington a replantear su presencia avanzada. El investigador Grant Newsham, del Japan Forum for Strategic Studies, señalaba a Defense News que décadas de ‘dependencia patológica de los estadounidenses’ han lastrado la capacidad de combate real de la Fuerza de Autodefensa, y que la conciencia ucraniana aún no se ha traducido en una fuerza organizada para una guerra. Esa tensión entre el músculo presupuestario y la letra constitucional definirá la próxima década.
Para España y la UE, el mensaje es doble. Primero, la OTAN mira cada vez más al Indo-Pacífico, y el compromiso de los aliados europeos con la seguridad en la región —desde las misiones de vigilancia naval hasta la cooperación tecnológica— escalará en las próximas cumbres. Segundo, la apuesta japonesa por sistemas no tripulados y defensa litoral de bajo coste ofrece un modelo que Bruselas y Moncloa deberían estudiar con atención, especialmente para la protección de fronteras marítimas como las de Canarias y el Estrecho. La crisis del Sahel y el flanco sur no pueden hacer olvidar que la estabilidad del comercio global pasa por Taiwán y el mar de China Meridional.
A medio plazo, la evolución del eje Pekín-Moscú —cada vez más militarizado y con ejercicios conjuntos en el Pacífico— pondrá a prueba la capacidad de disuasión de la alianza Japón-EE.UU. y, por arrastre, del conjunto de la OTAN. La ‘nueva era de crisis’ que proclama Tokio no es un ejercicio de prospectiva: es la constatación de que el equilibrio de poder en Asia ya se ha roto. La pregunta es si Occidente está dispuesto a pagar el precio de restaurarlo.

