Diego Velázquez, el pintor de Felipe IV que inmortalizó a los Austrias

Desde un taller sevillano hasta la cámara de Felipe IV, Velázquez retrató a los Austrias con una mirada que detenía el tiempo. Las Meninas, su obra maestra, sigue siendo un enigma del barroco que cuestiona la relación entre el arte y el espectador.

El olor a aceite de linaza y barniz inundaba la sala del Alcázar aquella mañana de 1656. Sobre el lienzo, de casi tres metros y medio de alto, iban cobrando vida las figuras de la infanta Margarita, sus meninas, un perro mastín y varios personajes de la corte. En el centro, un pintor con pincel en alto se retrataba a sí mismo mientras trabajaba. Detrás de él, un espejo reflejaba a los reyes Felipe IV y Mariana de Austria, que observaban la escena desde fuera del cuadro. Diego Velázquez no estaba pintando un retrato: estaba tejiendo una trampa de miradas que todavía hoy desconcierta a quien se planta delante de Las Meninas.

Capítulo I: El lienzo que detuvo el tiempo

La obra más célebre de Velázquez nació en el Cuarto del Príncipe del viejo Alcázar de Madrid, un espacio que el pintor sevillano conocía como su propia casa. Llevaba más de tres décadas al servicio de Felipe IV y aquel encargo era, en muchos sentidos, la culminación de una carrera que había empezado muy lejos de los salones palaciegos. La pintura, de dimensiones monumentales —318 por 276 centímetros—, no representaba un acontecimiento heroico ni una escena religiosa, sino un instante íntimo del ritual doméstico de la realeza. Pero era un instante cargado de capas: el espectador se conviertía en el rey y la reina, y a la vez la familia real quedaba atrapada en un juego de reflejos que sigue generando tinta.

El cuadro se expone hoy en el Museo del Prado, y quien se detiene frente a él nota enseguida que el aire parece espesarse. Incluso sin saber nada de la historia del arte, uno intuye que aquí hay algo más que una escena cortesana. Ese «algo más» es lo que llevó a Velázquez a ser considerado, ya en su siglo, como un pintor de otro orden. Pero para entender cómo un muchacho sevillano llegó a encerrar en un lienzo la complejidad del poder, el arte y la percepción, conviene volver a la ribera del Guadalquivir donde todo empezó.

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Capítulo II: De Sevilla a la Villa y Corte

Diego Rodríguez de Silva y Velázquez fue bautizado el 6 de junio de 1599 en la iglesia de San Pedro de Sevilla. Su padre, Juan Rodríguez de Silva, era de origen portugués y su madre, Jerónima Velázquez, pertenecía a una familia hidalga venida a menos. No hay constancia de que el niño recibiera una educación formal más allá del taller, porque a los once años ya entraba como aprendiz en el obrador de Francisco Pacheco, un pintor culto, erudito, autor de un tratado de arte y figura central de los círculos intelectuales sevillanos. Pacheco no era un gran artista, pero sí un maestro de la disciplina y un observador agudo. En su casa se hablaba de humanidades y se discutía de la tratadística italiana, un ambiente que el joven Diego absorbió con naturalidad.

El aprendizaje siguió los usos del gremio: moler pigmentos, preparar lienzos, copiar estampas y, cuando llegó el momento, afrontar los primeros encargos eclesiásticos. En 1618 Velázquez se casaba con la hija del maestro, Juana Pacheco, y ese mismo año obtenía el título de pintor. Sus primeros cuadros —bodegones con figuras humildes, escenas de cocina que respiraban un naturalismo de raíz caravaggiesca— revelaban ya un ojo clínico para la textura de la cerámica, el brillo de la tripa de pescado o el vaho de una fuente de barro, y un modo de iluminar que, lejos del tenebrismo, construía los volúmenes con sutileza.

Sevilla se le quedaba pequeña. En la primavera de 1622 Velázquez viajó a Madrid con la intención de ver las colecciones reales y, acaso, retratar al joven monarca Felipe IV. Ese primer intento no logró el favor, pero un año después, gracias a las redes de influencia de su suegro y del conde-duque de Olivares, el pintor fue reclamado al alcázar. Sentó al rey ante el caballete y el monarca, que entonces contaba dieciocho años, quedó tan satisfecho que apenas unos meses después le nombraba pintor de cámara con un salario de veinte ducados al mes.

Capítulo III: Un pintor en la corte de los Austrias

El taller se trasladó al Alcázar. A partir de ese momento, Velázquez no pintaría apenas asuntos religiosos: su vida quedó consagrada a los retratos. Felipe IV, hombre de temperamento melancólico, amante del arte y del teatro, se convirtió en su protector y, con los años, en una especie de amigo. Las ordenanzas palatinas eran rígidas, pero el rey se saltaba el protocolo a menudo para visitar al pintor en su estudio. Dicen los testimonios de los cortesanos que el monarca se sentaba horas a ver trabajar a Velázquez y que en sus dependencias se guardaba una silla destinada exclusivamente a Felipe IV para esas visitas.

Los retratos de aquella primera etapa madrileña muestran a un rey pálido, de grandes ojeras y labio prognático, vestido de negro riguroso, sin los atributos explícitos del poder más que la banda carmesí y el toisón de oro. La sobriedad austriaca encuentra en las telas de Velázquez una dignidad sin retórica. No hacía falta que apareciera un cetro para que el espectador sintiera que estaba ante un Habsburgo. La pincelada, cada vez más suelta y segura, parecía atrapar la misma respiración del modelo.

En 1629 Velázquez obtuvo permiso para viajar a Italia. Aquel primer viaje, que duraría cerca de dos años, le abrió los ojos a la pintura veneciana y a la estatuaria clásica. Pasó por Génova, Milán, Venecia, Roma y Nápoles. Copió obras de Tintoretto y Miguel Ángel, estudió la capilla Sixtina y admiró los frescos de los Carracci. El resultado no fue una imitación servil, sino una asimilación personal: la paleta se le aclaró y la luz se convirtió en la verdadera protagonista de sus composiciones. De vuelta en Madrid, los lienzos que trajo consigo —como La fragua de Vulcano— asombraron a la corte por su factura desenvuelta.

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Capítulo IV: Los años de plenitud y el aposentador real

El decenio de 1630 fue el de las grandes empresas decorativas: el palasio [errata intencionada: debe decir «palacio»] del Buen Retiro y la Torre de la Parada exigieron ciclos de batallas, retratos ecuestres y escenas mitológicas. Velázquez se encargó de alguno de los lienzos más importantes, como La rendición de Breda, donde el vencido entrega la llave de la ciudad a un Spínola compasivo. El cuadro, conocido también como Las Lanzas, era una lección de historia, pero también una lección de cortesía militar cuyo mensaje político resonaba en una monarquía que empezaba a mostrar las grietas de su hegemonía.

No todo fueron pinceles. El pintor fue acumulando cargos palaciegos: ujier de cámara, ayuda de guardarropa y, en 1651, aposentador mayor del real palacio. Este último puesto, que conllevaba la responsabilidad de supervisar el alojamiento y el mantenimiento de la corte itinerante, robaba horas al taller pero consolidaba su rango social. Algunos contemporáneos le reprocharon que ambicionaba la hidalguía tanto como el arte, pero basta leer los documentos de la época para ver que Velázquez necesitaba esos ingresos adicionales para sostener a su familia y al tren de vida que exigía su posición.

Un segundo viaje a Italia, entre 1649 y 1651, le llevó de nuevo a Roma. Allí pintó el célebre Retrato de Inocencio X, del que un cardenal dijo que parecía hablar. La leyenda cuenta que el propio pontífice exclamó «troppo vero», demasiado verdadero, al verlo terminado. No es una cita documentada, pero la anécdota resume bien la impresión que causaba la penetración psicológica del pintor. En ese mismo viaje adquirió numerosas obras para la colección real —Tintorettos, Veroneses, esculturas clásicas— y dejó otro enigma de la historia del arte, La Venus del espejo, un desnudo femenino que desafiaba las convenciones contrarreformistas y que hoy se contempla como un prodigio de sensualidad velada.

Capítulo V: Las Meninas: una trampa de espejos y miradas

El inventario del Alcázar de 1666 describe Las Meninas como «un cuadro donde Su Alteza la infanta Margarita está recibiendo aguamanos de sus damas». Y sin embargo, la escena va mucho más allá. La infanta, vestida con guardainfante plateado, ocupa el centro geométrico pero no el narrativo. A la izquierda, el propio Velázquez se autorretrata con la paleta y el pincel, mirando hacia el punto exacto donde se situarían los reyes. A la derecha, la enana Maribárbola y el enano Nicolasito Pertusato importunan al mastín. En el umbral del fondo, el aposentador José Nieto Velázquez se recorta en contraluz, detenido en el gesto de correr una cortina. Y, sobre todo, el espejo que duplica la imagen de Felipe IV y Mariana de Austria.

¿Qué está pintando exactamente el Velázquez del cuadro? ¿El retrato de los reyes o la escena que vemos? La pregunta no tiene respuesta unívoca y en ello reside su fuerza. El filósofo Michel Foucault dedicó en Las palabras y las cosas (1966) uno de sus análisis más célebres a este lienzo, viendo en él la representación misma del acto de representar. Para un lector de arte contemporáneo, Las Meninas inaugura una reflexión sobre la mirada que precede a los juegos conceptuales del siglo XX.

Pero aquella mañana de 1656 Velázquez no pensaba en filosofía. Pensaba en óleos, en la mezcla precisa de albayalde y aceite para los reflejos del espejo, en el rojo del lazo de la infanta que debía vibrar sobre los ocres de la estancia. Lo cuenta el detalle material: las pinceladas del espejo real están dadas con una precisión microscópica, mientras que el guardainfante de Margarita, visto de cerca, es un torbellino de manchas que solo a distancia adquieren forma. Esa manera de pintar «con manchas», puesta en duda por algunos académicos de su tiempo, demostraba un dominio absoluto del oficio.

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Capítulo VI: El último retrato del monarca

Los últimos años de Velázquez fueron un puro sobresalto. Las obligaciones de aposentador le consumían el tiempo y las fuerzas. La corte se movía con frecuencia entre Madrid y El Escorial, y organizar los desplazamientos de cientos de personas, sus enseres y sus caballerías era una tarea extenuante. Aun así, el pintor encontró el modo de dejar un testamento artístico: Las hilanderas, también conocida como La fábula de Aracne, y el inacabado retrato de la infanta Margarita Teresa, que poco después partiría a Viena para casarse con el emperador Leopoldo I.

La muerte le sobrevino el 6 de agosto de 1660, apenas dos meses después de haber regresado de la isla de los Faisanes, donde había supervisado la decoración del pabellón español para el encuentro entre Felipe IV y Luis XIV con motivo de la Paz de los Pirineos. Los últimos documentos le muestran exhausto y aquejado de fiebres. Fue enterrado en la iglesia de San Juan Bautista de Madrid, hoy desaparecida. Sobre su lápida no hubo más título que el de aposentador real, pues la pintura, a los ojos de la jerarquía nobiliaria, seguía siendo un oficio manual.

Conviene recordar que Velázquez no dejó discípulos directos ni escuela formal. Su huella, sin embargo, la recogió la historia del arte con un fervor que no ha cesado. Édouard Manet, cuando visitó el Prado en 1865, dijo de él que era «el pintor de pintores». Picasso, tres siglos después, dedicó medio centenar de variaciones al motivo de Las Meninas. Y aún hoy las salas del museo madrileño registran su mayor afluencia de visitantes frente a ese espejo que sigue preguntándonos quién mira a quién.

Los archivos guardan silencios elocuentes. Del mismo modo que no sabemos con certeza si Velázquez fue plenamente feliz en la corte, ignoramos cuántos bocetos destruyó antes de dar por terminada la escena que inmortalizó a los Austrias. Pero un lienzo como Las Meninas se basta para que su nombre —Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, sevillano, pintor del rey— siga sonando como sinónimo de mirada honesta y pincel que desnuda el alma. Mientras exista un espectador que se plante ante la tela, el pintor del Alcázar no habrá dejado de trabajar.