Negociaciones nucleares EE.UU. Irán: dilución de uranio al 60% y rol de Rusia

Las conversaciones sobre el programa nuclear iraní encallan en la dilución de 400 kg de uranio enriquecido al 60%. El plazo límite es el 16 de agosto y Rusia podría intervenir bajo supervisión de la OIEA.

Teherán y Washington han entrado en la fase más delicada de las negociaciones sobre el programa nuclear iraní: qué hacer con los 400 kilos de uranio enriquecido al 60% que Irán acumula, y cómo diluirlos antes del 16 de agosto sin que la desconfianza mutua descarrile todo el proceso. El memorando de Islamabad, firmado bajo la mediación de Pakistán y Qatar, abrió una ventana diplomática frágil, pero dejó el nudo nuclear para una segunda ronda que ahora encara su escollo más técnico y políticamente explosivo.

El dilema de la dilución: una operación de alto riesgo técnico y político

La cifra es todo menos simbólica. Irán posee cerca de 400 kilogramos de uranio enriquecido al 60%, un material que está a un paso del umbral armamentístico del 90%. El memorando de Islamabad establece que ese stock debe diluirse bajo supervisión de la OIEA (Organismo Internacional de Energía Atómica), pero no especifica plazos ni el nivel final de enriquecimiento. El director del Center for Energy and Security de Moscú, Anton Khlopkov, ha advertido en una entrevista con Kommersant que, aunque la tecnología de dilución es conocida, Irán carece de experiencia a la escala necesaria. “Solo un puñado de países tiene práctica real en esto”, subraya.

Rusia, con su histórico programa de dilución de 500 toneladas métricas de uranio altamente enriquecido procedente de excedentes de defensa, dispone de la pericia que podría necesitar Teherán. Khlopkov sugiere que, si los problemas técnicos afloran, expertos rusos podrían prestar asistencia, siempre que las partes implicadas estén dispuestas. La OIEA ya recurre a inspectores rusos con experiencia en su programa de apoyo a las salvaguardias, así que la vía operativa existe. El verdadero interrogante es si Washington aceptará una supervisión en la que Moscú asuma un papel, aunque sea técnico, en un expediente tan sensible.

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El destino final del uranio diluido determinará el grado de enriquecimiento aceptable. Irán podría utilizar el material para alimentar el Reactor de Investigación de Teherán, un modesto reactor de 5 MW que funciona con combustible al 20%, o destinarlo a otros proyectos civiles. La alternativa —usarlo en la central de Bushehr— queda descartada, porque Rosatom ya suministra el combustible completo y las características isotópicas no lo permiten. Así pues, la negociación debe decidir no solo cuánto se diluye, sino con qué propósito, abriendo de nuevo la discusión sobre el derecho iraní al enriquecimiento.

Los 60 días imposibles: la presión de Trump y el recuerdo del JCPOA

El memorando da un plazo de 60 días, hasta el 16 de agosto, para cerrar el capítulo nuclear. Para los analistas, es un horizonte que roza lo quimérico. Khlopkov recuerda que las negociaciones del JCPOA, el acuerdo de 2015, se prolongaron años y produjeron un texto de más de cien páginas. La administración Trump, sin embargo, es “incapaz de concluir acuerdos largos repletos de detalles técnicos”, según el experto ruso, y el equipo negociador estadounidense carece de especialistas en enriquecimiento de uranio. Mediar con Pakistán, que posee esa tecnología pero no es parte del Tratado de No Proliferación (TNP), añade otra capa de complejidad jurídica.

La dilución de uranio iraní no se resolverá con plazos de calendario; dependerá de cuánto esté dispuesto Washington a ceder en sanciones y reconocimiento de derechos.

La estrategia iraní, de hecho, parece apuntar a una ejecución gradual. En los primeros días de implementación del memorando, Teherán ya ha mostrado su intención de diluir por etapas, condicionando cada paso a que Estados Unidos cumpla su parte del trato. La máxima trumpista de “primero las concesiones, después el pago” no está funcionando, advierte Khlopkov. Irán quiere ver movimiento en las sanciones antes de tocar su stock de uranio de alta ley. Es una partida de ajedrez en la que el tiempo corre a favor de quien resiste la presión.

El recuerdo de los bombardeos estadounidenses e israelíes sobre infraestructuras nucleares iraníes sigue vivo. Khlopkov descarta la retórica trumpista de que Irán quedó reducido a “polvo nuclear” y sostiene que el país ha preservado buena parte de su material fisible y de su conocimiento técnico. Precisamente por eso la dilución es una cuestión de confianza, no solo de química.

Equilibrio de Poder

El tablero nuclear iraní es muchas cosas al mismo tiempo: un test para la credibilidad de Trump como negociador, una oportunidad para que Rusia recupere influencia en Oriente Medio a través de la vía técnica, y un termómetro del riesgo de escalada en el Golfo. Si el acuerdo fracasa, la probabilidad de nuevos ataques sobre instalaciones iraníes —con la consiguiente interrupción del tráfico en el estrecho de Ormuz— se dispara, y con ello el precio del crudo. Si triunfa, marcaría un precedente de no proliferación negociada que contrasta con la salida unilateral de Washington del JCPOA en 2018.

Para España, la crisis tiene varios ángulos. El más evidente es energético: un repunte de las tensiones en el Golfo Pérsico lastraría el suministro de petróleo y elevaría los costes de importación. Pero hay otro menos obvio y más estructural: el modo en que se resuelva la dilución del uranio iraní sentará jurisprudencia para futuros programas nucleares en la vecindad sur. Marruecos desarrolla capacidad nuclear con fines civiles, y Argelia mira con atención cualquier acuerdo que flexibilice la interpretación del TNP. La posición española, tradicionalmente alineada con el consenso europeo, podría necesitar matices propios si Rabat intensifica sus ambiciones.

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El papel de la OIEA, mientras tanto, se fortalece sin hacer ruido. El acuerdo de salvaguardias vigente con Irán ya cubriría las operaciones de dilución, por lo que no sería necesario un nuevo marco legal, pero la Agencia necesitará recursos adicionales si quiere supervisar una operación de esta envergadura. La UE, que financió buena parte del sistema de verificación del JCPOA, observa desde la barrera, sin un interlocutor claro dentro del equipo negociador estadounidense.

El precedente histórico que conviene no olvidar es el programa ruso-estadounidense “Megatones a Megavatios”, que diluyó uranio de grado armamentístico para uso civil durante dos décadas. Aquel proceso demostró que la cooperación técnica es posible incluso entre viejos adversarios. La cuestión ahora es si Washington, bajo el mandato de un presidente que equipara diplomacia con transacción, está dispuesto a ceder el espacio operativo necesario para que la dilución funcione. Porque sin supervisión fiable, los 400 kilos de uranio al 60% seguirán siendo, en los despachos de inteligencia, mucho más que un problema técnico.

El 16 de agosto es la fecha que aparece en todos los calendarios, pero la experiencia dice que las prórrogas en este tipo de negociaciones son casi una tradición. Lo determinante no será si se cumple el plazo, sino si se logra articular un mecanismo creíble que impida que el uranio iraní cruce la línea roja. Y eso, hoy, sigue sin estar escrito.