EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? El administrador de la NASA, Jared Isaacman, ha confirmado que Estados Unidos y China compiten por regresar a la Luna, con aterrizajes previstos para 2028 y 2029, respectivamente.
- ¿Quién está detrás? La NASA lidera la misión Artemis para devolver humanos a la superficie lunar, mientras Pekín avanza con su programa de exploración y su alianza con Rusia (ILRS).
- ¿Qué impacto tiene? La Luna se convierte en el nuevo tablero geoestratégico: el país que establezca primero una base permanente dictará las reglas de la minería espacial y de las comunicaciones en el espacio profundo, con enormes implicaciones económicas y de defensa.
La nueva carrera espacial ya está en marcha, y no es ciencia ficción. El administrador de la NASA, Jared Isaacman, lo ha dejado claro en una entrevista con el programa ‘Face the Nation’ de la CBS: Estados Unidos y China compiten por ser los primeros en pisar la Luna dos décadas después de que el último astronauta del programa Apolo abandonara el satélite. Isaacman fija el aterrizaje estadounidense para finales de 2028 y el chino para 2029, apenas meses de diferencia. “Eso son meses, no años”, subrayó.
Lo que está en juego va mucho más allá de una huella en el polvo lunar. La Casa Blanca quiere establecer una base permanente antes de que termine la década, y Pekín, aunque oficialmente rechace la idea de una contienda, mueve sus piezas a velocidad de vértigo. El propio Isaacman admite que el programa chino avanza “a velocidades increíbles” y que el aterrizaje de sus taikonautas “no hay duda de que ocurrirá”. La pregunta es si Washington llegará antes y, sobre todo, si lo hará con capacidad de permanecer.
Los plazos que barajan Washington y Pekín
La misión Artemis ya logró un vuelo tripulado alrededor de la Luna en abril de 2026, y la NASA planea completar el aterrizaje tripulado en 2028. Para entonces, la agencia quiere tener sobre el terreno una infraestructura básica: un vehículo todoterreno lunar y el embrión de lo que será la base. “A principios de la década de 2030, la Luna se parecerá a la Estación Espacial Internacional”, vaticinó Isaacman, “con tripulaciones pasando periodos prolongados mientras aprendemos en ese entorno y nos preparamos para Marte”.
China, por su parte, ha fijado el horizonte de 2029 para su primer alunizaje tripulado. Pero la gran baza de Pekín es el proyecto ILRS (International Lunar Research Station), firmado con Rusia en 2021. Ambos países planean construir una central eléctrica en la Luna durante los próximos diez años que alimente una base permanente. Mientras la NASA está legalmente impedida de colaborar con China por la Enmienda Wolf de 2011, el eje Moscú-Pekín avanza sin las ataduras legislativas que frenan a Washington.
La paradoja es evidente. El único país que ha llevado humanos a la Luna seis veces ve cómo su ventaja histórica se diluye ante un competidor que apenas empezó su programa tripulado en 2003. Isaacman lo verbaliza con crudeza: “Estados Unidos está muy metido en una carrera espacial contra China”. Y los calendarios no dejan margen para el error.
De hecho, la diferencia de unos pocos meses podría determinar quién dicta las reglas de uso de los recursos lunares. Helio-3, minerales raros y agua congelada en los polos son algunos de los premios sobre la mesa. La potencia que instale primero una base con capacidad de extracción y procesamiento tendrá una ventaja económica y militar difícil de remontar.
Controlar el satélite no es un capricho: es la llave para la minería espacial y el nodo de comunicaciones del espacio profundo durante las próximas décadas.
Mientras tanto, Bruselas observa la competición con cierta impotencia. La Agencia Espacial Europea (ESA) participa en Artemis como socio, pero carece de un programa lunar independiente. Para Europa, y especialmente para España, el resultado de esta pugna definirá dónde se coloca la próxima generación de contratos industriales. Empresas como Airbus Defence and Space o la española GMV dependen de que la colaboración transatlántica se mantenga sólida.
La administración Trump, con su enfoque transaccional, exige resultados rápidos. Si Artemis se retrasara más allá de 2028, podría reasignar fondos hacia otros teatros, como el Indo-Pacífico. Isaacman, que responde directamente a la Casa Blanca, sabe que el reloj corre y que cualquier tropiezo será interpretado por Pekín como una ventana de oportunidad.
Equilibrio de Poder
La nueva carrera lunar reedita, con actores distintos, la pugna que enfrentó a soviéticos y estadounidenses en los años sesenta. Pero ahora el tablero es mucho más complejo. Entonces se trataba de prestigio e ingeniería; hoy están en juego materias primas críticas, comunicaciones cuánticas y la capacidad de proyectar fuerza más allá de la órbita terrestre. Washington, Moscú y Pekín entienden que quien controle la Luna podrá negar el acceso a un rival, y ese es un escenario que la OTAN no ha contemplado en su doctrina de defensa espacial.
Para España, el impacto es directo. Nuestro país alberga uno de los centros de la ESA más activos en navegación por satélite (ESAC, en Villanueva de la Cañada) y cuenta con un tejido de pymes aeroespaciales que dependen de la continuidad de Artemis y de los programas europeos. Si Estados Unidos se impone, la industria española se beneficiará de la inercia transatlántica; si China toma la delantera, Bruselas podría verse forzada a acelerar su propio programa lunar, algo para lo que hoy no tiene presupuesto ni consenso político.
La alianza Moscú-Pekín en el ILRS añade una capa de incertidumbre. Rusia aporta décadas de experiencia en estaciones espaciales, mientras China pone la capacidad financiera e industrial. Aunque la guerra en Ucrania ha mermado los recursos rusos, su implicación en el programa lunar sigue siendo firme. Si el eje euroasiático logra instalar una base operativa antes que Artemis, la posición negociadora de la UE en futuros tratados sobre el espacio se debilitará drásticamente.
Desde Moncloa y el Ministerio de Defensa se observa la situación con atención, aunque sin capacidad de influir directamente. El gasto en defensa espacial en España sigue siendo residual comparado con los grandes actores. Pero la decisión de Trump de fijar el 5% del PIB en defensa puede arrastrar a los socios de la OTAN a invertir más en vigilancia y comunicaciones satelitales, un área donde nuestro país tiene margen de crecimiento si se priorizan los fondos adecuados.
La historia reciente ofrece un precedente inquietante. En 2019, la India destruyó uno de sus propios satélites con un misil antisatélite, demostrando que el espacio ya no es un santuario. Si la Luna se convierte en un escenario de tensión militar, los acuerdos Artemis que Washington está impulsando podrían fracturarse. La Enmienda Wolf, que prohíbe la colaboración bilateral con China, es un lastre diplomático que Isaacman no menciona pero que condiciona cada movimiento. Mientras, Pekín repite que “el espacio no es un escenario para la competencia entre grandes potencias”, pero sus hechos desmienten el discurso.
El próximo hito será el lanzamiento de la misión Artemis III, previsto para 2027. Si la NASA no cumple el calendario, el título de “primera base lunar” podría llevar bandera china. Y eso, en la geopolítica del siglo XXI, cambiaría todas las ecuaciones.

