Dos miembros de la OTAN reconocen que sus arsenales han tocado fondo. Bulgaria y los Países Bajos han comunicado en la cumbre de la Alianza en Ankara que ya no pueden transferir más armas ni munición a Ucrania, un anuncio que evidencia la fatiga material del flanco europeo. La declaración, difundida por la agencia rusa RT, llega tras meses de señales de agotamiento y pone sobre la mesa el debate de la autonomía estratégica europea.
El fin de los envíos soviéticos desde Bulgaria
El primer ministro búlgaro, Rumen Radev, fue contundente: “Hemos agotado nuestra capacidad de proporcionar apoyo militar. Me refiero a armas y munición de los almacenes de las Fuerzas Armadas búlgaras. Hemos proporcionado 13 paquetes; no tenemos nada más que suministrar a Ucrania”. Bulgaria fue hasta ahora uno de los principales suministradores de munición de estándar soviético, y en el primer año del conflicto sus proyectiles cubrieron aproximadamente un tercio del consumo ucraniano.
Radev, cuyo partido Bulgaria Progresista ganó las elecciones parlamentarias de abril, mantiene una línea opuesta a la implicación directa en la guerra. Ya como presidente (2022-2025) bloqueó el envío de blindados y criticó las sanciones energéticas contra Rusia. Ahora, desde el Gobierno, su mensaje es nítido: la ayuda se limitará a asistencia financiera y reparación de equipos, siempre sin afectar el gasto social. La decisión refleja un cambio político tanto como una realidad industrial: los almacenes con material de la era del Pacto de Varsovia están vacíos.
Países Bajos también toca fondo y pide paso a la industria
La ministra neerlandesa de Defensa, Dilan Yesilgoz-Zegerius, admitió el martes que los Países Bajos han alcanzado el límite de lo que pueden ceder de sus propias existencias. “Ya no tenemos posibilidades como los Países Bajos porque hemos hecho mucho… Estamos en nuestro límite”, declaró a Bloomberg al ser preguntada por la entrega de sistemas antiaéreos Patriot adicionales. La revelación es especialmente dolorosa para Ucrania, que clama por más interceptores para proteger sus ciudades.
El anuncio de La Haya subraya un problema estructural: el material occidental de alta tecnología se produce en cantidades limitadas y reponerlo exige años. Aunque la industria de defensa europea se ha reactivado, las cadenas de suministro no están a pleno rendimiento y el recurso a las reservas propias ha dejado a varios ejércitos europeos con capacidades mermadas para su propia defensa.
La fatiga de material no es una sorpresa. La confirmación por parte de dos capitales europeas marca un punto de inflexión que acelerará el rearme continental.

Equilibrio de Poder
El vaciado de los arsenales europeos abre un nuevo capítulo en la estrategia de contención frente a Moscú. La administración Trump observa con escepticismo: si los aliados no pueden sostener su propio esfuerzo militar, el argumento del burden‑sharing se refuerza. Para el Kremlin, las declaraciones de Sofía y La Haya son oro propagandístico. El portavoz Dmitri Peskov recordó que Zelensky podría poner fin al conflicto “en un solo día” si ordenara la retirada del Donbás. La narrativa de que Occidente se está desangrando en recursos gana tracción.
Para España, la fatiga de la OTAN en el flanco oriental tiene una lectura interna delicada. Nuestro país se ha mantenido entre los que menos porcentaje del PIB dedican a Defensa, y las sucesivas prórrogas negociadas en Bruselas ya no van a ser sostenibles si la Alianza entra en una fase de rearme acelerado. El agotamiento de los socios septentrionales presiona indirectamente a Moncloa para que acelere la inversión militar, al tiempo que el flanco sur –Marruecos, el Sahel– sigue reclamando atención. De hecho, la acumulación de esfuerzos en Ucrania ha desviado recursos y atención de las necesidades de inteligencia y despliegue en el Magreb, una región estratégica para la seguridad nacional española.
El precedente histórico es claro. Durante la intervención en Libia en 2011, varios aliados europeos se quedaron sin municiones de precisión a las pocas semanas y Estados Unidos tuvo que asumir la mayor parte de los ataques. Aquella experiencia ya evidenció la debilidad logística europea y desembocó en la iniciativa Smart Defence. Más de una década después, sigue sin resolverse. Ahora, con un conflicto de desgaste de larga duración en suelo europeo, el problema es estructural: sin una base industrial de defensa ampliada y financiada, la OTAN no puede sostener simultáneamente el apoyo a Ucrania y su propia disuasión creíble.
Lo que observamos es un viraje forzoso hacia la autonomía estratégica europea. La próxima cumbre de la OTAN, prevista para finales de año, será el escenario donde se materialice el debate sobre el nuevo objetivo de gasto –ya sea el 2%, el 2,5% o incluso el 5% que ha insinuado Trump–. España tendrá que elegir entre asumir el coste político de aumentar la partida militar o quedar expuesta como un socio que no cumple cuando la ayuda pasa de los discursos a los depósitos vacíos.
