Lagarde (BCE) respalda a España: la deuda conjunta europea llega al Eurogrupo

La presidenta del BCE califica de 'estupenda' la propuesta española para emitir deuda conjunta europea de hasta 850.000 millones al año. Países Bajos y Finlandia mantienen su veto frontal, pero Lagarde insta a 'analizar riesgos' sin bloqueos y recuerda el éxito de la deuda pandém

Christine Lagarde, la presidenta del Banco Central Europeo (BCE), ha bendecido la propuesta española de emitir deuda conjunta europea, presentada ayer en el Eurogrupo por el vicepresidente primero y ministro de Economía, Carlos Cuerpo. La jefa del BCE, en una entrevista con Euronews emitida ayer, calificó la iniciativa de ‘estupenda’ y la señaló como el punto de partida para un debate largamente pospuesto.

La propuesta de España —que recibe el nombre de Mecanismo Soberano Europeo— permitiría a la Comisión Europea emitir hasta 850.000 millones de euros al año, alcanzando un volumen en circulación de cinco billones en un plazo de cinco años. El diseño, al que ha tenido acceso Europa Press, prevé que la Comisión traslade los recursos a los Estados miembros mediante préstamos, sin aumentar el endeudamiento agregado. Según el documento, se trataría de crear un activo seguro de referencia, capaz de competir con los bonos del Tesoro estadounidense. Lagarde lo ha defendido abiertamente: «Porque para tener un mercado de capitales fuerte, dinámico y profundo, que es algo que todos deseamos, o al menos eso dicen todos, también necesitamos un activo europeo».

Un respaldo de Fráncfort que rompe el silencio habitual

El espaldarazo de Lagarde no es habitual. La presidenta del BCE rara vez comenta las propuestas fiscales de los socios antes de que se sometan a votación, pero en esta ocasión ha querido marcar el paso. La francesa no solo aplaudió la iniciativa, sino que recordó la «gran acogida» que tuvo la deuda conjunta emitida durante la pandemia, cercana también a los 800.000 millones de euros, como demostración de que el mercado responde bien a estos instrumentos. «Para operar en el mercado de capitales son necesarias profundidad, liquidez y atraer los ahorros de Europa», argumentó.

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Detrás de la inusual intervención subyace un diagnóstico que el BCE comparte con Washington y con buena parte de los inversores globales: la Eurozona carece de un activo libre de riesgo unificado que pueda servir de refugio y competir con los treasuries. La dependencia del dólar penaliza la autonomía financiera de la Unión, y los mercados de deuda nacionales, fragmentados en veinte emisores, resultan poco líquidos para los grandes fondos internacionales. Lagarde ve en la propuesta española una oportunidad para corregir esa debilidad estructural.

Sin embargo, la presidenta también fue realista: «El diablo está en los detalles», advirtió. Y no le falta razón. Aunque muchos líderes europeos repiten la necesidad de un mercado de capitales más profundo, la mutualización de la deuda toca fibras sensibles. Lo comprobó ayer en la Eurocámara oficiosa del Eurogrupo: la propuesta chocó de inmediato con el veto de Países Bajos y Finlandia, dos de los países más celosos de la responsabilidad fiscal individual. Ambos bloquearon, según fuentes comunitarias, cualquier posibilidad de avanzar sin un consenso previo que, hoy por hoy, no existe.

Lagarde lo ha dicho: «el diablo está en los detalles». Pero en el Eurogrupo, ni siquiera se ha llegado a los detalles: la puerta se ha cerrado antes de abrirla.

Los frugales, en guardia: del «no» a matizar los riesgos

La posición de Países Bajos y Finlandia no sorprende. Durante la crisis de la deuda soberana de 2010-2012, el eje del norte —liderado entonces por Berlín y La Haya— rechazó los eurobonos como línea roja. Solo la emergencia del Covid-19 logró romper ese tabú con el programa SURE y el fondo Next Generation, instrumentos temporales y condicionados a reformas. Ahora, con la regla fiscal de nuevo activada y el semestre europeo (el ciclo de supervisión presupuestaria) funcionando a pleno rendimiento, los frugales ven la propuesta como un intento de mutualizar deuda de forma permanente sin contrapartidas políticas claras.

Sin embargo, Lagarde ha querido cambiar el tono del debate. En lugar de un «no» rotundo, pidió a los líderes europeos que analicen «qué riesgos son excesivos» y que estudien la propuesta sin bloquearla de entrada. «Las circunstancias han cambiado», subrayó, y eso «debería llevar a los líderes de los distintos Estados miembros a considerar y abordar sus preocupaciones». La sútil diferencia entre vetar y discutir con condiciones es precisamente lo que España buscaba al poner su plan sobre la mesa del Eurogrupo.

El texto, de hecho, incluye un blindaje contable: el incremento de la deuda de la Comisión no computaría como deuda nacional, y los préstamos mantendrían el mismo rating que el activo europeo conjunto. Con ese diseño, el Gobierno de Sánchez pretende sortear el rechazo de los halcones fiscales y, al mismo tiempo, ofrecer a los mercados un producto que hoy solo existe en los despachos de Washington.

BCE

El Eje del Poder Europeo

Detrás de la iniciativa española y de la bendición del BCE se librará una batalla de geometría variable entre los grandes bloques de la Unión. Por un lado, el eje franco-alemán será determinante. París, que históricamente ha abanderado la creación de un presupuesto conjunto y de un ministro de Finanzas de la Eurozona, ve con buenos ojos la propuesta, pero no moverá ficha sin Berlín. Y Alemania, aunque suele alinearse con los frugales en cuestiones de mutualización, enfrenta ahora un dilema existencial: necesita un activo europeo seguro para reforzar la autonomía estratégica de la UE, pero se resiste a compartir riesgos fiscales sin una unión política previa que los justifique.

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En el sur de Europa la recepción es distinta. Italia y Portugal ya han expresado su respaldo a la iniciativa, mientras que Grecia, con la memoria fresca del rescate, observa con cautela cualquier herramienta que pueda diluir la disciplina. España, con esta maniobra, no solo sitúa a Cuerpo en el centro del debate europeo, sino que planta a Sánchez en una posición de vanguardia frente a una opinión pública que, según el CIS, reclama más músculo social para el Estado. Si el mecanismo prospera —algo muy improbable a corto plazo—, el Tesoro español podría refinanciar su deuda a tipos notablemente más bajos y liberar margen fiscal para políticas expansivas.

Sin embargo, el tablero a largo plazo es aún más complejo. La creación de un activo europeo exigiría modificar los Tratados —especialmente los artículos 125 y 310 del TFUE— o, como mínimo, reinterpretarlos de forma creativa, tal como se hizo con los fondos Next Generation. Pero aquella puerta se abrió en plena pandemia y con el riesgo de desintegración del euro a la vista. Ahora, con un Pacto de Estabilidad recién reformado y un BCE que ya no compra deuda masivamente, el apetito por una nueva mutualización es escaso en el Norte. La propuesta española, por tanto, cumple más bien una función pedagógica: coloca el debate sobre la mesa en el momento en que la UE discute su próxima ampliación, el Marco Financiero Plurianual post 2027 y, sobre todo, la necesidad de financiar la defensa común.

El riesgo inmediato es que la propuesta muera en la próxima reunión del Eurogrupo, ahogada por el veto holandés y la abstención alemana. Pero el legado podría ser otro: por primera vez desde la pandemia, un país del sur ha conseguido que el BCE se pronuncie a favor de un mecanismo de deuda conjunta. Esa foto, la de Lagarde respaldando a Cuerpo en Fráncfort mientras los frugales se enrocan, vale más que muchos consejos europeos. Madrid ya ha roto el tabú. Ahora, la pelota está en el tejado de los líderes que, según la francesa, «dicen todos» desear un mercado de capitales fuerte.