Rutte, el bufón del reino

En algún momento de la cumbre de la OTAN de Ankara, el miércoles 8 de julio de 2026, mientras Donald Trump amenazaba con cortar todo el comercio con España —un aliado de la OTAN, no un país enemigo— y reclamaba la entrega de Groenlandia —un territorio danés, que es también un aliado de la OTAN— a los Estados Unidos, el Secretario General de la organización que supuestamente vela por la seguridad colectiva de treinta y dos democracias hacía lo siguiente: señalar las zapatillas del primer ministro de Albania con el dedo para intentar que Trump se riera.

Donald Trump no se rió. Trump tiene sentido del humor de un tipo muy específico, y la moda informal del calzado del primer ministro albanés Edi Rama —un hombre que mide dos metros, que fue jugador de baloncesto y que lleva zapatillas blancas a las cumbres militares como declaración de personalidad desde hace años— no es el material con el que normalmente trabaja el presidente de los Estados Unidos cuando está de humor para sonreír. Pero Mark Rutte lo intentó. Con todo su empeño. Con la desesperación callada de quien sabe que necesita que ese hombre esté de buen humor porque, si no lo está, él no sirve para nada.

Eso es Rutte en 2026. Un hombre que intenta hacer reír al jefe señalando las zapatillas de un colega de organización mientras el jefe insulta a los miembros de esa organización. Si hubiera una fotografía más precisa del estado actual de la OTAN, todavía no la he visto.

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Quién es Mark Rutte y de dónde viene

Para entender el nivel de la caída hay que entender el punto de partida. Mark Rutte fue primer ministro de los Países Bajos durante catorce años, de 2010 a 2024, un periodo extraordinariamente largo en la política europea. Liberal, pragmático, con un perfil de tecnócrata templado por décadas de coaliciones imposibles en el ecosistema parlamentario holandés —que es de una complejidad que haría sudar a cualquier catedrático de ciencia política—. Conocido como «el teflón Mark» por su capacidad para sobrevivir escándalos que habrían acabado con cualquier otro político europeo. No es un personaje sin mérito ni sin experiencia. Tiene curriculum, tiene instinto político y tiene una capacidad de aguantar en el cargo que solo puede explicarse por una combinación de pragmatismo extremo e impermeabilidad al bochorno.

Esas mismas virtudes que le hicieron un buen primer ministro son las que le hacen un secretario general de la OTAN profundamente problemático. El pragmatismo extremo, cuando quien fija el marco de lo pragmático es Donald Trump, se convierte en capitulación sistemática. Y la impermeabilidad al bochorno, en el contexto de la Alianza Atlántica, se convierte en la capacidad de decir cosas que ningún líder europeo con dignidad diría, sin que se le mueva un solo músculo de la cara.

El catálogo del servilismo: caso por caso

Conviene documentarlo con cuidado, porque si uno solo leyera los comunicados oficiales de la OTAN podría pensar que Rutte ejerce un liderazgo neutro y equilibrado. La realidad, verificada en citas textuales de las últimas semanas, es diferente.

«Yo diría que sin usted en esta silla, esto no habría ocurrido. Anótese la victoria. Está ahí.» Eso le dijo Rutte a Trump en la reunión bilateral del miércoles 8 de julio en Ankara, en referencia al aumento del gasto en defensa de los aliados europeos. La frase, pronunciada en público, delante de cámaras, fue registrada por múltiples agencias. No es una interpretación. Es lo que dijo, palabra por palabra. El Secretario General de la OTAN le dijo al presidente de los Estados Unidos que se apuntara la victoria de que los europeos estén gastando más en defensa, en el contexto de una reunión donde ese mismo presidente acababa de decir que estaba «muy disgustado» con la alianza y había exigido el control de Groenlandia.

«Creo que lo que hizo anoche fue absolutamente necesario.» Eso le dijo Rutte a Trump antes de la cumbre, en referencia a los ataques aéreos americanos a Irán durante la noche. No al calor de una reunión reservada donde el secretario general pueda tener que gestionar la diplomacia con suavidad. En público. Como declaración política. El Secretario General de una alianza de 32 países —varios de los cuales habían rechazado expresamente participar en esa guerra, denegando el uso de sus bases y su espacio aéreo— avalando unilateralmente la acción militar del país que preside esa misma alianza, sin consultar a los demás miembros.

El «Trump Trillion». El mes pasado, Rutte viajó a Washington. No para negociar. Para celebrar. Organizó un acto en la Casa Blanca, con decoración que «evocaba una bandera americana», para anunciar que los aliados europeos habían comprometido 1,2 billones de dólares en gasto de defensa desde que Trump llegó al poder en 2017. Presentó gráficos. Señaló los miles de empleos que eso creaba en Estados Unidos. Llamó a Trump «el líder del mundo libre». Un Secretario General de la OTAN llamando «líder del mundo libre» al presidente de uno de los miembros de la OTAN, en un acto diseñado para que ese presidente se sintiera halagado. Los otros treinta y un países que también son miembros de la alianza observaron esto desde sus capitales.

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El discurso del 4 de julio. En una reciente intervención coincidiendo con el Día de la Independencia americano, Rutte pronunció un discurso que La Jornada describió como «fuertemente plegado a Washington», en el que se refirió a Estados Unidos como «la resplandeciente ciudad sobre la colina» y concluyó deseándoles «muy feliz cumpleaños». No hay nada malo en felicitar a un aliado en su día nacional. Hay algo significativo en que el Secretario General de la OTAN dedique un discurso político a halagos de campaña de un país concreto mientras otros treinta y un están sentados en esa misma alianza esperando que alguien les represente con un mínimo de equidad.

El momento albanés: un análisis forense

Volvamos a Ankara. A las zapatillas. Porque el episodio merece el análisis que no ha recibido.

Edi Rama, primer ministro de Albania desde 2013, lleva zapatillas blancas a las cumbres de la OTAN desde 2024. No es descuido. Es una declaración de estilo deliberada de un hombre que antes fue jugador de baloncesto profesional, que pinta cuadros, que ha escrito libros, que da conferencias universitarias y que considera que las convenciones del protocolo diplomático son negociables. En la cumbre de 2024 en Washington, Emmanuel Macron le dio un gesto de aprobación que se viralizó. Las zapatillas de Rama son el tipo de rareza simpática que humaniza una cumbre militar. Nadie se lo reprocha.

Lo que resulta difícil de procesar es la respuesta de Rutte. El Secretario General de la OTAN, en la foto de familia, señaló las zapatillas del primer ministro albanés hacia Trump, aparentemente con la intención de crear un momento de complicidad distendida con el presidente americano. Trump no reaccionó. Ni una sonrisa. Rutte quedó con el dedo señalando el pie de un colega mientras el hombre al que quería hacer reír miraba en otra dirección. El Secretario General de una de las organizaciones de seguridad más importantes de la historia utilizó a un aliado —a uno de los treinta y un países que se supone representa— como material de entretenimiento para ganarse la simpatía del otro.

Hay un vídeo en YouTube publicado el mismo día por El País con el título «Un periodista cuestiona la relación de Rutte con Trump», donde el Secretario General se mantiene inmóvil mientras Trump ataca a España, a Italia y reclama Groenlandia. Vale la pena verlo para calibrar la escena completa: Rutte de pie, sin gesticular, procesando el momento, y cuando le preguntan directamente qué piensa de la actitud de Trump hacia sus aliados europeos, dice que las diferencias públicas entre socios son «normales en democracia» y que la cumbre ha sido «tremendamente exitosa».

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Tremendamente exitosa. La cumbre donde Trump amenazó con cortar todo el comercio con España, reclamó Groenlandia por segunda vez en días, llamó a la OTAN un «tigre de papel» y no se rio de la broma de las zapatillas: tremendamente exitosa.

Lo que no dijo cuando debería haberlo dicho

El problema de Rutte no es solo lo que dice. Es lo que calla en los momentos en que un Secretario General con autoridad moral debería hablar.

Groenlandia. Cuando Trump renovó sus amenazas sobre la soberanía de un territorio danés —Dinamarca es miembro de la OTAN desde 1949— la primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, lo tuvo que decir ella: «Groenlandia, por supuesto, no está en venta. Y esa posición no ha cambiado en ningún momento.» Rutte «minimizó las amenazas» y recordó que «él personalmente se encargará de que se cumpla» el acuerdo que alcanzó con Trump en Davos. El Secretario General de la OTAN recordando su acuerdo personal con Trump, frente a un miembro de la alianza al que ese mismo Trump acaba de amenazar implícitamente con la integridad de su territorio, describió la situación como un asunto para «negociaciones trilaterales» entre Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia. No se puede ser Secretario General de la OTAN y tratar la amenaza territorial sobre un miembro como un asunto bilateral a gestionar en una mesa de negociación donde ese miembro está en inferioridad de condiciones. Puede que sea pragmático. No es liderazgo.

España. Cuando Trump dijo que España era «un socio terrible», que ordenó cortar todo el comercio con Madrid, que llamó a los españoles «una causa perdida» —todo ello dicho, formalmente, desde la misma mesa bilateral donde estaba sentado Rutte—, la respuesta del Secretario General fue describir a España como «un caso aislado» y subrayar que «la inmensa mayoría de los países europeos había hecho lo que EEUU negoció». No defensa del aliado. No recordatorio del Artículo 5. No ningún tipo de posicionamiento que pudiera poner en riesgo su relación con el hombre que estaba amenazando al aliado. Un «caso aislado». Como si hablar de que las amenazas comerciales contra un miembro de la alianza son inaceptables fuera demasiado arriesgado en términos de relación personal con el presidente que las profiere.

Canadá. Cuando Trump sugirió que Canadá debería convertirse en el «51 estado» de los Estados Unidos, Rutte no articuló ninguna defensa pública del primer ministro canadiense ni de la soberanía de un miembro fundador de la alianza. Gestionó el momento con la suavidad de alguien que no quiere que la conversación se ponga incómoda.

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Por qué lo hace: la explicación que nadie da en los análisis diplomáticos

Hay una interpretación benévola de la conducta de Rutte que circula entre los analistas de seguridad: que alguien tiene que gestionar la relación con Trump, y que la única manera de mantener al hombre más poderoso del mundo dentro de la OTAN es adulándole con la frecuencia suficiente como para que no se vaya dando un portazo. Que sin Rutte, Trump podría ya haber salido de la alianza. Que el bufón que hace de embajador informal del presidente americano ante los europeos es, en realidad, el dique que mantiene el edificio en pie.

Es una interpretación razonable. También es la que cualquier cortesano de cualquier monarca caprichoso de cualquier siglo ha dado para justificar su comportamiento. El bufón del rey también creía que estaba haciendo algo útil.

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Lo que esa interpretación no responde es la siguiente pregunta: si Rutte tiene que tratar a Trump como un jefe caprichoso al que hay que entretener y halagar para que no se marche, ¿en qué ha quedado el artículo 5 del Tratado de Washington, que establece la defensa colectiva entre iguales? ¿En qué ha quedado el principio fundacional de la alianza, que es que un ataque a uno es un ataque a todos? No a uno de los treinta y dos salvo el que tiene más capacidad de destrucción nuclear, que ese hace lo que quiere y los demás le señalan las zapatillas de los albaneses para que esté de buen humor.

La respuesta honesta es que si la relación entre Trump y el resto de la alianza requiere de forma estructural que el Secretario General se comporte como un cónsul romano en provincia lejana —cuya misión principal es no irritar al Emperador—, la OTAN tiene un problema de fondo que ninguna cumbre de dos días en Ankara puede resolver.

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La OTAN que está emergiendo: vasallaje disfrazado de alianza

Hay un párrafo de La Nación Argentina —no precisamente un periódico izquierdista— que resume lo que está ocurriendo con una claridad que los comunicados oficiales de la alianza nunca alcanzarán: «La cumbre de la OTAN en Ankara quedará marcada como la de una Alianza que, una vez más, buscó ante todo contener a Trump en lugar de mostrar una visión estratégica común.»

Contener a Trump. No coordinar la defensa de Europa. No articular una respuesta común a la agresión rusa. No construir una doctrina de seguridad para el siglo XXI. Contener a Trump.

El Artículo 5 del Tratado de Washington dice «todos para uno y uno para todos». Solo se ha invocado una vez en la historia, cuando los aliados europeos acudieron en ayuda de Estados Unidos tras el 11 de septiembre de 2001. Cuando Trump amenaza con cortar el comercio con España, cuando reclama el territorio de Dinamarca, cuando dice que la OTAN es un «tigre de papel» porque sus aliados no le cedieron bases para hacer la guerra a Irán, el espíritu del «todos para uno» no opera en ninguna dirección que no sea la de calmar al americano.

Y el instrumento principal de esa operación de calma continua tiene nombre y apellido, habla holandés con acento perfecto, lleva traje oscuro a las cumbres y el pasado miércoles señalaba las zapatillas de Edi Rama hacia Donald Trump esperando que el presidente de los Estados Unidos se dignara sonreír.

No se dignó.

Tremendamente exitoso.