Merz lanza 34 medidas para frenar la crisis económica de Alemania 2026

El plan de 34 medidas de Friedrich Merz busca reanimar una economía lastrada por la crisis del automóvil y la dependencia energética. Mientras, España crece tres veces más y el motor europeo se gripa, amenazando con nuevos recortes presupuestarios en Bruselas.

Alemania se asoma al abismo de su crisis estructural más profunda desde la reunificación. El plan de 34 medidas del canciller Friedrich Merz, presentado este mes de julio de 2026, intenta conjurar el fantasma del enfermo de Europa que sobrevuela a la locomotora germana. Pero los datos macroeconómicos y la parálisis de su industria emblema disparan las alarmas: el PIB alemán apenas creció un 0,3% en 2025 y la OCDE pronostica un anémico 0,7% para este ejercicio.

Mientras tanto, España avanza a un ritmo tres veces superior. La comparación, antes impensable, se ha convertido en un lugar común en las cancillerías europeas. Y subraya un cambio de placas tectónicas en la Unión.

El retorno del ‘enfermo de Europa’

La etiqueta, acuñada por el zar Nicolás I para el Imperio Otomano, ha rebotado sobre Alemania en dos ocasiones: en 1999, cuando The Economist la bautizó como “el enfermo del euro”, y en 2023, cuando el mismo semanario advirtió de una recaída. Ahora, en 2026, la corona vuelve a estar en juego. No se trata de una simple recesión cíclica: el Fondo Monetario Internacional (FMI) estima que un 60% de los problemas alemanes son estructurales, ligados a la pérdida de productividad, la innovación estancada y una competitividad menguante.

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El diagnóstico de Wolfgang Münchau en Kaput, el fin del milagro económico alemán se ha materializado: el modelo industrial que hizo de Alemania la envidia del mundo se ha quedado obsoleto. la dependencia del gas ruso barato, el cierre apresurado de las centrales nucleares y la apuesta tardía por el coche eléctrico dibujan un cóctel tóxico.

La opinión pública española, que creció admirando la eficiencia germana, asiste hoy a una paradoja. La selección de fútbol alemana, eliminada de nuevo en el Mundial, es la metáfora perfecta: ni siquiera en el césped gana ya el equipo que lo ganaba siempre.

La industria automovilística, un gigante que se quedó sin combustible

La crisis del automóvil resume el drama. Volkswagen anuncia 100.000 despidos mientras China domina el mercado eléctrico. “Si un Tesla es un iPad con ruedas, un coche eléctrico alemán es un vehículo clásico al que se le ha incorporado el software”, ironiza un análisis reciente. La fusión entre política e industria, que hizo que al excanciller Gerhard Schröder se le llamara Autokanzler, se ha convertido en una losa. Berlín no supo leer la transición energética y Bruselas tampoco le ayudó: la actual revisión del Pacto Verde vuelve a poner contra las cuerdas a los fabricantes europeos.

De la industria automovilística a la defensa: esa es la reconversión que asoma en el horizonte. Las 34 medidas de Merz incluyen incentivos fiscales a la I+D y reformas del seguro de desempleo, pero apenas arañan la reforma estructural que exigen los expertos. Son más un parche político que una cirugía en profundidad. El plan tampoco aborda la cuestión energética de fondo: el legado de una dependencia rusa que llegó a suponer el 50% del suministro de gas y que ahora lastra los costes productivos.

Alemania necesita algo más que un plan de 34 puntos: necesita un nuevo contrato social industrial que reconcilie competitividad, energía limpia y cohesión europea.

El Eje del Poder Europeo

El enfermo alemán no sufre en soledad. La crisis amenaza con reconfigurar los equilibrios internos de la UE y coloca a España en una posición incómoda. Por un lado, Madrid celebra su crecimiento diferencial –el próximo presupuesto de la Unión se negocia con una Alemania debilitada—. Por otro, el Gobierno de Sánchez teme que Berlín, que sigue siendo el gran pagador de las arcas comunitarias, apriete las tuercas fiscales. El plan de Merz ya anticipa un giro hacia la austeridad en las cuentas europeas: los frugales del norte, con Países Bajos a la cabeza, vuelven a tener un aliado en la capital alemana.

“Alemania es el gran beneficiario del mercado único y el socio con más capacidad de imponer sus deseos en Bruselas”, recordaba hace unos días el editorial de La Vanguardia. Pero esa capacidad mengua cuando el motor se gripa. La paradoja es evidente: durante la crisis financiera, Alemania recetó ajustes; en la pandemia, aceptó los fondos Next Generation; ahora, con el debate del Marco Financiero Plurianual (MFP) 2028-2034 a la vista, vuelve a exigir contención. España, que ha absorbido el 47% de los 140.000 millones de su plan de recuperación, se ve directamente afectada: un recorte del presupuesto comunitario pondría en riesgo las inversiones previstas. La respuesta de Moncloa ha sido diplomática, pero el pulse de fondo se intuye. Fuentes de la Representación Permanente de España ante la UE consultadas por esta redacción anticipan “negociaciones durísimas” si Alemania insiste en rebajar el techo de gasto.

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El desplazamiento del centro de gravedad europeo no es solo económico. La extrema derecha alemana, con AfD convertida en segunda fuerza, inquieta tanto como la debilidad de Merz. El canciller, elegido en mayo de 2025, apenas ha disfrutado de un periodo de calma. Su popularidad está por los suelos y el “otoño de las reformas” que prometió el año pasado se quedó en papel mojado. La gran coalición que sostiene al gobierno se muestra incapaz de aprobar medidas que toquen los pilares sagrados: las pensiones y la fiscalidad empresarial.

Mientras Alemania se enreda en sus contradicciones, España se aferra a la oportunidad. Si el enfermo de Europa no se cura, el sur tendrá que asumir un liderazgo para el que no estaba preparado. La pregunta, como siempre, es si Bruselas permitirá ese relevo o si, una vez más, la geometría variable de la Unión pondrá a cada cual en su sitio.