China se enfrenta a una paradoja estratégica: para ganar la carrera global de la inteligencia artificial, está dispuesta a limitar el acceso de sus propias empresas a los chips más avanzados. El Ministerio de Comercio chino ha iniciado consultas con Huawei, Alibaba y ByteDance sobre un paquete de restricciones que, de aprobarse, prohibiría a los diseñadores chinos fabricar sus circuitos en fábricas extranjeras como TSMC o Samsung. Es una medida que corta de raíz la dependencia tecnológica, pero que también puede frenar el ritmo de innovación que Pekín necesita para disputar el liderazgo de la IA a Estados Unidos.
Claves de la operación
- Veto a la fabricación externa de chips para IA. Las empresas chinas que diseñan circuitos integrados no podrían usar fundiciones como TSMC o Samsung, quedando obligadas a recurrir a fabricantes nacionales como SMIC, cuya capacidad en nodos avanzados es aún limitada.
- Control sobre los modelos de inteligencia artificial. Se limitaría la exportación de los grandes modelos de lenguaje y se restringiría la descarga de sus pesos por parte de usuarios extranjeros. Un giro frente a la estrategia abierta de compañías como DeepSeek.
- Revisión de adquisiciones extranjeras de tecnología estratégica. Pekín quiere cerrar la brecha legal que permitió a Meta comprar la startup china Manus por 2.000 millones de dólares antes de que las autoridades ordenasen deshacer la operación.
Detrás de este endurecimiento regulatorio subyace la necesidad de retener dentro de las fronteras chinas tanto el hardware como el software de la IA. El objetivo es que los chips, los modelos y los datos de entrenamiento no salgan del país. Sin embargo, la medida supone un giro que golpea directamente a las joyas tecnológicas nacionales, cuya competitividad depende, en gran medida de los nodos de producción más avanzados de Taiwán y Corea del Sur.
Fabricación de chips: cortar el hilo con TSMC
El apartado más controvertido de la propuesta es la prohibición de que los diseñadores chinos de semiconductores utilicen plantas foráneas. Huawei, a través de su división HiSilicon, Alibaba con su chip de IA Hanguang 800 o ByteDance con sus desarrollos para centros de datos son ejemplos de firmas que hoy necesitan a TSMC para producir sus diseños. Sin esa opción, el margen de maniobra se reduce drásticamente. SMIC, el mayor fabricante chino, aún no produce de forma masiva en nodos de 5 o 3 nanómetros, esenciales para competir con Nvidia o AMD.
No es la primera vez que Pekín aprieta las tuercas a sus propias empresas en nombre de la soberanía tecnológica. Ya en 2020, las sanciones estadounidenses contra Huawei obligaron a la compañía a replegarse hacia el mercado doméstico y a desarrollar su propio ecosistema de software y hardware. Ahora, la dinámica se repite, pero con un matiz: es el Gobierno chino quien, voluntariamente, levanta una barrera que puede ralentizar el despliegue de la IA en el gigante asiático.
China asume que la autonomía en chips de IA tiene un peaje: frenar a sus campeones tecnológicos para no depender de fábricas que escapan a su control.
Datos y modelos: blindar el entrenamiento de la IA
El paquete normativo también contempla restringir la salida de los datos de entrenamiento y la descarga de los pesos de los modelos de IA. En la práctica, esto supone un cambio de rumbo para compañías como DeepSeek, que había apostado por publicar abiertamente sus modelos como estrategia para erosionar el dominio occidental. La nueva doctrina prioriza el control sobre la difusión.
Además, Pekín revisará las compras extranjeras de tecnología estratégica china, especialmente en el ámbito de la IA agéntica. El caso de Manus, adquirida por Meta por 2.000 millones de dólares antes de que las autoridades pudieran bloquear la operación, ha sido el detonante. La intención es evitar que firmas estadounidenses se hagan con el talento y la propiedad intelectual surgidos en el ecosistema chino.
Una paradoja con ecos en el IBEX 35 y Europa
La estrategia china tiene un reflejo evidente en la Unión Europea, que también ha apostado por la autosuficiencia en semiconductores con la Ley de Chips europea y acuerdos con Intel y TSMC para instalar fábricas en suelo comunitario. Sin embargo, mientras Bruselas atrae inversión extranjera, Pekín la rechaza. Dos modelos contrapuestos que comparten el mismo fin: reducir la dependencia de terceros en una tecnología considerada crítica.
Para las empresas del IBEX 35 con intereses en China, como Telefónica —presente a través de su negocio de redes y su alianza con Huawei—, el movimiento supone una nueva variable de riesgo. Un cierre total del mercado chino de chips a las fundiciones de Taiwán y Corea del Sur podría alterar las cadenas de suministro globales y encarecer aún más los componentes, afectando a los despliegues de 5G y la infraestructura de centros de datos en los que participan compañías españolas.
Mientras, las autoridades chinas siguen recabando opiniones y el Ministerio de Comercio no ha confirmado plazos ni alcances definitivos. Pero la tendencia es clara: la guerra tecnológica entre Estados Unidos y China está reconfigurando no solo los mercados, sino las propias estrategias nacionales de innovación. Y en esa pugna, ser el primero puede exigir sacrificios inesperados.
