Volodímir Zelensky ha dado este miércoles un paso concreto hacia la reanudación de las conversaciones de paz. El presidente ucraniano mantuvo una conversación telefónica con los enviados del presidente Donald Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, para explorar vías que reactiven el proceso diplomático y pongan fin a la guerra con Rusia. La llamada, confirmada por el propio Zelensky en sus redes sociales, devuelve a la mesa de negociación a los dos hombres de confianza de Trump y abre una ventana de oportunidad que Moncloa.com analiza en profundidad.
Una conversación cargada de señales
Según fuentes cercanas a la llamada, Zelensky y los emisarios de Washington dedicaron la conversación a identificar fórmulas para retomar un diálogo que parecía estancado. “Ha sido una buena e importante conversación sobre cómo revitalizar la diplomacia y acercar la paz”, escribió el líder ucraniano en la red social X. La conversación no fue un mero gesto simbólico: los equipos negociadores de ambas partes permanecen en contacto estrecho para dar seguimiento a lo hablado.
La llamada llega apenas dos semanas después de la cumbre de la OTAN en Ankara, donde Trump y Zelensky se vieron las caras y el presidente estadounidense anunció que su país licenciaría a Ucrania para fabricar sus propios misiles de defensa aérea Patriot. Aquel encuentro, en el que los aliados europeos y Canadá comprometieron unos 80.000 millones de dólares en ayuda a la defensa para este año, dejó patente que la vía militar sigue abierta, pero también que la diplomática ha ganado tracción en las últimas semanas. Zelensky sabe que el respaldo armamentístico es crucial, pero que sin un marco político el conflicto puede enquistarse durante años.
Witkoff y Kushner ya habían señalado su disposición a viajar a Moscú para continuar la mediación tras las conversaciones telefónicas que Trump mantuvo con Zelensky y Putin días antes de la cumbre de Ankara.
El tablero militar: lo que pesa sobre las conversaciones
El contexto sobre el terreno condiciona cualquier movimiento diplomático. El avance terrestre ruso se ha estancado, y los ataques ucranianos en profundidad dentro de territorio ruso han provocado escasez de gasolina que está erosionando la economía de guerra de Vladímir Putin. Moscú responde con oleadas de misiles y drones contra Kiev y otras ciudades ucranianas, saturando las defensas y causando víctimas civiles casi a diario. El Kremlin insiste en que no aceptará reunirse con Zelensky si no es para rubricar un acuerdo ya cerrado y mantiene como precondición la retirada ucraniana de las zonas del Donbás que aún controla.
Esta presión cruzada coloca a los enviados de Trump ante un rompecabezas clásico de la mediación internacional: mover a las partes desde posiciones maximalistas hacia un punto de encuentro que ninguna de las dos quiere reconocer en público. La presencia de Witkoff y Kushner —dos figuras sin perfil diplomático tradicional pero con acceso directo al Despacho Oval— indica que Trump quiere resultados rápidos y que está dispuesto a emplear canales personales para lograrlos.
La Lógica de Washington
Para entender por qué la Casa Blanca reactiva ahora los esfuerzos de paz conviene mirar más allá de la retórica europea. El presidente Trump arrastra desde 2024 una promesa de campaña que conecta con su electorado: poner fin a las guerras eternas y concentrar los recursos estadounidenses en la competencia con China. Un alto el fuego en Ucrania no solo liberaría capacidad militar y atención diplomática para el Indo-Pacífico, sino que reforzaría su narrativa de líder que cumple lo que promete. Es la misma lógica que llevó a Richard Nixon a buscar un modus vivendi con Pekín mientras desescalaba en Vietnam: mover piezas en un tablero para ganar en el que realmente importa.
La operación tiene, además, una lectura interna para la coalición republicana. El ala america-first ve en la guerra de Ucrania un sumidero de dinero que debería financiar la frontera sur o la modernización militar en el Pacífico. Al mismo tiempo, los sectores más atlantistas del partido entienden que un colapso de Ucrania dañaría la credibilidad de Estados Unidos y de la OTAN. La vía Witkoff-Kushner intenta contentar a ambos: se negocia la paz, pero sin regalar nada al Kremlin y manteniendo a Kiev armado mientras duren las conversaciones.
Para España, lo que se cuece en Washington tiene consecuencias directas. Madrid participa en la financiación europea a Ucrania y aporta capacidades militares a la disuasión de la OTAN. Si las negociaciones prosperan, la presión para acelerar el gasto en defensa —ya por encima del 2% del PIB comprometido— podría modularse, aunque la reconstrucción del país exigirá un esfuerzo económico de años. Empresas españolas como Indra, Navantia o las constructoras con experiencia en obra civil internacional observan con atención cualquier horizonte de estabilización. El Gobierno de Pedro Sánchez, que en la cumbre de Ankara defendió una paz justa basada en el derecho internacional, ve con buenos ojos la reanudación del diálogo, pero mantiene cautela ante las exigencias rusas y la velocidad que Trump imprime a la mediación.
Ficha del Caso
- El caso: El presidente ucraniano, Volodímir Zelensky, contacta con los enviados de Trump, Witkoff y Kushner, para relanzar el proceso de paz con Rusia tras meses de estancamiento diplomático. La llamada se produce en plena escalada militar y poco después de la cumbre de la OTAN en Ankara.
- Datos clave: 80.000 millones de dólares en ayuda de defensa comprometidos por aliados europeos y Canadá; estancamiento del avance ruso; ataques ucranianos que generan escasez de combustible en Rusia; precondición rusa de retirada del Donbás.
- Para España: España, como socio de la OTAN y contribuyente a la ayuda europea, vería aliviada la presión sobre el gasto militar a corto plazo si se consolida un alto el fuego, pero deberá prepararse para un esfuerzo de reconstrucción que abrirá oportunidades para sus empresas de ingeniería y defensa.

